LEILA GUERRIERO Y “LOS MALOS”: “SABIA QUE IBA A SER UN LIBRO EXTREMO”

Foto:  Diego Sampere

Foto: Diego Sampere

Por J.C. Ramírez Figueroa*

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Llega una espeluznante colección de perfiles sobre el horror personificado en América Latina, entre ellos, Mamo Contreras, El Psicópata de Alto Hospicio e Ingrid Olderock, la mujer que entrenaba perros violadores en los años más violentos de la Dictadura. Casi 600 páginas de sangre, horrores y daños profundos que han conmocionado nuestros países.

La escena parece película de Scorsese. O Coppola. O cualquiera de esas que incluyen sangre, compromisos y estupidez cotidiana. Manuel “Mamo” Contreras va al casamiento de su hija, pero una llamada telefónica, mientras iba en auto, cambió sus planes ese 5 de octubre de 1974.

Sus hombres de la DINA habían matado a Miguel Enríquez, líder del MIR. Cuando llegó a la Calle Santa Fe en San Miguel, miró el cadáver, preguntó si habían tomado las huellas y dijo: “Pesquen a este huevón y se lo llevan al Servicio Médico Legal”.

La ceremonia de su hija, comenzó con dos horas de atraso sólo por eso. Pero la fiesta verdadera fue con sus subalternos. Pinochet, su jefe directo, tenía un enemigo menos y Mamo estaba en la gloria.

La “anécdota” aparece en el primer perfil de Los Malos (Ediciones UDP), a cargo de Juan Cristóbal Peña. El libro – y los 14 personajes que lo conforman – puede leerse como un mapa -oscuro, inverso – de América Latina, como explica Leila Guerriero, editora de este grueso volumen de 555 páginas que es la continuación natural de Los malditos, gran hit hispanoamericano de la editorial que buscaba retratar vidas tormentosas de artistas, también editado por ella.

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El horror es el principio activo que acompañará la lectura. Desde Santiago “El Pozorelo” Meza López (México), narcotraficante experto en hacer desaparecer cuerpos en soda cáustica hasta Luis Antonio “Papo” Córdova (Panamá) un policía que se autoproclamó rey de una zona selvática y a quien llamaron, convenientemente, “El rey del miedo”. Desde Bruna Silva (Brasil) que no contenta con cocinar, devoró a sus víctimas hasta Alejandro “Chaqui Chan” Manzano (Colombia) paramilitar, asesino por encargo y encargado de descuartizar a más de 100 personas.

Es recomendable leer cada uno de estos perfiles y luego, salir a tomar aire. Porque esto es un city tour por los rincones más salvajes y demenciales de la condición humana. Como Julio Pérez Silva, “el psicópata de Alto Hospicio” que, según le cuenta un cercano al periodista Rodrigo Fluxá, desde niño tuvo que acostumbrarse de los maltratos de su madre a su padre. “Él era una víctima, un hombre muy pacífico, y ella lo golpeaba. Acá toda la gente escuchaba cuando ella gritaba: ¡Ya perdiste la plata conchetumadre!”. Pero el futuro psicópata, terminó defendiendo y justificando a la madre.

Pequeños detalles que configuran historias complejas. Como sabemos, no hay blanco ni negro, sino zonas sucias que reviven – y resignifican – a personas a las que odiar por sus crímenes es lo correcto. En el capítulo dedicado a Norberto Atilio Bianco, médico argentino que atendía el embarazo de mujeres presas en Dictadura y que decidía el destino del bebé (“La mano que mece la cuna”, Miguel Prenz) se habla de los 100 puntos que obtuvo por sus superiores en competencia, capacidad intelectual, carácter o se cita a su familia que asegura que es “una buena persona” aunque son conscientes que nadie lo creerá. Pero, de todas formas la humanización -anulada en la mitología de un asesino- lo vuelve aun más brutal.

La génesis

El proyecto comenzó -como Los malditos– por idea de Matías Rivas, director de la editorial, explica Guerriero. Le propuso un libro que reuniera perfiles de seres siniestros latinoamericanos que estuvieran vivos (“finalmente, el libro tiene dos muertos. Una es Ingrid Olderock, que está incluida porque a Matías y a mí nos pareció que era indispensable; y el otro es el pandillero apodado El Niño, de El Salvador, a quien mataron un mes después de que el autor me entregara el perfil”).

Los autores de estos perfiles, “tenían que ser gente con acceso a personas muy siniestras o peligrosas que iban a estar seguramente presas, inubicables o escondidas, que iban a ser reticentes a encontrarse con periodistas, tenían que ser capaces de hacer un gran reporteo y de escribir estupendamente bien”

Identificados los autores, la editora se contactó con cada uno de ellos, explicándoles el proyecto. A quienes aceptaron les propuso iniciar una línea de conversación para pensar -entre ambos- a los posibles perfilados de su país.

“Si en el caso de Los malditos fui yo quien, a través de una búsqueda previa, elegí a los escritores malditos para después buscar el mejor autor de cada perfil, aquí fue exactamente al revés porque sabía que los autores que había elegido para escribir conocerían el territorio y los nombres de la maldad en sus países – Panamá, Colombia, Venezuela, Perú, México, etcétera – mucho mejor que yo (puesto que no buscaba sólo nombres tan restallantes como el del Mamo Contreras, sino que quería que el libro fuera una representación del mal en todas sus facetas, desde altos mandos y nombres muy conocidos hasta subalternos no tan renombrados pero con igual capacidad de daño)”.

Recibidas las propuestas, Leila investigó, evaluó y diseño la lista de perfilados. Le interesaba equilibrar el libro. Que no todos los países tuvieran el mismo tipo de individuo. “Como sabés, nuestro continente fue prolífico en dictaduras, por ejemplo, con lo cual hay muchísimos casos de maldad relacionados con torturadores o represores, gente oscura relacionada con distintas fuerzas de seguridad. Pero la idea era mostrar todo el espectro del mal: los abusos de las guerrillas, la trata de blancas, etcétera. Entonces hubo que generar esa suerte de puzzle complejo, modificar algunas opciones. También traté de que, cuando ameritara, el perfilado elegido representara una faceta del mal muy característica de su país. Por ejemplo, en México el perfilado es un hombre que trabajaba para el narco disolviendo cadáveres en soda cáustica, porque el narco es un tema central en México en este momento. O por ejemplo en Colombia, donde busqué específicamente a alguien que pudiera hacer un perfil de un paramilitar. Por otra parte, era importante que el perfilado elegido no fuera lo que llamaba “un caso”. Un hombre que hubiera matado a toda su familia no era alguien para incluir en este libro”.

