La comunidad TLGB en estado de alerta permanente

ARGENTINA. MIENTRAS TANTO… AQUI Y AHORA

Principios, leyes y avances en derechos, también constituyen un alerta sobre lo que falta, lo que no se cumple y lo inadmisible.

Por Claudia Vásquez Haro


Durante los últimos 12 años los derechos humanos fueron políticas de Estado en Argentina, ahí no solo conseguimos la igualdad jurídica en relación a la ley de matrimonio igualitario, ley de identidad de género, ley de cupo laboral trans en la provincia de Buenos Aires, entre otras, sino que sentíamos al Estado presente. La misma Cristina Fernández de Kirchner en plena cadena nacional pidió a la justicia que se esclarezca el asesinato de la compañera Amancay Diana Sacayán. La gente nos dice “Ahora no hay quien las defienda”. En alusión a que no está CFK en el gobierno. A muchas de nosotras nos pasó por el cuerpo esa sensación de orfandad. Pero sabemos que hubo un antes y un después para cada una de nosotras, sobre todo para quienes vivimos la experiencia vital de los códigos de falta o edictos policiales que criminalizaban la identidad trans. Las personas TLGBI estamos empoderadxs, vamos a defender cada una de las conquistas ganadas y seguiremos reclamando lo que aun falta conseguir.

Hoy nuestra comunidad atraviesa un estado de alerta permanente. No vamos a volver al oscurantismo que nos tocó vivir durante mucho tiempo, producto de la discriminación y la exclusión social por parte del Estado y algunos sectores reaccionarios, conservadores, misóginos y heteronormativos. En estos últimos días integrantes de la diversidad sexo/genérica hemos visto resurgir prácticas neonazis, desde los hechos que tomaron estado público en Mar del Plata, hasta la brutal golpiza a Laura Elena Moyano, militante trans platense el pasado 23 de diciembre. Laura estudia en la Facultad de Periodismo y Comunicación Social de la UNLP, es vicepresidenta de la asociación civil OTRANS La Plata, organización que lucha por los derechos de las personas trans en La Plata y trabaja como empleada en el municipio platense. Tanto las brutales golpizas que recibió Laura, como los femicidios trans –el de Amancay Diana Sayan por citar un ejemplo– responden a un discurso de orden, desde el cual se potencia el odio hacia las personas con identidades diversas. Descarto el móvil del robo, porque a mi entender sería una forma simplista de justificar lo acontecido. Por el contrario estos hechos son un claro mensaje de tipo mafioso, como lo sostiene la investigadora Rita Segato, en relación a las muertas de Ciudad Juárez.

Estos mensajes tienen dos ejes: uno vertical dirigido hacia las víctimas y otro horizontal hacia los mismos pares. El cuerpo es el soporte de dicho enunciado, pero también territorio del cual se apropia el perpetrador. El primero, va dirigido a las víctimas, si no cumplimos los mandatos heterosexuales, nos dicen, esto les va a suceder. No solo a las mujeres trans, sino a todo lo que en las categorías sexo/genéricas sea lo no macho. Mientras que en el segundo, el mandato exige para ser parte de la cofradía viril, un pacto de sangre a través de la violencia, y así adquirir un sentido de pertenencia.

Fueron dos hombres quienes la golpearon brutalmente a Laura, uno sólo se encuentra detenido. El hecho al parecer fue premeditado. Uno de ellos de nombre “Agustín”, conocía a Laura anteriormente. Ese mismo día por la tarde fue a visitarla, solo. Por la noche llevó a un amigo con claras intenciones de ejecutar la violenta golpiza, la cual le podría haber causado la muerte. La fiscal que interviene en el caso es Leyla Aguilar, quien caratuló el hecho como delito por “tentativa de homicidio”, desconociendo el agravante por su identidad de género autopercibida. La causa tendría que enmarcarse como “tentativa de femicidio”. Es conocido que aun los cuerpos de las mujeres trans no entran en el circuito común del deseo, casi siempre o en la mayoría de los casos es por una vía clandestina. Sabemos la importancia de las leyes, pero lo que hay que transformar son las pautas culturales, que discriminan, excluyen y matan. En una ciudad donde hace poco –en plena campaña política– el actual intendente de La Plata Julio Garro, hiciera declaraciones con respecto a las mujeres trans, manifestando que no les daría trabajo, sí ayuda desde lo médico y lo psicológico. Sus dichos contribuyen a seguir criminalizando y potenciando el estigma hacia las personas trans. Y que pese a las repercusiones mediáticas, no haya salido a retractarse, ni tampoco sabemos cuáles serán sus políticas en relación a esta problemática, se torna preocupante.

El rol de los medios

Los medios de comunicación cumplen un rol fundamental, no sólo tienen por función informar a lxs ciudadanxs, sino que de acuerdo a lo que publican producen sentidos en la sociedad. Es decir a través de sus representaciones contribuyen a los marcos interpretativos de determinados temas. El diario El Día, en su edición del 23 de diciembre, no sólo desconoce la identidad de género de la militante trans platense Laura Elena Moyano, sino que titula su nota periodística “Brutal ataque a golpes en edificio céntrico”. Omitiendo su identidad genérica y política. Cuando se trata de un caso de violencia de género, con el agravante de su identidad auto percibida. Una problemática recurrente, conocida por muchos como “transfobia/ femicidio”. Asimismo el medio lo ubica en la sección policial, cuando es un problema social y tendría que estar ubicada en la sección sociedad. ¿Blindaje mediático también en La Plata? Este es uno de los temas de los que tiene que dar cuenta el periodismo platense, la justicia y principalmente el intendente de La Plata Julio Garro y la Gobernadora de la provincia de Buenos Aires María Eugenia Vidal./ Página 12

Los sospechosos de siempre. Cristiano Ronaldo y Brad Pitt!

Según fotos dudosas y rumores varios, ¡estaría peligrando la heterosexualidad de Cristiano Ronaldo y de Brad Pitt! Lo cierto es que un mecanismo machista y disciplinador se desata en cada alerta rosa.

Por Alejandro Modarelli
El relato de la industria cultural sobre los galanes se volvió farsa cuando a mediados de los ochenta Rock Hudson certificó que había contraído la peste rosa, y abría al público la ventana (inevitable) de su soterrada homosexualidad. La fiesta gay bebía por entonces casi en soledad la última copa, apenas en compañía del sida, y nadie quería ya ser parte. Los heterosexuales compasivos o de vanguardia, las estrellas con sentido de la oportunidad, dejaban sobre los cuerpos agónicos su beso midiendo el riesgo; arrimaban su diamante de sobra para la subasta en la cena de beneficencia. La homosexualidad reculaba como discurso de libertad suprema, o como ejercicio de lo distinto por parte de la bohemia, cuando se iba agotando el catálogo de las innovaciones (“ayer lo intenté, y la cosa no fue tan difícil”). Se retiraba, como otras veces, hacia el desván de lo trágico. Sola, sin que nadie quisiera quedar contaminado por su cercanía. Apenas en yunta con los taxi boys, con las viejas drag queen, con los policías homófobos roedores de siempre mordiéndoles los talones en las escaleras de la Notre Dame que imaginó Copi. En fin, que corriera el rumor de sus goces maricas, para un galán, no añadía una nota de color a su carrera ni misterio a su alcoba, sino que más bien significaba que carrera y alcoba podían llegar a quedar sepultadas como en la anticuada Sodoma.

