Para bien o para mal


Por Víctor Flores Olea

El intento de golpe de Estado en Brasil se inscribe también entre los duros golpes recibidos por un continente en renovación, luchando en distintos grados por construir y asentar medidas socializantes en favor de sus pueblos. Aparte de las peculiaridades que pueda tener cada caso, resulta evidente que vivimos un tiempo en que el capitalismo busca imponerse férreamente en todos los lugares y que lo hace recurriendo a todos los medios a su alcance, legales o ilegales. El hecho hecho práctico es que el continente corre el riesgo de caer otra vez en un tiempo de grandes contradicciones y tensiones internas, que no facilitarán para nada su desarrollo justo y equilibrado.

Refiriéndonos al subcontinente, resulta una pena grave, o una lástima grande, que después de desembarazarnos de las sangrientas dictaduras y que lo hace recurriendo a los pueblos que nos impusieron a lo largo de la última mitad del siglo pasado, en buena medida como consecuencia de la guerra fría, todavía hoy parece que se renueva nuestra condena a vivir otro trozo de historia en condiciones angustiosas, y no las más aptas para lograr por fin un desarrollo humano, político y económico digno de las necesidades y las aspiraciones de estos centenares de millones de seres humanos que exigen una vida mejor. ¿Es posible?

Desde luego que los holocaustos en el Medio Oriente son materia de todos los días. Eso no disminuye un ápice su horror, ya que la costumbre, cuando se desdobla en creencia u obligación religiosa, no encuentra límites ni excepciones. Y la mejor prueba son los recientísimos actos de terrorismo en Bruselas, que tienen a Europa bajo amenaza y que se han ido realizando sistemáticamente: recordemos el 11 de septiembre en Nueva York, Londres, Madrid, París. Ya buena parte de Europa, varias de sus principales capitales, sometidas al terror que sólo podemos ver como profundamente irracional, como una interpretación absolutamente errónea de la voz de otros profetas, pero también como el resultado de la explotación y muerte a que las grandes potencias han sometido desde hace siglos a los pueblos musulmanes. El hecho es que en el camino de la reconciliación no se ha avanzado un ápice y que las heridas por todas partes siguen ofreciendo sangre de inocentes. Porque la idea de la destrucción enemiga no es más que una pesadilla que origina otras pesadillas cada vez más sangrientas, y que confirma que la sangre y la violencia sólo llamas a más sangre y más violencia. ¿Hasta cuando?

Por lo que hace a la terrible violencia en México sus causas son seguramente menos complicadas pero igualmente difíciles de erradicar, o al menos no hemos tenido ni remotamente la capacidad de controlar. Pero evidentemente hemos fallado en su erradicación o al menos en su control. Eso sí, podemos decir con un alto grado de certeza que esa violencia está seguramente vinculada otra vez a la pobreza y a la explotación, a las profundas marcas que la miseria ha dejado en almas y cuerpos, y que mientras no vayamos saliendo de esa encrucijada adelantaremos muy poco en el control y disminución de esa violencia que parece se ha apoderado de buenas porciones del país.

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