Y agrega: “Necesitábamos que el mal tuviera trayectoria, recorrido, prontuario, empeño y convicción. Una vez convenido quién sería el perfilado, los periodistas hicieron el reporteo, escribieron, me enviaron los textos, y yo hice el trabajo de edición cuidando cosas que, para mí, eran fundamentales. Sobre todo una: que estuviera la voz de las víctimas. En un libro así, que intenta contar la faceta más terrenal de los malos, que intenta correrlos de la idea tranquilizadora de que son monstruos (un monstruo es una anomalía que se presenta cada cien años; un malo es un ser que puede ser el vecino de enfrente, alguien perfectamente adaptado para vivir en sociedad), la voz de las víctimas no puede faltar. La idea era decir “aquí están estos hombres y estas mujeres: no salieron de un repollo, son producto de las sociedades en las que nosotros nos criamos y vivimos, y ellos hicieron esto. Entendamos esas cabezas, que así es como piensan, sienten y se estructuran”. Pero sin la voz de las víctimas, ese relato no podía existir. Sin la voz de las víctimas, el retrato del malo es una aberración”

Así como nuestro continente tiene zonas geográficas/climáticas diferenciadas (caribe, patagonia, cordillera), el mapa del mal también las tiene?. ¿Hay ciertas características propias de “los malos” dependiendo de la región? No es mi sensación, más allá de que me parece que zonificar el mal – de manera casi meteorológica – sería una frivolidad. Pero sí creo que hay un tipo de maldad que se cobija y se nutre al abrigo de la corrupción, de la impunidad, del mal funcionamiento del estado de derecho, y que se da de forma muy marcada en nuestro continente. Los policías corruptos, los torturadores, los traficantes de mujeres, los narcos en grandes cantidades, sólo son posibles en espacios sociales fragilizados por la ausencia de las instituciones y del estado.

Me interesa mucho el proceso de selección de estos personajes. ¿Qué características vitales debían tener? ¿Exposición pública? ¿Cierto tipo específico de maldad? ¿Una personalidad que pusiera en tensión esa idea un tanto ingenua que los malos son malos en todas sus relaciones 24/7? Algo de eso respondí en la pregunta anterior. Hay perfilados de diversos tipos. Algunos sumamente conocidos en sus países – como el Mamo Contreras o Ingrid Olderock en Chile, o el Tigre Acosta, en la Argentina -, pero otros que no lo son tanto. La exposición pública no contaba en absoluto. Sí era importante lo que te dije antes: que fuera un sujeto con trayectoria en el terreno que nos ocupaba, el del mal. Y que no fuera uno de esos sujetos que provocan cierta simpatía en los lectores, como por ejemplo los estafadores o los asaltantes de bancos (que por un motivo que a mí me cuesta mucho comprender, a mucha gente le parecen una gente de lo mejor). Al hablar con los autores para definir al perfilado de cada uno, lo que intentaba pensar era cuál era la dimensión de daño que había producido esa persona, y cómo jugaba eso en el conjunto del libro. Porque sabía que iba a ser un libro extremo, y hubiera sido injusto incluir allí a cualquier tipo de persona, mezclándola con seres muy oscuros y tenebrosos. Otra cosa importante era el acceso. Me interesaba mucho que esta mirada sobre el mal fuera una mirada en primerísimo plano. Que las personas perfiladas hablaran, dieran su versión de ellos mismos y de los hechos. No se pudo hacer con todos – porque son muy reticentes a hablar con periodistas- pero sí con muchos.

La crónica sobre el Mamo Contreras, precisamente es escalofriante en cuanto a su humanidad. Cuando Cristóbal Peña lo va a visitar y habla con sus familiares, es imposible no sentir una incomodidad. ¡El viejo mandó a matar y torturar! ¡Por eso está en la cárcel! ¡Sin embargo acá aparece como un viejito amable! Aunque, con Ingrid Olderock uno, como lector, jamás puede sacarse de la cabeza la idea/imagen de los perros. Me voy a permitir decir, con cierto énfasis, que el Mamo no “aparece” como un viejito amable. El autor de ese perfil, Juan Cristóbal Peña, se encuentra con el Mamo al final del perfil, en la cárcel. Y no es casual que ese encuentro aparezca en el tramo final del texto. Porque uno, como lector, llega a ver a ese hombre viejo – humanamente viejo – en su celda cuando ya ha leído todo un texto de páginas y páginas a lo largo del cual se ha enterado, por si no lo sabía, de quién es ese hombre. Al final, la mirada del autor hace participar muy generosamente al lector de su propia incomodidad y de su propio desconcierto al encontrarse con él. Si esa escena hubiera estado al principio del perfil, algo hubiera crujido, hubiera hecho ruido. Poner esa escena al final es una decisión estupenda. Cada movimiento de este libro – cada movimiento narrativo – estuvo marcado por decisiones de ese tipo. El final del texto sobre Chaqui Chan, el paramilitar que entrenaba a otros en Colombia y que enseñaba a descuartizar gente, entre otras cosas, es otro ejemplo de eso: el autor, al final del texto, llama por teléfono a Chaqui Chan, que está detenido, para decirle que acaba de hablar con la viuda de una de sus víctimas y que esa mujer lo ha perdonado. No la revelaré acá, pero la respuesta que da Chaqui Chan al otro lado del teléfono, y que es la respuesta con la que termina ese perfil, es un mazazo en la cara del lector. El perfil sería muy otro si ese final no estuviera ahí para decir lo que dice y resignificar todo lo que hemos leído hasta ese momento.

Hay dos cosas que me llaman mucho la atención. Por un lado, cierto carácter seductor de muchos de estos “malos”. O al menos su capacidad de generar alianzas e integrarse a equipos y estructuras organizadas (pienso en “El tigre”, “La cuca” o “Papo” por ejemplo). Por otro lado, ciertas complicidades veladas o explícitas de los ambientes donde trabajan. ¿Estás de acuerdo? ¿Podemos hablar sobre eso? Pienso que esto tiene que ver con lo que te decía al principio. Con ese tipo de maldad que se genera en nuestro continente, y que existe cobijada en la corrupción y la impunidad que producen el mal funcionamiento del estado de derecho.

¿Cual fue tu mayor desafío como editora/compiladora de este libro? Aunque eso daría para otra entrevista, Claramente hay un dialogo entre tu mirada periodística y literaria junto a las de cada uno de los cronistas, con sus matices, obsesiones y arte en la redacción. En verdad, no sé. Fue un libro difícil. La temática era compleja y hubo dificultades para todo el mundo. Para mí, para los periodistas. Para muchos de los periodistas no fue fácil sostener una mirada durante tanto tiempo y de tan cerca con gente como la Cuca Antón, que torturaba mujeres embarazadas. Para muchos de ellos fue perturbador hablar con las familias de los perfilados y descubrir que la madre de un tipo que disolvía gente en ácido era una pobre señora mexicana que vivía en la miseria más rampante esperando cada dos semanas la llamada de su “hijito” desde la cárcel. Un editor tiene que intentar mantenerse sereno y aportar una mirada prudente sobre algo que un periodista quizás no ve tan claro porque está muy cerca del huracán. No hay gente monolíticamente mala pero eso no transforma a esa gente en un ángel. Ser un buen abuelo no te exime de ser un hijo de perra. Lo importante es, en todo caso, mostrarle al lector cuán buen abuelo es el señor equis y mostrarle, dos párrafos más abajo, cómo experimentaba métodos de tortura con un montón de señores puestos ahí para la ocasión.

Al parecer el libro es un formato estupendo para el reportaje de largo aliento. ¿No? La profundidad de la experiencia de inmersión del lector – y la riqueza de datos – es un precio alto que los diarios e incluso revistas que han apostado por los textos cortos, han debido pagar. Al menos así lo veo yo. Si, creo que el libro es un formato estupendo para el periodismo narrativo. De todas maneras, no creo que todos los temas deban o puedan transformarse en un libro. Me parece que hay una gran cantidad de temas que son más adecuados para las revistas, y que no tendrían autonomía para sostener un libro entero. ¿Qué hacemos con esas cosas: no las contamos porque nunca llegarán a un libro; o las contamos mal y cortitas porque ya no publicamos textos largos en las revistas o los diarios? Yo creo que el lugar natural del periodismo narrativo son los medios masivos, sobre todo las revistas, y que, de hecho, hay estupendos libros que antologan crónicas – como Larga Distancia y La guerra moderna, de Martín Caparrós, o La eterna parranda, de Alberto Salcedo Ramos, o Retratos y encuentros, de Gay Talese – que jamás hubieran sido posibles si esos textos no se hubieran publicado previamente en revistas. De modo que lo que quiero decir es que es estupendo que haya libros, pero que eso no exime a las revistas de darle un espacio al periodismo de largo aliento. [LL]

*Versión completa de entrevista publicada en Suplemento Ku.