Pasaron más de treinta años, el cóctel de retrovirales fue haciendo olvidar el amargo sabor de la última copa que creíamos estar tomándonos los putos que seguíamos en la lucha erótica. Se habla ahora de la venalidad oculta de los famosos sólo mientras la sorpresa, a fuerza de repetida, mantenga el rating de la semana, y después a otra cosa. No sé si se fue cumpliendo el programa descripto por Néstor Perlongher en 1991: que la homosexualidad, como esplendor revulsivo, se iría diluyendo en el cuerpo social sin llamar la atención ni la admiración de casi nadie, como apenas otro dato curioso, una intriga más.

Lo cierto es que el cotilleo mediático (las bromitas) sobre supuestas prácticas homosexuales de Brad Pitt y un escort, o la imagen-indicio de Cristiano Ronaldo cazado por un paparazzi en un abrazo dizque sensual con un amigo en un yate, no desmienten a Perlongher. Ni desmienten la masculinidad de los protagonistas. Hasta uno intuye que producen mayor combustión libidinal en el público, femenino y masculino. ¡Pero qué bribones estos chicos, no dejan títere con cabeza!, se lee entre los comentaristas. O, mejor, alguien acredita que cuando un varón es demasiado bonito termina por hartarse del hábito heterosexual, el halago de las mujeres, y busca las reconfiguraciones del deseo. Pero qué tolerante es Angelina Jolie, claro, si ella también es muy curiosa… y así. Hasta el bostezo. La noticia salpimenta los magazines, los programas de chimentos, sin que merezca otra reflexión que la liviandad de las opciones sexuales en estos tiempos, como si se tratara de un lifting de apuro. Porque otro tema es la velocidad de las decisiones eróticas personales, tan intensa como la de la noticia. Si la imagen de Cristiano Ronaldo en su yate con un grupete de musculosos, y uno de ellos especialmente cariñoso, y la confesión del escort de Brad Pitt (que produce en Angelina Jolie apenas una mueca de complicidad), no pueden ser explotadas más allá del cierre del próximo número, es que todo escándalo sexual es hoy en los medios equivalente a un chispazo, y el chispazo, en general, a una competencia pasajera de stand up machista.

La broma masculinista en los medios masivos cuando surge la supuesta homosexualidad de los chongos famosos, antes tan espinosa, quizá no esté marcando otra cosa que el declive de Lo Prohibido en beneficio del Extasis Soporífero. La pequeña intriga vence al drama. La velocidad a la fuerza del relato. En el set, el anacronismo revestido de estupidez al reconocimiento de los derechos civiles lgbtti. Mientras, el fantasma de Rock Hudson pareciera ir retirándose de escena… tanto sufrimiento al pedo.

attends the Burn After Reading photocall during the 65th Venice Film Festival held at the Piazzale del Casino on August 27, 2008 in Venice, Italy.

attends the Burn After Reading photocall during the 65th Venice Film Festival held at the Piazzale del Casino on August 27, 2008 in Venice, Italy.

It’s not really a secret that lengthy relationships run the risk of getting a little boring. Fortunately, Brad Pitt and George Clooney are on that tip, and they also know where to go to get a discreet, professional third party to add some excitement to their – oh, wait. It’s just a prank. They just hire each other male escorts as a prank. Well, fuck.
Here’s the story from Life & Style via Celebitchy

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El futbolista portugués más famoso está de vacaciones en Saint-Tropez con su yate y ya ha sido noticia porque le han pillado meando en las calles de tan turística localidad. Pero mucho más interesante que la lluvia dorada de Cristiano Ronaldo es las fiestecitas que se monta con sus amigos en el yate. Bañadores minúsculos, futbolistas erectos y ninguna mujer a bordo.

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Además de enseñarles cómo se celebra un gol, con uno de sus amigos, el futbolista se abraza y se pone de lo más contento. Cristiano Ronaldo empalmado y tocando el pene a un amigo en su yate.

TEORIA QUEER. La importancia de llamarse Paul

ENTREVISTA EXCLUSIVA CON PAUL B. PRECIADO, UNO DE LOS REFERENTES MÁS INFLUYENTES Y PROVOCADORES DE LA FILOSOFÍA CONTEMPORÁNEA Y DE LA TEORÍA QUEER

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Por primera vez visita la Argentina Paul B. Preciado, una de las voces (españolas y también francesas) fundamentales de la Teoría Queer. Invitado por el MALBA y el Centro Cultural de España en Buenos Aires, este filósofo y curador de arte conocido como Beatriz Preciado hasta hace poco tiempo expone su decisión de habitar la masculinidad y el goce político que esto implica. La letra “B” persiste en su nombre como rastro de su historia personal, que incluye sin dudas el compromiso con los feminismos. A la pregunta ¿por dónde pasa hoy el desafío?, responde que por la inclusión de las políticas sexuales dentro de un movimiento de emancipación más amplio: “La revolución por venir será a partir de alianzas transversales con otros colectivos ninguneados o no será”.

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Por Dolores Curia

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Paul B. Preciado vuelve carne la crítica. Es en sí mismo la encarnación de los mismos cuestionamientos al régimen biopolítico que desarrolla en sus libros. Eso es ser autocobayo. De eso se trata el llamado a la intoxicación voluntaria que propone en su famosísimo Testo Yonqui: micropolíticas bioterroristas, autoexperimentación, ejercicios de reprogramación del género. Así como hizo Benjamin con el hachís, Freud con la cocaína o Micheaux con la mezcalina, enmarcados en toda una tradición de pensadores que usaron sustancias psicoactivas para producir conocimiento, Preciado vio en la testosterona una droga política, una arma química con el potencial de hacer explotar al sistema sexo/género desde adentro. En sus textos y en persona ha denunciado los protocolos de reasignación sexual (regulados por las instituciones médicas y jurídicas) como medios para normalizar la plasticidad sexual: “No quiero el género femenino que me fue asignado en el nacimiento. Tampoco quiero el género masculino que la medicina transexual me promete y que el Estado me acabará otorgando si me porto bien”. La heterosexualidad y la homosexualidad no existen, son ficciones políticas, dice. Del mismo modo que ser hombre o ser mujer son construcciones producidas “por un conjunto de tecnologías de domesticación del cuerpo”. Más que luchas identitarias –explica Preciado en Manifiesto contra-sexual, libro catalogado como una de las propuestas más influyentes y provocadoras de la filosofía contemporánea– “lo que me interesa es que las técnicas de producción de verdad, cuerpo y subjetividad no sean capturadas por el neoliberalismo, la elite sexual, el monolingüismo, sino que estén abiertas a lo múltiple: no se trata de ser un funcionario homosexual sino un revolucionario total”. Paul B. Preciado, agitador de mentes y cuerpos, es profesor en la Universidad París VIII, doctor en Teoría de la Arquitectura en Princeton, master en Filosofía contemporánea y Teoría de género en la New School for Social Research de Nueva York, donde tuvo como maestros a Agnes Heller y Jacques Derrida. Un montón de títulos que, según él mismo aclara, no sirven para nada si no se ponen al servicio de desarmar la dimensión técnica de todo aquello que se presenta como “natural”.