LOS MALOS, EL LIBRO QUE REÚNE PERFILES PERIODÍSTICOS DE CATORCE FEROCES CRIMINALES LATINOAMERICANOS CONTEMPORÁNEOS

EL MAPA DE LA HISTORIA OSCURA DE NUESTRO CONTINENTE 

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HISTORIA DEL CRIMEN

Una galería del espanto, una demostración del sadismo sin límites, una mirada al abismo. Eso es Los malos (UDP), el libro de catorce perfiles de criminales latinoamericanos que reúne a todas las variantes del mal en el continente en diferentes contextos políticos y diferentes momentos históricos: desde integrantes de la pandilla Mara Salvatrucha hasta miembros de la DINA, pasando por capos de la trata, sicarios del narcotráfico colombiano, especialistas en disolver cuerpos para sus jefes narcos, caníbales brasileños, líderes de prisiones brutales, torturadores argentinos y asesinos de lesa humanidad. La idea, que recorre los perfiles escritos por periodistas e investigadores – desde Marcela Turati hasta Juan Cristóbal Peña y algunos locales como Rodolfo Palacios y Javier Sinay –, no es retratar a monstruos, sino a hombres y mujeres que dibujan un mapa oscuro e inverso de América latina. Y también que se escuchen, en entrevistas, las voces de sus víctimas, muchas veces silenciadas por el tenebroso atractivo del exceso y el Mal.

Por Angel Berlanga

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Cada tanto aparece alguna página tremenda, difícil de soportar. El hallazgo de parte de los restos de la tarea de Santiago Meza López, El Pozolero, que descuartizó los cadáveres de unas 300 personas, víctimas del cartel de Tijuana, y después los disolvió con soda cáustica: luego de años de incertidumbre los familiares de los desaparecidos dieron con una pista, rastrearon casi a ciegas durante dos años más y por fin encontraron la fosa con lo que quedaba de los cuerpos, “una masa gelatinosa mezclada con una sustancia amarilla en la que iban revueltos dientes, pedazos de hueso, brackets, anillos y tornillos quirúrgicos, y que despedía un olor insoportable”. O los relatos de algunas de las detenidas durante la dictadura de Pinochet sometidas a las perversiones de Ingrid Olderock, creadora de la rama femenina de la DINA, una admiradora del nazismo que adiestraba perros para que violaran presas políticas en el cuartel clandestino La Venda Sexy: también hubo hombres violados así, allí, pero apenas lo acredita un único testimonio. O el regocijo al matar de Félix Huachaca Tincopa, secuestrado en 1987 (cuando tenía 16 años) por Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana a la que se incorporó y en la que se hizo famoso por su saña, porque entre otras cosas llevaba niños a los operativos para que remataran a los heridos, o aleccionaba para fabricar explosivos con clavos oxidados y mierda humana, para que las infecciones de las heridas fueran más letales.

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Estos materiales son parte de los catorce perfiles que componen Los malos, el perturbador volumen conformado y editado por Leila Guerriero que, tras su publicación inicial en Chile, ahora se distribuye en la Argentina. Escritos por investigadores y cronistas de varios países, cada uno de estos textos ronda unas cuarenta páginas en las que, en algún momento, se desemboca en alguna forma del terror, en el relato de la ejecución irreversible del daño, en las mentes y los cuerpos aniquilados o marcados para siempre. Eso fue, de hecho, una de las condiciones para formar parte de esta galería con foco en hombres y mujeres de Latinoamérica que sistematizaron variantes del espanto, personas que en algún punto de sus vidas desembocaron por causas diversas en su primer crimen y luego perseveraron hasta que cambiaron los contextos históricos que posibilitaban sus aberraciones o hasta que los detuvo la Justicia. También hay en este libro una intención de abarcar diversos modus operandi, épocas en las que se cometieron los crímenes y geografías, y así aparece por ejemplo la historia de El Niño, un pandillero de la Mara Salvatrucha de El Salvador, autor de decenas de asesinatos, escrita por Oscar Martinez, periodista de El Faro; o el perfil del “Mamo” Contreras, capo de inteligencia de Pinochet e ideólogo y ejecutor de crímenes de lesa humanidad, hoy octogenario y preso en Punta Peuco, donde lo entrevistó el periodista Juan Cristóbal Peña; o, por citar un tercer texto, el que escribió la periodista Josefina Licitra sobre Rubén Ale, La Chancha, entreverado en acusaciones por trata de mujeres, sobre quien habla su ex mujer, su hija, sus amigos.

Pero claro, la cosa no es tan lineal: en los perfiles de Los Malos también hay sitio para la sensibilidad, la generosidad, la admiración o el cariño genuino. “La idea del libro es contar a esta gente desde lo humano – dice Leila Guerriero –. Porque una persona puede ser a la vez un hijo de puta y un abuelo buenísimo. Y al lector vos tenés que mostrarle las dos cosas: cada una de las soluciones narrativas que se encontraron en este libro apuntan en buena parte a eso. Cuando Juan Cristóbal Peña, por ejemplo, llega al final de su perfil sobre el ‘Mamo’ Contreras, un ser completamente siniestro, un tipo que fue la bestia negra de Pinochet, comparte un poco con el lector su desorientación al ver a un tipo en plena decadencia, postrado, hablando delirantemente de ovnis. Pero no es cualquier viejito: es ése viejito.” Junto a Peña llegan en visita al penal, justamente, las nietas de Contreras, tan cariñosas con él como puede serlo con su madre el hijo de Mirta Graciela Antón, la torturadora de La Perla, el principal centro clandestino de detención en Córdoba durante la dictadura, perfilada para el libro por el periodista Rodolfo Palacios, que en un alto del juicio que se le sigue por secuestros, asesinatos y torturas, fue testigo de este diálogo:

–Hijito, decile al periodista cómo es tu mamá. ¿Es un diablo, como dicen?

El muchacho sonríe, la abraza, dice:

–Mi mamá es un sol. No hay ser más bueno que ella.

–Es un dulce, el nene. Y un gran policía, como el padre. ¿Sabías que es un experto en tiro?

Guerriero dice que talló en el libro la idea de que los perfilados no eran monstruos. “Un monstruo, en un punto, es una figura muy tranquilizadora –dice–. Un monstruo surge cada 100 o 200 años y es un ser completamente anormal, y fácil de reconocer, además: vos estás ante uno y te das cuenta. Estos hombres y mujeres fueron perfectamente funcionales para la vida en sociedad. Era gente que iba a comprar el periódico, tenía hijos, tenía vida de relación, que podían llevarse bien o mal con sus padres según el caso, pero eran hijos de, maridos de. El libro intenta mostrar que estos seres convivieron con nosotros y también algo más inquietante: no nacieron de un repollo, forman parte de la sociedad en la que vivimos. Por eso también son malos latinoamericanos, de acá, que nos interpelan más directamente, más de cerca. Y por eso una pauta fue enfocar en quienes estuvieran vivos, porque afectaron nuestras vidas y las de los seres queridos. El Tigre Acosta afectó tu vida y la de todo el mundo, sin necesidad de que uno haya tenido una persona detenida o desaparecida en la ESMA. Siempre los ponemos en el lugar del monstruo, de la bestia, del animal, pero acá buscamos que se lean en su contexto: ‘No, ¿sabe qué? Este señor era su vecino, vivía en el piso de arriba, lavaba el auto todos los días y por las noches iba y le ponía picana a una embarazada’. Como ciudadana me parece más monstruoso eso que pensar que alguien se preparó para hacer el mal desde que tenía siete años, digamos.”

El periodista Javier Sinay es quien escribe sobre El Tigre, el hombre del almirante Massera en la ESMA, un capitán que participaba directamente de las sesiones de tortura y que llevaba a algunas de las detenidas de paseo, o a bailar, o a un departamento en el que las forzaba a tener sexo, condición para la supervivencia. El cronista Miguel Prenz (autor de La misa del diablo) es autor del cuarto perfilado argentino del libro: se ocupa de Norberto Atilio Blanco, el médico que atendía embarazos y partos en los centros clandestinos de la dictadura. Aunque no todos los malos accedieron a ser entrevistados por los periodistas, en cada perfil aparecen sus voces y también las de familiares directos, amigos y compañeros, especialistas y autoridades y, sobre todo, aparecen las voces de las víctimas. Explica Guerriero que pensó, para la convocatoria, en periodistas que más allá de escribir muy bien, fueran buenos investigadores. Y luego también tuvo su peso la visión de conjunto del libro: “Mi obligación como editora era no perder de vista que intentábamos hacer un mapa actual de la maldad latinoamericana –dice–. A consecuencia de las dictaduras enseguida aparecieron muchos torturadores, policías siniestros, milicos. En algunos casos buscábamos cosas específicas: de México quería a alguien que fuera de la cadena del narco, y en lo posible de la tropa, alguien de abajo, y así Marcela Turati encaró el perfil de El Pozolero; de Colombia, un paramilitar, esta cosa tan desvirtuada de las autodefensas campesinas (Juan Miguel Alvarez escribió sobre Chaki Chan, un sicario que reconoció un centenar de asesinatos). En otros lugares la búsqueda no fue tan específica, y así surgió el perfil de Bruna Silva (escrito por Clara Becker), que destazó, cocinó y comió varias mujeres en Pernambuco. Una preocupación fue que entrara el tema de la trata y que algunas perfiladas fueran mujeres, que no quedara un libro en el que pareciera que el mal es sólo una cosa de varones. Me interesó, además, que no fueran ‘casos’ aislados, el padre que mata a sus hijos y a su mujer: buscaba un mal con recorrido, con trayectoria y con convicción”.

¿Qué condujo a estas personas a lo que hicieron? ¿Ambición, desesperación, algún trastorno psíquico, algún trauma de infancia, la creencia en una causa, la combinación de elementos de un contexto, un delirio, un miedo profundo, una ferocidad implacable, lo normal dentro de un grupo, una pulsión incontrolable, la perspectiva de impunidad? “Cualquier intento de conclusión es contradictorio con el espíritu del libro, que un poco plantea la pregunta de qué nos hace malos –dice Guerriero–. Parece tranquilizador leerlo como un manual de instrucciones: ‘Los malos son de esta manera, y toda la gente que ha tenido un trauma de infancia va a… Y entonces hay que tenerlos vigilados’. Cuando confronté con esa pregunta vi Minority Report, esa película en la que Tom Cruise trabajaba en una cosa que se llamaba Precrimen, en la que descubrían los crímenes antes de que se cometieran. Atrás de ese planteo está la añoranza de descubrir lo malo antes de que se transforme, lo cual produciría como consecuencia una sociedad monstruosa. Los periodistas estamos muy atentos a historias de tipos que han tenido una vida feroz, de infancias atroces, que han sido violados y han andado por reformatorios, y han devenido en personas perfectamente solidarias, que por ahí tienen un comedor infantil y enseñan a jugar al fútbol a pibes en las villas. Es terrible decir que toda persona que tuvo un trauma se convierte en monstruo: de hecho no es así. Yo creo que tiene que ver con la singularidad de cada uno de los perfilados, una singularidad que se tramita de manera distinta en cada caso. Y luego está también el contexto de oportunidad: las dictaduras fueron lugares casi ideales, como bosques para los lobos. Para entender estas cabezas tenemos que conocernos como sociedades, saber verlas venir. Prevenirlas desde un colectivo, no contra cada individuo: un poco como el huevo de la serpiente.”

Caracazo contra las medidas económicas y sociales impuestas por FMI

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El Caracazo o Sacudón fue una serie de fuertes protestas y disturbios en Venezuela durante el gobierno de Carlos Andrés Pérez, que comenzó el 27 de febrero y terminó el 8 de marzo de 1989 en la ciudad de Caracas, e iniciados realmente en la ciudad de Guarenas, cerca de Caracas. El nombre proviene de Caracas, la ciudad donde acontecieron parte de los hechos, recordando a otro hecho violento ocurrido en Colombia el 9 de abril de 1948; el Bogotazo. La masacre ocurrió el día 28 de febrero cuando fuerzas de seguridad de la Policía Metropolitana (PM), Fuerzas Armadas del Ejército y de la Guardia Nacional (GN) salieron a las calles a controlar la situación. Aunque las cifras oficiales reportan 276 muertos y numerosos heridos, algunos reportes extraoficiales hablan de más de 300 personas fallecidas y 2000 desaparecidas.

La economía venezolana cayó a partir del endeudamiento que generó el país después del “boom” petrolero en los 70. (…)

Con este gran respaldo popular el gobierno de Pérez buscó dar un cambio al liberar la economía, a través de un programa de ajustes macroeconómicos promovido por el Fondo Monetario Internacional (FMI), al que se le llamó “Paquete Económico”, concebido para generar cambios sustanciales en la economía del país. Se anunciaron medidas de aplicación inmediata y otras de aplicación gradual en plazos breves. El paquete comprendía decisiones sobre política cambiaria, deuda externa, comercio exterior, sistema financiero, política fiscal, servicios públicos y política social. Sin embargo, la liberación de precios y la eliminación del control de cambio generó un reajuste sumamente brusco para las personas de menores ingresos.

Las principales medidas anunciadas fueron:

* Someterse a un programa bajo supervisión del Fondo Monetario Internacional con el fin de obtener aproximadamente 4500 millones de dólares en los 3 años siguientes.
* Liberación de las tasas de interés activas y pasivas en todo el sistema financiero hasta un tope temporal fijado en alrededor del 30%.
* Unificación cambiaria con la eliminación de la tasa de cambio preferencial.
* Determinación de la tasa de cambio en el mercado libre de divisas y realización de todas las transacciones con el exterior a la nueva tasa flotante.
* Liberación de los precios de todos los productos a excepción de 18 renglones de la cesta básica.
* Anuncio del incremento no inmediato, sino gradual de las tarifas de servicios públicos como teléfono, agua potable, electricidad y gas doméstico.
* Aumento anual en el mercado nacional durante 3 años de los precios de productos derivados del petróleo, con un primer aumento promedio del 100% en el precio de la gasolina.
* Aumento inicial de las tarifas del transporte público en un 30%.
* Aumento de sueldos en la administración pública central entre el 5 y el 30% e incremento del salario mínimo.
* Eliminación progresiva de los aranceles a la importación.
* Reducción del déficit fiscal a no más del 4% del producto territorial bruto.
* Congelación de cargos en la administración pública.