Qué dice un nombre

Desde diciembre de 2014, la persona que escribió Manifiesto contra-sexual, Pornotopía, Testo Yonqui, entre otras biblias de la teoría queer, decidió intensificar un proceso de masculinización, que empezó con la experiencia de administrarse testosterona de modo experimental desde 2005, y que ahora, con dosis más altas, ha cambiado de modalidad. Entre muchos otros efectos –“mi voz y mi cuerpo están cambiando”– hay uno lingüístico: Preciado hoy lleva el nombre masculino, según sus palabras, como una máscara más y a su vez como “una variable discursiva tremendamente importante para modular mi género”. Casi no hay fotos de esta etapa más que las que se ven en esta nota porque Preciado no ha querido documentar este proceso con imágenes sino con palabras. “A todas las sensaciones que experimento con el cambio de nombre y esta nueva transición las anoto compulsivamente. El nombre nuevo es una ficción, igual que el anterior. Pedirle complicidad a la gente, que te llame por otro nombre, incluso uno en el que al principio no te reconoces, es un pacto colectivo bellísimo. Un ejercicio de desidentificarme. Vivo este borrado con un enorme goce político. Cada vez que alguien me llama ‘Paul’ borra conmigo lo que el género normativo quiso hacer de mí. Tengo 44 años y me siento como un niño, llamando a todas las cosas de nuevo.”

¿Cómo decidís cambiar de modalidad?

–Hablar de transición lenta o rápida es una modulación política. La transexualidad, como la homosexualidad, es una noción inventada por la medicina. En la mayoría de los países europeos, si quieres cambiar de sexo, tienes que reconocerte como disfórico e iniciar una “terapia” para pasar de F a M o al revés. Cuando te piensas a ti mismo como un disidente del sistema sexo-género, la cuestión de cambiar de un lugar a otro, puesto que ambos son ficciones, no va. En mi caso es difícil hablar de algo así como “un punto de inflexión”. El supuesto cambio rápido legal hubiera sido entrar en el protocolo, administrarme 250 ml de testosterona por semana hasta que un comité médico me permita cambiar de nombre. La transición a mi ritmo ha sido una forma de mediar con mi propia tradición feminista, reapropiarme estratégicamente de la masculinidad sin ocupar una posición normativa. Me cuesta pensar por qué alguien elegiría un solo género toda la vida. No veo mi situación como excepcional; lo excepcional es la inmovilidad de género en el resto de la gente. Estoy cambiando ahora, pero tal vez al final de mi vida quiera cambiar a otra cosa.

Además, la B persiste…

–Durante mucho tiempo quise afirmar la posición de las mujeres como minoría en la filosofía pero al final tuve que renunciar y acabé de reconocer mi propio deseo, que políticamente es muy importante. Me conocieron como Beatriz, bueno, ahora le tendrán que dar la vuelta. Esa B está ahí como el rastro de temporalidad política, de lucha feminista. Estoy envejeciendo. Mi propia temporalidad casi es como la historia del feminismo del siglo XX y XXI. Viví en una dictadura, los ’70, me asignaron sexo femenino. A los cinco años alguien me llama bollera, me construyo desde la resistencia a esa injuria, luego voy a Estados Unidos y allí me doy cuenta de que no soy homosexual, soy queer. Accedo a la testosterona, sin ver diferencia entre ella y la filosofía.

¿Por qué no hay diferencia?

–Ambas son técnicas de producción de subjetividad, así como el chamanismo, la ayahuasca. Hay muchísimos rituales de transformación de la subjetividad. Yo tengo acceso a algunos que tampoco son la maravilla. Pero hay que sobrevivir con lo que hay. La transexualidad para mí no es volver a un origen, sino una deriva. Por supuesto que no transformas tu subjetividad y tu cuerpo solo, hay un colectivo alrededor. Pude acceder a la testosterona que estoy tomando ahora porque soy profesor de la Universidad de Nueva York y con el sistema médico pude ir a una clínica nada tradicional especializada en minorías sexuales. Aquellos históricamente patologizados, a los que se nos ha negado el acceso a las técnicas de producción de subjetividad, de repente encontramos un lugar para articular nuestros propios lenguajes con nuestras propias técnicas y resignificarnos políticamente. Cuando llegué a esta clínica dije: “Esta es mi casa, éstos son mis parias”.

¿Qué otros cambios le trajo a tu vida diaria esta forma de habitar la masculinidad?

–Estoy en un momento en el que ya no puedo entrar ni en los baños de hombres ni en los de mujeres, ni a las tiendas de hombres, ni las de mujeres. ¡Me echan de todos los sitios! Tomo aún más conciencia de las violentas y constantes fronteras de género. El espacio público y el supuesto espacio privado están absolutamente segmentados en términos de género. Está tan hipercodificado que el simple hecho de que pudiera haber mujeres con barba sería un escándalo. Y parece una estupidez. Hablar de las mujeres con barba debería darnos vergüenza: si hubiera sabido que iba a estudiar tantos años filosofía para acabar hablando de la depilación con láser… (risas). Pero realmente es así: la depilación con láser es una técnica de normalización necesaria para la estabilidad del sistema. Así que lo siento por la banalidad…

Qué dice un rostro

Toda arquitectura corporal es política. Preciado lo sabe desde la niñez, cuando le vio la cara al aparato médico, que fue el que le reconstruyó su propia cara. “Nací con una deformación de mandíbula. Durante años no tuve fotografías personales, sólo médicas. En casa no hacíamos fotos porque yo era deforme.” Pasó por dos cirugías de mandíbula, a los 7 y a los 18. Con todo cicatrizado escuchó por todos lados “estás fantástica”, ahí es cuando se dio cuenta de que “mi imagen y la que los otros veían no coincidían ni coincidirían nunca”. ¿Es la cara el reflejo del alma? Preciado responde que no: que la suya es el espejo de la medicina plástica, bastante poco sofisticada, de la España de los ochenta. “En Manifiesto contra-sexual pensaba la sexualidad a partir de la prótesis y no del órgano. Los movimientos que mejor respondieron a ese libro fueron los de diversidad funcional: tenían la necesidad de pensar la prótesis políticamente. No soy de hablar mucho de esto pero yo vengo de ahí, vengo de esa deformación congénita de mandíbula, porque pasé toda la niñez en contacto con el sistema médico en una redefinición constante de lo que era mi cara. Además tuve dificultades en el colegio, acabé en un grupo de educación especial para ocho alumnos con problemas de autismo y de adaptación al medio escolar. Mi infancia se dio en la tensión entre la diferencia y la normalización, y me ha dado una relación particular con el discurso científico y médico al que me dirijo casi como a un padre, en el peor sentido de la palabra.”

Garganta profunda

Al poder hoy no se lo obedece, se lo traga. En forma de cápsulas, por la boca, o se lo absorbe por los poros. Es líquido, viscoso, aspirable e inyectable. A veces, transparente. Siempre, dispuesto a fluir. Para Preciado –y alrededor de esa idea entre otras gira Testo Yonqui– el poder ya no produce cosas sino estados del alma, tejidos vivos, deseos, reacciones químicas, que también son moneda de cambio en el mercado. El poder ya no somete desde afuera como un aparato de ortodoncia, hace uno con el cuerpo. Se traga, también, a través de la mirada cada vez que la pantalla indica cómo hay que gozar, cómo consumir y consumar. La verdad del sexo toma forma de imperativo visual. Paul B. Preciado llama a este momento en el cual el poder ya no es ni vigilante ni castigador, exclusivamente, era farmacopornográfica. En Testo Yonqui, su diario íntimo de intoxicación voluntaria, un manifiesto tan personal como político para expandir el mal ejemplo, donde el autor demanda que el Estado saque sus números de sus genitales, Preciado respondió preguntas como ¿qué tendrá que ver el sexo con la economía? ¿Por qué la heterosexualidad produce plusvalía a través de la división del trabajo sexual? ¿Por qué ser hombre, mujer, heterosexual, homosexual, no son más que etiquetas? “Nunca fue pensado como un texto documental –dice–, las interpretaciones literales de lo que cuento allí no van porque no hay pretensión de verdad, sino ficción política”.