A solo pocas semanas de asumir el gobierno el entonces presidente Pérez, se decide poner en práctica de manera inmediata el paquete de ajuste y de medidas económicas, financieras y fiscales.

El 26 de febrero el ministerio de Energía y Minas anuncia el alza en 30% de los precios de la gasolina y el incremento de las tarifas del transporte público urbano e inter-urbano también en un 30% a partir del 27 de febrero, válido para los 3 meses siguientes, después de los cuales podrían aumentarse hasta el 100%.

Las medidas económicas y sociales impuestas por el gobierno y la creciente tasa de pobreza, originaron la masacre y la ola de violencia llamada como el “Caracazo”.   In Wikipédia

 

 

 

“Diez años después del Caracazo, el Gran Sacudón, daba a luz a la República Bolivariana

El Gran Sacudón

 

por Daniel Sazbón

 

El 27 de febrero de 1989, Carlos Andrés Pérez lanzó su plan, al que llamó “Gran Viraje”. Apertura de la economía, devaluación de la moneda, elevación de tarifas, liberación de precios, la receta era la misma para toda la región. Sin embargo, la respuesta popular fue uno de los levantamientos más importantes de la historia reciente de América Latina: el Caracazo. A casi 30 años de aquel Gran Sacudón, una lectura sobre esos años y sobre las consecuencias políticas que tamaña rebelión tuvo en la política de la región.

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El año es 1989; el escenario, una nación sudamericana sacudida por una crónica crisis económica, una deuda externa que ahorca las arcas estatales, y una situación social explosiva. Acaba de triunfar con holgura en elecciones presidenciales un carismático candidato, con la promesa de recuperar esplendores perdidos. Las esperanzas depositadas en su figura iban de la mano con la trayectoria de su partido, que en el rígido esquema vigente en su país desde mitad de siglo, debía representar a los trabajadores sindicalizados. Sorpresivamente, a pocos días de asumir el cargo, el flamante gobernante le comunica a la azorada población que la gravedad de la crisis lo obligaba a tomar medidas drásticas, anunciando políticas económicas de corte claramente neoliberal.

Previsiblemente, el impacto de las medidas pegó de lleno en los sectores más pobres. Un violento estallido popular tuvo lugar en la ciudad capital; la ola de protestas callejeras y saqueos a comercios fue reprimida con saña, ahogándo la revuelta en sangre. Unos diez años después de estos acontecimientos, el entero sistema de partidos entraría en una profunda crisis, abriendo el camino para la aparición de una figura hasta entonces relativamente desconocida. Este nuevo líder redefiniría las coordenadas políticas del país y terminaría construyendo un liderazgo que aún hoy, luego de más de una década de gobierno, continúa vigente, a pesar de la desaparición física de su fundador.

El relato, mirado con ojos australes, resuena con ecos familiares. Pero esta historia no transcurre en el Cono Sur, sino en el trópico. El carismático candidato es Carlos Andrés Pérez (CAP), que asumió la presidencia de Venezuela a principios de febrero, rodeado de figuras como Fidel Castro, Gabriel García Márquez, el sandinista Daniel Ortega y el presidente de la Internacional Socialista, Willy Brandt. No era de extrañar, dado su pasado nacionalista (15 años atrás, en su primer presidencia, CAP había nacionalizado las industrias del hierro y el petróleo) y su encendida retórica: en su campaña había comparado las políticas del FMI con los efectos de la bomba neutrónica, que “sólo-mata-gente”. Pero apenas asumió, CAP lanzó su “Gran Viraje”, un programa de ajuste inspirado, como tantos en la región, en las recetas del FMI: apertura de la economía, devaluación de la moneda, elevación de tarifas, liberaciónde precios. Sus efectos inmediatos fueron el encarecimiento del costo de vida, el desabastecimiento de productos básicos y un explosivo aumento de las tarifas de transporte.

La respuesta fue inmediata. Días después de lanzado el plan, el lunes 27 de febrero de 1989, estalló el levantamiento popular más importante de Venezuela, y uno de los más importantes de la historia de América latina: el Caracazo, “el Gran Sacudón”; cinco días de protestas y saqueos que conmovieron al país. La chispa fueron los reclamos de trabajadores y estudiantes, afectados por el aumento del transporte (que llegó a triplicar su valor), pero el incendio llegó con los moradores de los cerros, el cinturón de ranchos precarios que rodea desde lo alto el valle de Caracas. Los enfrentamientos no tardaron en replicarse en otras ciudades del país. Desbordado, CAP decretó el estado de sitio, implantó un toque de queda y militarizó la ciudad: entraron en escena el ejército y la guardia nacional, aplicando la ley marcial contra saqueadores y manifestantes. La represión fue sangrienta, su entera magnitud se desconoce; disparos a mansalva y ejecuciones sumarias al abrigo de la noche produjeron un número de muertes que va desde los casi 300 oficialmente reconocidos a los más de dos mil que denuncian entidades no gubernamentales.

“Mataron al catire Acosta, al catire Acosta Carlez / quien lo mató no imagina lo que vendrá en adelante / ni la fuerza que ahora palpita dentro de la tierra madre…”. Es Hugo Chávez quien dedicó estos versos a la memoria de su compadre Felipe Acosta Carlez, muerto en el Caracazo. Chávez supo ver que con este “reventón” estallaba todo un sistema político. Desde la caída de la dictadura de Pérez Jiménez en 1958, se había consolidado en Venezuela la “Cuarta República”; su documento fundacional, el Pacto de Punto Fijo, fijaba la alternancia en política (el bipartidismo entre el partido de CAP, el socialdemócrata AD, ligado a los sindicatos; y el COPEI, socialcristiano y pro-empresario) y la continuidad en la economía, basada en la moderada distribución de la renta petrolera por el Estado. En 1992, el propio Chávez protagonizó un levantamiento militar contra Pérez, cuyo fracaso, famosamente, relativizaría ante las cámaras de televisión: los objetivos del levantamiento, declaró, no se han cumplido “por ahora”. Al año siguiente, CAP debía dejar la presidencia, removido por corrupción. Pero Chávez todavía tendría que esperar hasta 1998, cuando con su Movimiento V República llegó a la presidencia, venciendo al candidato que apoyaban conjuntamente los dos partidos tradicionales. Diez años después del Caracazo, el Gran Sacudón daba a luz a la República Bolivariana.

“Nada deberás temer, mientras el bosque de Birnam no se levante hasta Dunsinane”, le auguraron las brujas a Macbeth, entre truenos y relámpagos. Durante 40 años el sistema político venezolano vivió tan confiado en su futuro como el rey de Escocia, y sus manos terminaron más manchadas de sangre que las del matador de Duncan y Banquo. Pero un día bajaron los cerros; Birnam subió a Dunsinane, y la tempestad fue imparable. “La tormenta de los pueblos se desató por las calles. / No quedaba nada en pie desde Petare hasta el Valle / Caracas tenía sed y la sed era de sangre…”.

 

 

Masacre de Iguala. “No vamos a parar hasta que aparezcan nuestros hijos”

Nuevas pruebas demostrarían la total omisión del Ejército

 

Miles de personas marchan el 26 de diciembre de 2014 para repudiar la desaparición de los 43 estudiantes Efe

Miles de personas marchan el 26 de diciembre de 2014 para repudiar la desaparición de los 43 estudiantes Efe

 

La involucración o no del Ejército en la desaparición de los 43 estudiantes de Iguala sigue siendo la gran disputa entre los familiares de las víctimas, que sostienen que los jóvenes fueron llevados a los cuarteles y los tienen allí retenidos, y la Fiscalía, que afirmó tras su investigación que “no hay ningún indicio ni dato de que el Ejército haya estado involucrado en los hechos”.

Sin embargo, partes de novedades, mensajes y bitácoras del Batallón 27 de Infantería de Iguala de la noche de los hechos, que desvela de nuevo este miércoles el periódico ‘Milenio’, contradicen esa versión y vuelven a incidir, como ya lo hicieran informes judiciales, en que los soldados estuvieron al tanto de toda la masacre y que, en caso de confirmarse, hubo al menos una participación directa del Ejército por omisión. Hay, de hecho, una cronológica explicación de lo que va ocurriendo a lo largo de la noche y la madrugada.

Según el rotativo, en el mensaje 22632 del 26 de septiembre, marcado como urgente, referido como llegada de normalistas, se informaba “a la superioridad”, en el inciso G, apartado C, que: “Sobre la carretera Iguala-Chilpancingo, frente al Palacio de Justicia, (soldados o testigos, no queda claro) ubicaron otro autobús, el cual fue detenido por dos patrullas de la policía municipal, los cuales, con palabras altisonantes, les mencionaron a los estudiantes que descendieran del autobús”. Luego, en el apartado D, el mensaje dice que: “Aproximadamente a las 22:30 horas, llegaron al lugar tres patrullas más, a bordo de las cuales bajaron policías vestidos de negro, encapuchados, los cuales les dijeron a los estudiantes que se bajaran, por lo que los estudiantes les mencionaron que tenían compañeros heridos, sin especificar de qué tipo. Aproximadamente a las 22:35 horas, los policías que llegaron trataron de bajar a los estudiantes del autobús”. Firma, “respetuosamente”, el comandante del 27 Batallón de Infantería, quien se comunicaba con la Comandancia de la 35 Zona Militar, con sede en Chilpancingo.

Las bitácoras también confirman que el Ejército estuvo al tanto de todo lo que ocurría “minuto a minuto”. Se detalla una llamada del comandante del batallón, José Rodríguez Pérez, al ahora prófugo jefe de la Policía de Iguala, Felipe Flores, en la que le preguntaba telefónicamente por lo que ocurría en las calles. “Manifestó, con una actitud de reserva y tratando de minimizar los hechos, que su personal se encontraba establecido en los filtros que se ubican en las salidas de esta ciudad; que no tenían ningún carro detenido, y que no se habían suscitado disparos de armas de fuego”, se lee en el mensaje “urgente” 22632.

Los soldados establecieron contacto con las víctimas

Además, según todos los despachos que revela ‘Milenio’, la Policía Estatal se negó a intervenir. “A las 22:00 horas se estableció comunicación con el C. José Adame Bautista, coordinador operativo de la policía estatal en la zona norte, mencionando que personal de su corporación no asistiría a prestar apoyo a la policía municipal de esta ciudad a menos que recibiera órdenes de sus superiores”. Toda esa información que iba recibiendo el Ejército entraba por propios desplazamientos de los soldados que iban teniendo contacto visual e incluso personal con las víctimas. Algo que la Fiscalía niega o no da importancia para el desenlace de los hechos.

También hay despachos de soldados durante la madrugada que confirman que la comandancia del batallón estaba al tanto de la gravedad del suceso: Mensaje 22634. Urgente: “Permítome informar a esa Superioridad (Comandancia de la 35 Zona Militar) que se obtuvo información de que ingresaron tres personas heridas por arma de fuego al Hospital General, al parecer estudiantes de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, como a continuación se indica: A.- (Nombre tachado del estudiante) presenta una herida por proyectil de arma de fuego en el brazo derecho. B.- (Nombre tachado del estudiante) presenta una herida de proyectil de arma de fuego en una mano, habiéndosele amputado 4 o 5 dedos. C.- Una persona del sexo masculino en calidad de desconocido, quien presenta una herida de proyectil de arma de fuego en la cabeza”. Esa última persona a la que se refiere el despacho es el estudiante Aldo Gutiérrez Solano, en cuya cabecera de la cama hospitalaria se leía: Ruptura de cráneo por proyectil de arma de fuego. Hoy sigue en coma, con el 65% del cerebro sin actividad.

Más contundente aún de esa relación entre militares y los chicos agredidos son los siguientes despachos en los que además queda patente la denuncia de los estudiantes a los soldados de lo ocurrido y los culpables. Mensaje 22636 de la madrugada del 27 de septiembre, catalogado como urgente, entre una unidad de Fuerza de Reacción enviado a su comandante y éste al comandante de la 35 zona militar: “En el hospital Cristina fueron localizadas 25 personas, entre ellas una que presenta una herida en el labio superior en forma de sedal, producida por un proyectil de arma de fuego. Las personas localizadas mencionaron ser estudiantes de la normal de Ayotzinapa que habían sido agredidos con armas de fuego por policías municipales cuando se transportaban a bordo de dos autobuses; y que los dos cuerpos que se encuentran tirados (muertos) en el cruce de la calle Álvarez con Periférico Norte son sus compañeros”.

En el mensaje 22639, sellado también como urgente, se detalla el final del segundo encuentro y el tercer y último contacto de soldados con estudiantes: “A.- Los 25 estudiantes localizados en el interior del Hospital Cristina agradecieron al capitán segundo de Infantería el apoyo brindado, manifestándole que se retirarían y que ellos por sus propios medios le brindarían la atención médica a su compañero herido. “B.- Arribaron al lugar de los hechos donde fallecieron dos normalistas (a unos metros de la clínica) los siguientes periodistas (…). “C.- (A las 03:00 horas llegaron varios de los estudiantes que habían estado en el Hospital Cristina) En el lugar, el dirigente estudiantil (nombre tachado) dio una entrevista en la que mencionó que los culpables de lo sucedido fueron las autoridades, ya que no recibieron el apoyo que solicitaron”.

Es el padre del único estudiante de Iguala cuyos restos han sido reconocidos regresa a la lucha para buscar a su hijo

El padre no ha recibido aún ninguna notificación de defunción ni los restos de su vástago

‘No me los dan porque no los tienen. Está vivo’, declara Ezequiel a EL MUNDO

 

Estudiantes de varias universidades se solidarizan en México con los 43 desaparecidos Efe

Estudiantes de varias universidades se solidarizan en México con los 43 desaparecidos Efe

por Javier Brandoli

“Nadie de la Fiscalía ni del Gobierno se ha dirigido a mí ni me ha entregado los restos de mi hijo. Eso me hace tener más fe de que mi hijo sigue vivo. Me reincorporo a la lucha de nuevo”, anuncia con tono pausado a EL MUNDO Ezequiel Mora, el padre del único de los 43 estudiantes desaparecidos que los forenses dijeron reconocer entre los restos calcinados del basurero de Cocula. “Tengo la esperanza de volver a ver a mi hijo con vida”.

Han pasado ya dos meses y medio desde que los forenses anunciaran que se habían identificado los retos de Alexander Mora, un joven de 21 años huérfano de madre, y nadie le ha entregado a la familia un certificado de defunción ni los restos de su familiar para que al menos pueda ser enterrado. “No me los entregan porque no los tienen”, afirma.