En Testo Yonqui te definís como pirata de género en contraposición al activista legalista. ¿Qué sucede cuando todo pasa por ingresar a la legalidad?

–No se trata de privilegiar unas luchas sobre otras, ni de pensar que la batalla por el matrimonio y la adopción, etc., no son la vía. Hay multiplicidad de estrategias que operan a distintos niveles. Todas necesarias. El problema es cuando una de ellas se convierte en finalidad última de activismo, que es lo ocurrió con el matrimonio. Me interesa inscribir las políticas sexuales dentro de un movimiento de emancipación más amplio que incluye a minorías raciales, minorías colonizadas y movimientos feministas. Hay una lucha, en absoluto acabada, por la redefinición del espacio democrático. Sabemos que el espacio democrático de la modernidad, que supuestamente se abre con la Revolución Francesa y al que tanto bombo y platillo le solemos dar como un espacio ejemplar, en realidad, es excluyente. Deja afuera un conjunto de sujetos que no son reconocidos como ciudadanos de derecho. Desde el siglo XVIII asistimos a un conjunto de luchas por la redefinición de ese espacio.

Dijiste alguna vez que más que luchar por el acceso equitativo al matrimonio sería más interesante luchar por abolirlo.

–En la medida en que, por ejemplo, hay una relación entre matrimonio y acceso a la nacionalidad, como en la mayoría de los países, ahí el matrimonio homosexual es una forma de reconocimiento del sujeto político. Pero eso no debe evitar que haya otras estrategias de lucha, más revolucionarias, de trasformación de las técnicas de gobierno. Lo central es quién tiene derecho a definir quién nos gobierna y cómo queremos gobernarnos. Históricamente, las mujeres, los homosexuales, los discapacitados, los adictos y todos los etcéteras de una lista que es casi la totalidad de la población, porque ahí también entran niños y ancianos, han quedado fuera de lo importante. Si miramos bien, ¡el espacio democrático está vacío! Las minorías han inventado una cultura de resistencias y ésa es otra utopía de espacio democrático, otras formas de relación, otros modos de vida, como relaciones múltiples o una filiación que no es necesariamente biológica. La belleza de nuestros movimientos minoritarios es que, no habiendo sido considerados sujetos de derecho, sin embargo, tenemos la capacidad de inventar nuestras propias técnicas de gobierno. Es una paradoja enorme.

A fondo y a la izquierda

Todos los que alguna vez fueron los impensables del feminismo aparecieron en el Manifiesto contra-sexual, su primer libro: juguetes sexuales, sexualidad anal, asignación del sexo de los bebés intersex, cultura BDSM. Preciado los convoca como los proletarios desviados de una revolución corporal. Habla para “la butch, la camionera, las bromas ontológicas, las imposturas orgánicas, las mutaciones prostéticas”. Un grito hacia las masas queer para reclutar a los invertidos del mundo pero no sólo a ellos: “La cosa va más allá de constituir a los lgbti como sujetos políticos. ¿Y la diversidad funcional, y la infancia, la animalidad, la Tierra? Las propuestas políticas radicales deben venir en esa línea, del conjunto de alianzas transversales”.

¿A qué se deben las dificultades del movimiento para armar alianzas transversales con otros colectivos?

–No veo tantas dificultades, por lo menos en Europa, que es el contexto que más conozco. Acabo de llegar de Estados Unidos a España justo para las elecciones municipales. La izquierda obtuvo muy buenas posiciones. Hay un tremendo entusiasmo popular. Los ’80 y ’90 aquí fueron de mucha despolitización excepto por las luchas del sida y la emergencia de los movimientos trans e intersex. Aparecían como muy periféricos pero ponían en escena un cuerpo vulnerable a las estrategias de normalización de la industria farmacológica y la gestión neoliberal. Después, la gestión neoliberal, farmacológica, etc., se han extendido al resto de la población. Después viene la crisis de 2008, con una enorme precarización de las clases medias en Europa, que ha hecho que se sientan vulnerables. Entonces se abrieron nuevas estrategias y aparece una nueva transversalidad, con los temas de precariedad y acceso a la vivienda, por ejemplo. Se han tomado estrategias que venían de las luchas del sida o del escrache argentino. Todas con mucha visibilidad performativa en el espacio público. Ese nuevo cuerpo vulnerable ha tomado forma a partir de 2008 y ha permitido que emerjan nuevas alianzas entre, por ejemplo, trabajadoras sexuales y los sin techo.

Es decir que las estrategias lgbti terminan nutriendo a otros colectivos.

–En Europa ha habido una emergencia fascinante de los movimientos de diversidad funcional y cognitiva, lo que antes llamábamos discapacidad, que está tomando modelos de acción de las políticas queer. Lo mismo con la cuestión racial, anticolonial y de migración. Ahora mismo esa frontera líquida que es el Mediterráneo, que divide Europa de Africa, se ha convertido en necropolítica, un lugar de muerte masiva. Eso ha generado una nueva conciencia: tenemos que tomar posiciones colectivas con respecto a cómo estamos definiendo la frontera política de Europa. Ya no se trata tanto de la identidad, de si somos gays, lesbianas, trans o lo que sea. El conjunto de tecnologías que nos normalizan son transversales, nos atraviesan a todos. En vez de seguir distrayéndonos con nuestras pequeñas luchas identitarias, pensemos cuáles son las técnicas de producción de la vida con las que nos queremos construir colectivamente. La identidad al final es otra de las ficciones de las que se sirve el neoliberalismo para evitar que podamos llevar a cabo una lucha global.

¿Estas nuevas alianzas podrían ser las nuevas multitudes queer?

–El interés que tuve, hace varios años, en inventar la noción de “multitudes queer” era establecer un diálogo entre la izquierda radical y los movimientos feministas y queer. Históricamente ha habido una ruptura entre esas dos tradiciones, que probablemente explique el fracaso de ambas. A esas multitudes de clase de la izquierda radical debíamos también poder pensarlas desde la sexualidad, cuestiones de razas y colonialismo. Las masas revolucionarias han estado para la izquierda descorporalizadas o encarnadas por un cuerpo masculino heroico. Yo quería poner en el centro un cuerpo no masculino, vulnerable, marica, indígena. Creo que la izquierda no me hizo mucho caso en ese momento (risas), pero esa noción me parece hoy muy operativa. La tradición de la izquierda ha sido muy cómplice del patriarcado. Ahora es tiempo de pensar juntos qué es la izquierda hoy.

En el principio la vedette fue el dildo, ¿cuáles son hoy las tecnologías que te interesan?

–Cuando me puse a trabajar sobre dildos era como un chiste. Un objeto impuro e invisibilizado. Estaba presente en la cultura lesbiana pero no se podía hablar de él porque surgían los fantasmas de que el dildo era un elemento patriarcal. Estaba haciendo un doctorado en teoría de la arquitectura y decidí mirar los dildos desde el punto de vista de la historia de la tecnología. Las tecnologías del cuerpo, como la testosterona, la píldora, etc., son productoras de subjetividad. En ese sentido hoy me interesan los medios de comunicación, las redes sociales, la informática. Como aparatos de producción de conciencia colectiva, ofrecen posibilidades de normalización y resistencia. Pienso a las tecnologías en sentido amplio, no son sólo máquinas: el matrimonio es una técnica, la familia también. Estoy prestando atención a lo que pasa en Estados Unidos con el Truvada. Se cree que va a prevenir el contagio del sida. El gobierno y los laboratorios piensan distribuirlo masivamente en los supuestos “grupos de riesgo”. Entonces, para las biomujeres tenemos la píldora y, ahora, a las “masculinidades de riesgo” (minorías raciales, etc.) se las trataría con Truvada. El resultado: una sexualidad totalmente mediada por técnicas farmacológicas.

Bestiario

En marzo de este año en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA), el mismo día de la inauguración, se suspendió la exposición La bestia y el soberano, en la que desde hace más de un año y medio venían trabajando como curadores Paul B. Preciado, el historiador del arte Valentín Roma (ambos del equipo del museo) y los alemanes Hans D. Christ e Iris Dressler. El director del museo, Bartomeu Marí, declaró a último momento que había descubierto una pieza inapropiada y exigió su retirada. Frente a esto, los curadores decidieron suspender la muestra. La obra “degenerada” es una escultura de la austríaca Inés Doujak que no es nueva: ya había participado de la Bienal de San Pablo el año pasado. La obra muestra al rey Juan Carlos I siendo penetrado por la activista feminista boliviana Domitila Barrios de Chúngara. No es un dato menor que la presidenta de honor del patronato del MACBA sea la reina Sofía, esposa de Juan Carlos I. Finalmente la obra de Doujak se exhibió igual (y la venta de entradas del museo aumentó un 50 por ciento), el director de museo renunció pero antes despidió a Valentín Roma y Paul B. Preciado. “Valentín y yo –dice Preciado– siempre imaginamos que en algún momento las autoridades nos iban a querer ahorcar por las propuestas que llevábamos, ¡pero nunca pensamos que saldríamos de allí de manera tan esperpéntica!”

¿Cuál es tu reflexión sobre este episodio de censura ahora que han pasado algunos meses?

–Estamos en juicio contra el museo, así que por ahora no puedo explayarme muchísimo. Pero no creo que haya que leerlo en términos de censura sino de control institucional. El director del MACBA estuvo al corriente de todo, conocía la obra de Inés Doujak. Pero cuando la escultura llega al museo y el director le presta verdadera atención entra en un colapso epistémico. Dice que no puede exponerla porque la fundación MACBA, cuyo presidente es Leopoldo Rodés Castañé, un amigo personal del rey, lo iba a echar. Deja en evidencia que el museo público está controlado por la fundación que es propietaria de las obras y tiene unas relaciones oligárquicas con la casa real. La pregunta es cómo estamos definiendo el museo público, ¿es un espacio de representación del poder o un espacio de debate? El gobierno de la ciudad de Barcelona venía observando la programación que hacíamos con Valentín. Me han dicho que yo no programaba para el “público” sino para los sudacas, los inmigrantes, los discapacitados, las lesbianas, que era una programación de extrema izquierda. En el fondo lo que pasó en las últimas elecciones (en muchas posiciones los gobiernos de derecha fueron desplazados por las izquierdas) era algo que ya veían venir y estaban aterrados.

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Manifiesto contra-sexual
(Opera Prima, 2002).
Su primer libro es una de las Biblias de la Teoría Queer. Allí realiza un análisis crítico de las diferencias de género y sexo asociadas a la sociedad heterocentrada.

Testo Yonqui
(Espasa, 2008).
Su diario de autoexperimentación bioterrorista. Analiza cómo el modelo capitalista actual se asienta sobre dos pilares: la industria farmacológica y la pornográfica.

Terror anal
(Melusina, 2009).
Texto que acompaña El deseo homosexual de Guy Hocquenghen. Preciado sitúa en el ano un motor degenerado y generador de nuevos deseos que separa los tantos entre placer y reproducción.

Pornotopía
(Anagrama, 2010).
Ensayo que analiza la estética Playboy desde una perspectiva biopolítica y traza relaciones entre arquitectura, género, sexualidad y pornografía.

La administración académica de la sexualidad

DIALOGO CON RAFAEL BLANCO, AUTOR DE UNIVERSIDAD INTIMA Y SEXUALIDADES PUBLICAS

 

sexualidade

 

Blanco, investigador de la UBA, observa que en la universidad pública persisten regulaciones que marginan la diversidad sexual. Analiza estereotipos y la incidencia de los saberes que se enseñan en diferentes facultades. Los baños, las fiestas y las agrupaciones.

“Un terreno es el de la ley, donde habría cierta igualdad, y otro terreno es el de la norma, donde hay desigualdades que prevalecen y se fortalecen”, señala el investigador del Instituto Gino Germani (UBA) Rafael Blanco, para explicar por qué en un ámbito como la universidad pública persisten las regulaciones que llaman a discreción a las identidades sexuales diversas y determinan qué es lo que puede ser exhibido y lo que debe ser ocultado o recluido a espacios de sociabilidad marginales. A partir de un trabajo de campo en las facultades de Psicología y de Ciencias Exactas y Naturales de la UBA, Blanco dio forma al libro Universidad íntima y sexualidades públicas. La gestión de la identidad en la experiencia estudiantil (Miño y Dávila), donde observa el desembarco de los mundos íntimos de los estudiantes en la vida universitaria. Si bien rescata ciertos “núcleos dinámicos” que impulsan la transformación al interior de la institución, considera que la universidad pública se encuentra rezagada respecto de algunos debates activos en la sociedad y que el modo en que son apropiadas las agendas de género por parte de las agrupaciones estudiantiles –donde “género” es homologado a “mujer”, por ejemplo– redundan muchas veces en “un gesto conservador”.

–En su libro se propuso indagar la relación problemática entre aquello aparentemente del orden de la intimidad (la sexualidad, el género) y una institución pública (la universidad). ¿Cuál fue la riqueza que encontró en este cruce?

–En los últimos 10 años cambiaron muchas leyes en torno a la sexualidad en Argentina, desde la unión civil a la identidad de género, y empezó a haber mucho trabajo sobre qué pasaba en la escuela y muy poco relacionado con qué sucedía en la vida cotidiana de la universidad. Así que la primera riqueza que encontré fue una vacancia, es decir, algo que no estaba explorado, como si en la universidad no pasara nada, como si no hubiera formas de regulación del género y la sexualidad y, justamente, lo que yo encontré en la investigación es que también se producen formas de regulación de lo correcto, lo incorrecto, lo esperado, lo posible.

–¿La universidad replica las regulaciones que excluyen, ocultan o llaman a discreción identidades y conductas en la esfera pública?

–Creo que no las replica, sino que las encarna desde otra lógica. Es decir, media el lugar del conocimiento legítimo, que es fuertemente regulador. Pongo un ejemplo: en la Facultad de Psicología, una facultad con un 80 por ciento de mujeres, encuentro un graffiti en el baño que dice “¿Dónde están las lesbianas en esta facultad?” Entonces ahí empecé a explorar qué pasaba con la invisibilidad de las lesbianas en esa facultad. Uno ahí se topa con el discurso normativo de cómo es apropiado el psicoanálisis en la vida cotidiana. Muchas veces, aquello que se aleja de la norma en esa facultad desde la mediación del conocimiento es leído de un modo peyorativo, patológico. Creo que la regulación del género y la sexualidad en la universidad dependen más de las culturas institucionales de cada facultad que de la universidad como un todo.

–¿Tiene consecuencias manifestar en la universidad una identidad que se desmarque de la heterosexualidad hegemónica?

–Sí, pero no es lo mismo ser varón gay, que ser mujer lesbiana, que ser persona trans. Las formas de visibilidad, los grados de aceptación y la forma de legitimidad para encarnar expresiones de género e identidades sexuales no heteronormativas son muy distintas.