De alguna manera, Alexander está en un limbo legal, y su familia sufriendo este vaivén de comunicados y desmentidos constantes. “Me enteré de la muerte de mi hijo por una ONG y por los forenses argentinos; nadie del Gobierno se ha molestado nunca en comunicarme nada”. Ezequiel no cree en nadie, no ha recibido un pésame oficial en persona de nadie, pero la realidad es que tampoco lo permitiría. “No he recibido ninguna ayuda económica ni tampoco la aceptaría. La vida de nuestros hijos no tiene precio”, dice.

La esperanza de Ezequiel de volver a ver con vida a su hijo choca sin embargo con la realidad de los informes científicos. “El informe de los forenses argentinos sobre los restos de Alexander es real. Lo que los forenses argentinos dijeron es que ellos no vieron sacar los restos del basurero de Cocula, se los encontraron ya en una mesa, y qué no saben de dónde salieron. El Gobierno nos quiere hacer creer que allí los incineraron a todos y eso es incierto”, dice a EL MUNDO Felipe de la Cruz, portavoz de las familias. “Los chicos siguen vivos, los tienen ellos”.

La investigación, cinco meses después de la desaparición de los jóvenes, sigue abierta y los restos de Alexander son de hecho hasta ahora la única prueba de un crimen anunciado al que le faltan las otras 42 pruebas del delito. No es el único grave olvido de este caso en el que las posturas son ya tan encontradas que se ha roto toda comunicación y las víctimas sólo apuestan por la vía internacional. “Aquí nadie nos va a solucionar nada. Salen informaciones que implican al Ejército, que dicen que los informes forenses no son reales, pero da igual porque son ellos (el Estado) los culpables. La única salida es pedir el amparo internacional y ya lo estamos haciendo”, explica De la Cruz. Los familiares han recurrido a la ONU y a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos. Incluso una reciente visita de parlamentarios europeos expresó serias dudas de cómo se estaba llevando el proceso y sus garantías.

El papel de los medios mexicanos

En este sentido, Ezequiel tiene también una visión parecida que salpica hasta a los medios de comunicación de México. “No volveré a hablar con medios mexicanos que vienen acá a hacer entrevistas de televisión y luego no las emiten o las manipulan. A partir de ahora sólo hablamos con medios internacionales”. La verdad es que son muchos los medios nacionales que están informando y denunciando constantemente irregularidades del caso Iguala. El periódico ‘Milenio’ sale este jueves con otra exclusiva en la que afirma que dos días después de la desaparición de los estudiantes, según datos de la Fiscalía de Guerrero que obran en su poder, se permitió a padres y organizaciones de derechos humanos entrar en el cuartel del Ejército de Iguala a buscar a sus hijos. Esta es la gran teoría de la conspiración, la de la implicación o no del Ejército en el suceso.

Por su parte, el periódico ‘Universal’ da un completo reportaje de la situación de miseria en la que han quedado los huérfanos de Ayotzinapa. Cinco hijos de los estudiantes desaparecidos que viven en condiciones muy precarias y sin ayudas. Todos, como Ezequiel, víctimas directas también de esta tragedia. Las propias familias de origen humilde, en estos cinco meses de manifestaciones constantes en diversos puntos de México y luchas legales, están sufriendo un deterioro económico fuerte. “Las ayudas y donativos de algunas personas que nos dan víveres nos están permitiendo continuar. No vamos a parar hasta que aparezcan nuestros hijos”, anuncia De la Cruz.

La Fiscalía, mientras, sigue sin responder a las peticiones de aclaración de este periódico y se limita a defender el detallado informe que presentó y calificó como “verdad histórica”. Una verdad que tenía de nuevo el miércoles contestación en las calles del DF con la novena marcha multitudinaria que no cree en su verdad ni en su historia.

“Charlie Hebdo”, crimen de estado

 

por Leandro Albani

Hace unos pocos días el mundo se enteró de una noticia que volvió a despertar el miedo, ésta vez suscitado por un atentado “terrorista” en Francia.
A esta altura, catalogar la matanza perpetrada contra los 12 periodistas del medio “Charlie Hebdo” de otra cosa que no sea “terrorismo”, implicaría minimizar los hechos.

Sin embargo, que se le adjudique tal significado sin apuntar el dedo a quienes son los más grandes sicarios del mundo, puede derivar en una imagen positiva de los mismos, que aplaque una verdadera reflexión sobre lo que debe ser considerado “terrorismo”.

Hecha la ley hecha la trampa

Según la Real Academia Española, el terrorismo es una “Actuación criminal de bandas organizadas que reiteradamente pretende crear alarma social con fines políticos.”

Para la fuente europea, el Estado, como aparato político, no tiene nada que ver con el terrorismo.

Terrorismo no serían consideradas las desapariciones que tienen lugar a diario en México, no lo son las muertes por desnutrición en los países de los cuales los poderosos extraen sus ganancias, ni la utilización de doctrinas de eliminación del enemigo interno.

El sentido común difundido sobre el terrorismo estuvo históricamente asociado a perfiles de grupos extremistas religiosos y/o políticos que pueden ir en contra de los intereses del imperialismo occidental, pero jamás se lo atribuye a las injusticias cometidas por los políticos europeos ni yankees.

Los discursos sobre el terrorismo estuvieron vinculados a Al-Qaeda, Sadam Hussain, a Ocalan, hasta el Che Guevara pero no a la OTAN, a Bush, a Thatcher, a Le Pen.

La lógica es ya bien conocida: una vez identificado el causante de la alarma, los flamantes mandatarios antiterroristas pueden emprender su cruzada. En pos de la lucha antiterrorista pueden intervenir gobiernos o pueden fomentar el más terrible odio contra cualquier pensamiento adverso a sus aspiraciones “republicanas”. De esa forma pueden invadir Irak, pueden invadir Afganistán, África, y Latinoamérica. Terrorista es cualquiera que vaya en contra de sus ideas civilizatorias.

En este momento, para el actual presidente de Francia, François Gérard Hollande, el principal enemigo es el grupo Islámico que ha terminado con la vida de “inocentes” caricaturistas. No obstante, éste no demostró la misma preocupación tras del asesinato de militantes kurdas en su propio territorio en Enero del año pasado, ni los políticos europeos demostraron la misma condolencia con la muerte de los 43 estudiantes de México a manos de narcotraficantes.

Los gestos por parte de la diplomacia francesa y europea son un indicio de que el número de víctimas no es el que determina que tan trágico puede ser el suceso, sino que lo determinante es el origen ideológico de las víctimas. Para ellos cotizan más alto los franceses, que los latinoamericanos.

El mundo tiene que saber que los terroristas son los Islámicos, a pesar que el Estado Francés es uno de los mayores propulsores de la OTAN junto a Estados Unidos, cuyos mercenarios sirven también al Estado Islámico/DAESH. ¿Para combatir el terrorismo no habría que empezar por casa?

No. Tanto el Estado Islámico (financiado principalmente por millonarios de Kuwait, Arabia Saudita, y Qatar), como Francia, Estados Unidos, Alemania, Inglaterra y los países de la UE no están dispuestos a perder la oportunidad de valerse de pretextos religiosos para asegurar su predominio militar y económico en el mundo.

Y en el medio de esta guerra por el capital quedan los pobres, los jóvenes, las facciones religiosas y políticas que confían en que otro orden económico mundial es posible. Quedan los pueblos que luchan por su autodeterminación y no por culturas importadas, basadas en el extractivismo y la explotación humana.

Vale aclarar, que a diferencia del Estado Francés, algunas de las tendencias religiosas que quieren combatir, están a la izquierda de ese Estado hoy cómplice del terrorismo.

Las imágenes de Mahoma

Por otro lado, muy poco se menciona acerca de que el semanario satírico “Charlie Hebdo” fue financiado con fondos secretos de la presidencia de la República durante gobiernos anteriores.

No llama la atención que un medio de comunicación de tal índole, gran difusor de la “Islamofobia” sea considerado baluarte de la “libre expresión” francesa. De lo que se trata no es solamente de burlar a los extremistas del EI, sino a todos los seguidores de Mahoma.

Actualmente no me considero practicante de una religión, pero no me sentiría a gusto si un grupo de dibujantes hiciera chistes sobre la imagen de Cristo. Tampoco me sentiría a gusto si el propio Estado financia esas imágenes o si el mismo está relacionado con un grupo extremista cuya lógica es inhumana.

El Estado Francés es culpable por partida doble.

Mucho menos me sentiría a gusto si el primer mandatario de mi país, quien dicen querer “integrar” a otras religiones, marcha de brazo del antisemita por excelencia de Netanyahu (Primer mandatario de Israel) o con el expresidente francés Sarkozy, implicado en los atentados terroristas en Libia.

Hollande debería pedir perdón como también debió pedirlo el presidente de México Peña Ñieto en su momento.

Tanto los Ayotzinapenses como los dibujantes fueron víctimas del terrorismo del Estado, que a fin de defender su ideología es capaz de cualquier cosa. Hoy somos 43 + 5 +12 + miles.

La excusa del extremismo le viene perfecto a Hollande para expandir más la beligerancia encubierta de pacifismo. No obstante, como demuestran las fotos “no oficiales” de la movilización en Francia, no le será tan fácil contar con el total apoyo de la población, que se concentró muy lejos de la clase política.

Ante la amenaza yihadista, será cuestión de que quienes hoy en Francia no están a favor de ser nuevas víctimas o victimarios de otro tipo de guerra interimperialista, busquen sus formas de resistencia así como lo está haciendo el pueblo mexicano.
Al ver la foto de Hollande donde aparece junto a su staff hipócrita, es imposible no compararla con aquella imagen de 1960 en que Ernesto Che Guevara marchaba junto a Fidel Castro y el pueblo cubano, tras uno de los tantos atentados por parte de Estados Unidos.

che marcha

La gran diferencia es que los revolucionarios marchan del brazo, mientras que los imperialistas solamente se unen cuando la diplomacia lo reclama.

Charlie Hebdo: calar ou ser morto?

A blasfémia é um direito e não um crime

por Francisco Teixeira da Mots
Público/ Portugal

 

democracia censura

A dimensão de que goza a liberdade de expressão numa sociedade é uma excelente forma de aferirmos da sua democraticidade pelo que a definição dos seus limites deve ter sempre em conta que a proibição ou a repressão de qualquer opinião, por mais aberrante que seja, é sempre um prejuízo para a sociedade, ao impedir a livre circulação de ideias.

Há, no entanto, expressões que podem ou devem ser reprimidas, como, por exemplo, a instigação pública à prática de crimes, na medida em que constituam um perigo sério e atual para a integridade física e psíquica dos cidadãos, mas nunca por não concordarmos com as mesmas ou porque sejam aberrantes ou sinistras. Como disse o juiz Oliver Wendell Holmes Jr., do Supremo Tribunal norte-americano, a liberdade de expressão não protege o pensamento dos que concordam connosco, mas sim o pensamento que odiamos.

Muito daquilo que se escrevia e desenhava no Charlie Hebdo – e espera-se que assim continue – era de um profundo mau gosto, por vezes, abjecto e sempre de uma enorme inconveniência, num jornalismo satírico e violento que, à partida, não respeitava nada nem ninguém, testando os limites admissíveis da liberdade de expressão numa cruel apologia de uma humanidade despida de tabus e preconceitos, de moralismos e hierarquias. É por isso mesmo perfeitamente absurdo ver, entre outros, os presidentes da Hungria e da Turquia, países onde a liberdade de expressão é uma miragem, desfilarem em Paris sob a bandeira “Je suis Charlie”.

A matança na redação no Charlie Hebdo é uma manifestação de um fanatismo político-religioso, desesperado, ao qual não podemos responder de forma cordata, mas sim com o radicalismo da palavra: reafirmando a essencialidade de podermos pensar e falar livremente. Não podemos aceitar polícias do pensamento e da palavra, sejam eles fundamentalistas religiosos ou fanáticos moralistas. Muçulmanos, judeus ou cristãos.

Responder com um pretenso “bom senso” ao ataque terrorista à liberdade de expressão em França, com afirmações do tipo “há que ter em conta a sensibilidade dos outros e evitar proferir publicamente palavras que chocam as crenças, nomeadamente religiosas”, seria abdicar da nossa responsabilidade e liberdade enquanto seres humanos e cidadãos de sociedades democráticas. Seria a vitória do terrorismo. No fundo, ceder à chantagem.

A Al-Qaeda da Penísula Arábica já reivindicou a autoria do atentado, nomeadamente a escolha do alvo e o financiamento da operação. Segundo um dirigente desta organização, “a operação foi uma grande satisfação para todos os muçulmanos” e constituiu “uma mensagem forte a todos aqueles que se atrevem a meter-se com o que é sagrado para os muçulmanos”, aproveitando para exortar os ocidentais a “pararem com os seus ataques em nome de uma falsa liberdade”.

Este criminoso fanatismo político-religioso, de uma vanguarda iluminada e autoproclamada representante de toda uma comunidade, que responde às caricaturas do Charlie Hebdo com a execução pública dos cartoonistas não pode prevalecer. Temos de continuar a poder dizer – quem o quiser fazer – e a poder ouvir – quem o quiser, também – todas as inconveniências, políticas, religiosas e culturais, sob pena de um dia não podermos dizer nenhuma, nem mesmo aquelas que já não acharmos inconveniências.

Embora a liberdade de expressão, como garantia do livre pensamento, deva incluir o direito à blasfémia, isto é, às injúrias e desrespeito às divindades e às religiões, não é essa a realidade legal em todos os Estados democráticos. Mas seja um direito ou seja um crime, a blasfémia não é seguramente justificação ou atenuante sequer para a morte dos seus autores.

O terrorismo sempre foi uma realidade extremamente minoritária e nunca conseguiu atingir grandes objectivos ou provocar grandes modificações sociais, antes se consumindo em atos que, embora de grande visibilidade e impacto emocional, são isolados e estéreis. Não podemos, pois, aceitar que o medo nos domine, nem que a Europa mergulhe em qualquer sinistra deriva securitária como aquela a que assistimos nos EUA após o 11 de Setembro, com um crescimento exponencial do Estado com graves prejuízos para os direitos individuais.

Haverá, certamente, explicações para aquilo que sucedeu em Paris, para além do indesmentível fanatismo dos seus autores. Como também as haverá para as crianças armadilhadas “explodidas” em mercados da Nigéria. Ou muitos outros atos terroristas. Certo é que não podemos nunca aceitar abdicar da nossa liberdade pela chantagem terrorista daqueles que desprezam a nossa humanidade.

P.S.– Espera-se que o humorista Dieudonné, que escreveu na sua página de Facebook após ter participado na manifestação do dia 11 de Janeiro que se sentia “Charlie Coulibaly”, seja absolvido do crime de apologia de terrorismo por que foi detido a bem da liberdade de expressão.