–En su libro propone que existe una relación entre el conocimiento impartido en cada facultad y las regulaciones sexogenéricas que alcanzan a los estudiantes. ¿Cómo es esto?

–Pongo un ejemplo: en las entrevistas que hice, todo el mundo refería que el 80 por ciento de los estudiantes de Psicología eran mujeres, que el 20 por ciento eran varones y que, de ese 20 por ciento, al menos el 10 eran homosexuales. Un poco la idea era “todos los varones de Psicología son gays”. Cuando uno entrevista a varones de Psico no todos son gays o no todos se asumen de ese modo, y si lo hacen no necesariamente lo hacen dentro de la facultad, o lo hacen de maneras muy restringidas. La pregunta es un poco: ¿cómo es eso que es tan hablado, pero al mismo tiempo tan poco vivido en el espacio de la institución? Y ahí sí hay una relación con el saber. Hay mucha discusión entre la teoría queer y el psicoanálisis sobre cuál ha sido el impacto que ha tenido en la vida cotidiana las visiones normativas de, por ejemplo, la homosexualidad como perversión, que si bien han sido superadas teóricamente, en la práctica siguen apareciendo en la forma de sentido común. Por otro lado, en Exactas aparece muchas veces la apelación al orden de la naturaleza para explicar lo normal y lo patológico, aunque tampoco es tan habitual. Yo esperaba encontrar en Exactas una facultad hipernormativa o represiva y en Psicología una institución totalmente tolerante, y me encontré lo inverso.

–¿Por qué?

–Porque las culturas institucionales son muy distintas. Exactas queda al lado del río (en Ciudad Universitaria), alejada de la Ciudad, con una carga horaria infernal, y Psicología está ubicada en el medio del Once, con cursadas de tres horas, dos horas. La gente de Exactas se siente parte de la institución, se apropia del espacio y eso lleva a politizar la propia experiencia de género o sexual. Y Psicología es una facultad donde cuesta mucho tener espacios de encuentro, de sociabilidad, encontrarse con los docentes, y esa debilidad institucional también lleva a formas de apropiación mucho más débiles. Entonces, la gente no termina vinculándose fuertemente con la institución y deja aquello que puede ser objeto de algún tipo de conflicto fuera de la experiencia universitaria.

–Atento a la dimensión espacial de las regulaciones sexogenéricas en la universidad prestó atención particularmente a lo que ocurre en los baños y las fiestas. ¿Qué pudo observar?

–En las entrevistas empezaban a aparecer muchos relatos acerca de los baños y una alumna de Psicología me comentó que allí había un montón de invitaciones y propuestas entre mujeres. Eso me dio lugar a preguntarme si eso se traducía luego en formas visibles; si había relaciones entre mujeres en el espacio de la facultad, si se veían del mismo modo en que todo el mundo relata noviazgos heterosexuales. Me comentaban que no, que la visibilidad lésbica sigue siendo un tema al día de hoy, entonces eso me llevó a indagar cómo en los baños podían darse formas de sexualidad que estaban vedadas a la mirada pública. Y en los baños de varones sucede otra cosa; no está vedada la visibilidad gay y los baños funcionan como lugares de accesibilidad, para tener un encuentro sexual o para arreglar una cita. Entonces, en los baños encuentro formas de sociabilidad que están vedadas en el espacio público. No es que no sucede en las facultades, sino que ocurre en espacios restringidos a las miradas.

–¿Y en las fiestas?

–En las fiestas de Psicología vi grandes rituales de construcción de heterosexualidad. En los guiones que orientan, se va a una fiesta universitaria a divertirse, se va a conocer gente, se va a levantar, pero siempre eso mediado por el encuentro heterosexual, que tiene sus propias formas de vestirse, de hablar; también se construye. En las fiestas de Exactas encontré algo distinto, pero por lo mismo. Son fiestas más chicas, de personas de la facultad, donde hay otra idea de comunidad. Entonces eso habilita la posibilidad de lazos que necesariamente están regulados por la normativa heterosexual.

–¿Se puede concluir que las distintas identidades sexuales encuentran diferentes espacios de sociabilidad?

–Sí, pero desiguales. Un poco el libro termina con la idea de identidad pública, que se usa para dar cuenta de cómo algo que era del orden de la intimidad hoy está abierto a la mirada de todos. A mí me interesa esta idea para pensar que hay identidades que pueden ser públicas: la pareja heterosexual –y no toda pareja heterosexual; también la diferencia de edades sigue siendo fuertemente regulada, la relación entre estudiantes y profesores o profesoras–, y hay intimidades privadas: están privadas de la mirada y son corridas a otros espacios. Uno suele pensar la universidad como lugar democrático, pero un terreno es el de la ley, donde habría cierta igualdad, y otro terreno es el de la norma, donde hay desigualdades que prevalecen y que además se fortalecen.

–Usted señala que en cada facultad se puede identificar un arquetipo muy claro del “estudiante típico” señalado por los mismos estudiantes. ¿Qué efectos tiene?

–En todas las entrevistas que hice en Psicología, al describir la vida cotidiana describían a la típica estudiante: “minita”, frágil emocionalmente. Ahora, nadie encarnaba esa minita, nadie decía “yo soy esa minita”. ¿Qué quiere decir “minita” ahí? Está señalando a un tipo de mujer, es un ideal regulatorio. Es decir, es el lugar a no encarnar. Lo mismo con el “varón puto”. Todo el tiempo diciendo que los de Psicología son gays y muy difícilmente alguien dijera “yo soy ese varón gay”. Observé mucha circulación de estereotipo, que de algún modo a lo que viene es a sancionar la manifestación en el espacio público de algunas feminidades y algunas masculinidades, va marcando identidades degradadas de la norma.

–¿Qué lugar ocupan hoy en la universidad pública las políticas de género?

–Las agrupaciones estudiantiles comenzaron a tomar muchos temas que empezaban a estar en la agenda en estos años, como la diversidad sexual o las cuestiones de género. Ahora, género en la retórica de las agrupaciones quiere decir mujer, entonces si bien hay una apropiación de una agenda de derechos en torno al género, esa apropiación es muy selectiva y termina redundando en un gesto conservador, donde se fortalece la idea de género como mujer, cuando en realidad hay debates que hacen estallar al binomio varón/mujer. O aparece una agenda en torno al aborto que nunca termina de interpelar a las propias estudiantes que abortan. Hay cierta escisión entre el discurso universitario de las agrupaciones y la vida universitaria. A veces parece más una agenda externa que una problematización de la propia vida universitaria. A nivel institucional, si bien en los últimos años aparece una preocupación por tomar estos temas desde la universidad, en términos generales uno puede decir que hay cierta inercia, falta un debate en torno a estas cuestiones.

Entrevista: Delfina Torres Cabreros.

 

FANTASÍAS SALVAJES. Hacia dónde va el cine queer

Por Diego Trerotola

berlim
Cuando, a principios de los ’90, El silencio de los inocentes y Bajos instintos retrataban una persona trans y una bisexual, respectivamente, como asesinos seriales, la comunidad gltb en Estados Unidos puso el grito en el cielo, hizo protestas contra la homofobia en Hollywood y maldijo una y otra vez esas películas que estuvieron nominadas y/o ganaron el Oscar. La incipiente cultura queer, en cambio, celebraba que los personajes sean tan incorrectos y extremos y, al mismo tiempo, tan seductores: igual se trataba de ficciones, y la libertad para invitar al deseo es mejor que sea monstruosa, nunca normalizada. La lucha entre la representación de la diversidad sexual siguió su curso a lo largo de las décadas a partir de esta tensión entre los modelos de una forma de cultura más asimilacionista y otra más revolucionaria. La mayoría de las películas del Teddy prefirieron ubicarse más entre las piernas de Sharon Stone, sintiendo el miedo por los instintos básicos de la mantis a punto de clavarles su colmillo picahielo, o de arroparse con las pieles humanas de la carnicería de corderos de Buffalo Bill. Definidamente incómodas, oscuras hasta la irritación, la mayoría de las películas que formaron parte de este panorama del cine queer mundial fue por el lado de los deseos siniestros que las pesadillas pudieran dictar. Liberar el demonio de las imágenes, dejarse seducir por el ángel caído. Basta de la vida en rosa (a no ser que sea rosa chancho), que nos engorde el asco, a revolcarse en el chiquero. A ensuciarse las manos, que no se nos van a caer los anillos: sólo van a resbalar mejor. Cansadxs de que la representación de la diversidad sexual y de género esté dentro de una legalidad didáctica, idealista, de pretender hacer películas como si se dictase cátedra de cómo debe ser un ciudadano diverso, el cine queer actual se rebeló una vez más: eligió otra vez liberar sus más ilegales, mortales fantasías de ficción.

Mejor ficción

NASTY BABY

NASTY BABY

Sin ir más lejos, el premio Teddy a la mejor película de ficción del 65º Festival Internacional de Cine de Berlín fue para Nasty Baby, una coproducción entre Chile y Estados Unidos dirigida por Sebastián Silva. Lo que comienza siendo casi una sitcom sobre una pareja gay de Nueva York, que busca tener un hijo con una amiga, termina siendo la crítica más salvaje a los anhelos de construir una familia de clase media formada por la pareja de un inmigrante y un afroamericano, artista y obrero, respectivamente. Una crítica feroz con las manos manchadas de sangre, que puede llegar incluso a provocar el grito de disconformidad (eso provocó en la sala de cine en Berlín) frente a alguna de las escenas. La utopía de la convivencia quebrada por la ficción otra vez lleva la firma en la coproducción de Christine Vachon, la responsable de Swoon, Poison, Los muchachos no lloran y algunas otras de las más rupturistas películas sobre diversidad sexual y género de los últimos veinte años. El riesgo narrativo es considerable: una comedia comienza a dar un giro hacia la oscuridad más violenta, y no se trata de una comedia negra sino de una pesadilla al borde de la fábula criminal. Por esos mismos rumbos fueron la taiwanesa Thanatos, Drunk de Tso-Chi Chang, la alemana The Last Summer of the Rich de Peter Kern, la francoamericana Bizarre de Etienne Faure, la tailandesa Onthakan de Anucha Boonyawatana y el documental alemán Haftanlage 4614 de Jan Soldat que, de una manera u otra, eran inmersiones en una forma de criminalidad queer, el deseo de doble filo que reúne a Eros y Thanatos, la pulsión sexual y mortal en relatos sobre los márgenes. Incluso Peter Greenaway con su Eisenstein in Guanajuato se dio el gusto de investigar con esa perspectiva el recorrido del cineasta ruso a Latinoamérica para filmar Que viva México. Así la relación fluida con la muerte de la cultura mexicana se funde con la homosexualidad. Con sexo explícito, mientras un mexicano sodomiza a Einsenstein, le dice: “Europa le dio muchas cosas a México y yo les voy a devolver algo: la sífilis”. El culo del cineasta ruso sangra durante el coito y termina con un banderín comunista clavado. Un homoerotismo doloroso, mortal y al rojo vivo.

Mejor documental

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Este Teddy fue para el uruguayo Aldo Garay que, con El hombre nuevo, vuelve a una de las travestis que había formado parte de su documental de 1995: Yo, la más tremendo. Veinte años después, y varios documentales surgidos de su relación fluida con la comunidad trans uruguaya, Garay sigue el derrotero de Stephania, nacida en Nicaragua, educada en la revolución sandinista y adoptada por una pareja uruguaya. La película sigue sus días en la calle en Montevideo, la búsqueda de un lugar con su mundo a cuestas como un caracol y su vuelta al país natal, donde reencuentra a toda su familia inmersa en las creencias religiosas que la separan de sus raíces. Retrato seco de honestidad brutal, que incluye escenas documentales de exorcismo religioso que reinscriben el conflicto y las contradicciones de las tensiones ideológicas que fundan la pertenencia a una cultura y a un país. Sin miserabilismo, sin visión romántica de la pobreza, Garay y Stephania son cómplices perfectos en la búsqueda de la supervivencia de la propia personalidad más allá de cualquier tradición e institucionalización. Si El casamiento se podía ver como la contracara de las luchas por los derechos matrimoniales del colectivo lgtbiq, El hombre nuevo puede ser vista como el reverso de las leyes de Identidad de Género, o al menos como una muestra sutil de sus límites. Una forma de volver a la ilegalidad.

Premio especial del jurado

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A partir de recolectar historias de jóvenes gays y lesbianas en Kenia, la película Stories of Our Lives, de Jim Chuchu (videos) , ganadora del Teddy Especial del Jurado, construye tres secuencias que retratan distintos conflictos que pueden dar cuenta de la violencia homofóbica en territorio africano amparada por las leyes. En alto contraste, en un blanco y negro que abre el ojo a la gama de grises en cada uno de los personajes, el modelo de docuficción que plantea la película está enfocado a darles voz a historias que no podrían ser contadas públicamente por sus protagonistas sin poner en riesgo sus vidas. Sus voces, sus experiencias amorosas, son criminales frente a la persecución de la diversidad sexual y de género en algunos países de Africa. Pero esta vez ellas y ellos no eligen ser criminales, es una imposición.

 

 

La tele que nos mira

Hasta no hace tanto gays, lesbianas, trans y bisexuales permanecían atrapadxs en personajes secundarios o hasta desterrados, fuera de cuadro.

En Viudas e Hijos del Rock & Roll, comedia que comenzó con 21,3 puntos de rating, se contrapone el universo del rock y el del conservadurismo de la familia tipo. Y también emerge un abanico de personajes diversos que logra muchos más matices que los prototipos de la loca plumífera, la travesti parada en la esquina o la lesbiana fuera de la ley.

¿Hasta qué punto la TV se va desprendiendo de sus estereotipos de origen? ¿Qué es objeto de broma y qué no? Da la impresión de que hoy la pantalla se permite mostrar a personas lgbt con las infinitas variedades del alma humana sin por eso pecar de incorrecta. ¿Estará el horario central ajustándose a los tiempos que nos corren?

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Por Marlene Wayar


Ni creo en las medidoras de rating, ni entiendo mucho su mecanismo, pero sí entiendo que algo es real en cierto universo. Viudas e Hijos del Rock & Roll comenzó con alto rating en Telefe y, a pesar de algunas mínimas fluctuaciones, mantiene horario central, llegando a muchos y diversos hogares. La pantalla se convierte así en un raro espejo de sus intrincadas redes de interacción, donde ni la oligarquía habla sola, ni las voces más desposeídas quedan sin ser oídas. Hannah Arendt creó la fórmula lingüística “La banalidad del mal” para expresar que las tremendas atrocidades cometidas por las personas no se debían necesariamente a su crueldad, su antisemitismo (en el caso Eichmann, teniente coronel de las SS), su carácter retorcido o una mentalidad enferma, sino a su falta de crítica a lo establecido e imperante, con una carencia de ética propia junto a la que priman la obediencia silenciosa a ese orden. Dicho esto, entonces, quiero agradecer profundamente el valor de quienes guionan Viudas…: Ernesto Korovsky, Silvina Frejdkes y Alejandro Quesada. El valor que han tenido para pintar nuestra banalidad argenta. Nos ha dado un excelente entretenimiento con las mismas características de lo que puede primar como propuesta en el mercado, pero con una historicidad que brilla en la lucidez con la que han retratado a estos personajes que aquí describo.

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Roby Bettini
Lalo Mir
Una admirada celebrity del palo del rock que tiene como única cuestionadora a su propia hija. A pesar de su actitud contraria al orden, en algo muy importante ha fallado: dejando a sus dos hijas –una incluso no reconocida– el sentimiento de descuido.

Miranda
Paola Barrientos
Apuesta por volver a aquel orden (tradicional) que papá desafió, cometiendo el error de no juzgar a su padre en sus circunstancias. Regresa a la familia heterosexista y ya tiene dos motivos que la extorsionan para que todo continúe igual; su hijxs con Segundo “Second” Arostegui (Juan Minujín), que visiblemente es un número uno (9 de handicap en polo) con un otro Segundo puto y metido en el armario para sostener este modelo ideal.

Papá y mamá
Arostegui
Luis Machín y Verónica Llinás
Unos pasados actuales que se regodean en el patetismo del maltrato constante y de cualquier grado a cualquier otro ser humano. Tienen la inmensa capacidad de derrapar con el enojo, la bebida o cualquier otra situación más o menos excepcional. Estos engendros aletearon y aletean espasmódicos sus alas y todos a su alrededor los sufren. Desfilan sus víctimas hasta márgenes insospechados.

Pedro “la Gorda” Gatto
Darío Barassi
Surca estas turbulentas aguas con destreza dándole gas a su antojo de ser. Algo de eso mismo tienen Gaby (María Leal) y Titi que, como Roby, vivieron el rock, pero desde algo menos macho, aunque permanentemente tengan en boca el miembro viril de cualquiera. Será por esa energía fémina que no sólo están en pie sino que continúan disfrutando de un fasito y del bon vivant argento, claro.

Denise
Florencia Peña
No hace al nudo argumental pero ayuda a develar aún más cómo hasta los héroes cometen el error de herir con su naturalización del orden humano. Ella siendo una trava “minita” debe salir del armario a cada encuentro, desde el más intrascendente de ellos, como el que tiene con Titi (Georgina Barbarossa), o uno pretendidamente íntimo, como el precipitado pedido de mano de “Rama” (Fernán Mirás) que sale corriendo dejando a Denise seducida y abandonada. Su identidad no padece disforia, padece de ser una ajustada imagen del modelo, cuando en realidad no lo es. Característica que justifica la elección de Flor si es que tiene que ser justificada. Denise debe verse “minita”, y no toda actriz trava posee esa cualidad al menos si ya sabemos quién es. A los argumentos sobre el trabajo trans (“¿por qué no la interpreta una actriz trava?”) yo le opondría preguntas, ¿y por qué no una trava haciendo de minita/mujer/abuela? y ¿por qué no puedo aspirar a que sea Norma Aleandro la que interprete a una trava? Si sólo nosotras tenemos lugar para hacer de trava, como actores y actrices villerxs sólo seremos consideradas hacedorxs del propio rol, y por tanto, salvo rara excepción, seremos de reparto. La Denise que compone Florencia está tan bien que podría decirle a cuál de mis amigas me recuerda. Quienes exigen esto creen que sólo somos estereotipos. La elección de una mina para el personaje evidencia cómo, cuando se nos pone en situación violenta, somos violentas y no necesariamente machos. Allí la actriz consigue su mejor tono al no fingir una masculinidad que no tiene y que supondría el personaje y, por otro lado, verificar que una minita también tiene maneras tajantes de decir “no”. Aquí el guión desnuda algo que todas sabemos por propia experiencia, al menos en alguna oportunidad la desfachatez de los tipos para levantar donde la necesidad ajena poco importa. Me recuerda también un tip básico de mi escuela trava: siempre caminar contra el tránsito, si viene un piropo, que sepan a quién está dirigido, porque duele más si después del piropo le sigue un insulto o el más inocente “¡Es un trava!”, aunque afirme tu capacidad de seducción.

El regreso de los hermosos y malditos

 

Por Adrián Melo

Amor à vida, Félix (Mateus Solano),

Amor à vida, Félix (Mateus Solano),

Hubo un tiempo en que la comunidad LGTB reclamó que la ficción representara personajes positivos que vivieran alegre y libremente sus sexualidades y sus placeres, sin represión ni finales trágicos. Fue parte de una lucha en tiempos oscuros donde gays, lesbianas y travestis eran siempre representados por más de cien años en la literatura, el cine o la televisión como monstruos, vampiros, demonios, suicidas desesperados, asesinos o sórdidos delincuentes.

La pantalla televisiva argentina recorrió un largo camino que es el que quizá le permite hoy mostrar a gays y lesbianas en las infinitas variedades del alma humana sin por eso estar mostrando incorrección política. Y también quizá por ello, la comunidad LGTBIQ puede celebrar al menos en dos producciones latinoamericanas actualmente en el aire, Rastros de mentiras y La viuda negra, el regreso de las locas malas en la ficción y las lesbianas atormentadas que llevan su pasión hasta el extremo como a veces sentimos que quisiéramos hacerlo en la vida. Así, Rastros de mentiras (Brasil, Amor à vida, 2013-2014) retrata a Félix (Mateus Solano), un gay malísimo y neurótico que descarga la frustración sexual de un matrimonio de apariencias, maltratando a su mujer y a su hijo (en uno de los primeros capítulos, desmesuradamente enojado le rompe la patineta), y que para satisfacer sus ambiciones personales no duda en secuestrar a la beba recién nacida de su hermano y arrojarla en un contenedor de basura en un callejón (se sabe que el culebrón tiene sus excesos). Paradójicamente, Rastros de mentiras fue la primera telenovela brasileña en mostrar una escena de beso gay entre dos hombres, y la primera de la Red Globo que muestra un beso homosexual, que produjo debates, escándalos y aplausos alternativos en Brasil. Es curioso que hayan elegido para el primer beso a un personaje gay negativo, el antagonista total de la novela.

viuva negra

En La viuda negra (Colombia, 2014), el personaje lésbico es Susana (la sensualísima Katherine Porto), el primer amor femenino de la protagonista, la poderosa narcotraficante colombiana Griselda Blanco (Ana Serradilla), más conocida como “La reina de la coca”. Primero, hábil e independiente comerciante de bienes raíces, Susana comienza a colaborar con la organización delictiva de Griselda en su traslado a Miami. Luego, seducida por la belleza de Griselda, no puede contener su deseo apasionado y llega a extremos tales como amenazar a punta de pistola y atar a la legendaria narcotraficante para poder besar su cuerpo; o, al no poder conquistarla, pasarse en venganza al cartel enemigo de Griselda para destruirla. Sin embargo, el final de Susana en brazos de su amada y el último acto de amor de Griselda resulta conmovedor y redime el amor entre estas mujeres malditas que solemos adorar. ¿Acaso no estábamos un poco hartos de los gays y lesbianas santurrones y bondadosos a los cuales parecía obligar la corrección política de la ficción televisiva? ¿Acaso no añorábamos a estos personajes al margen de la ley y más allá de la moral?