DE LAS MÍTICAS CHUPASANGRES A LAS VAMPS LÉSBICAS: UNA RECORRIDA POR EL UNIVERSO DE LAS MUJERES FATALES MÁS ERÓTICAS DEL TERROR

VAMPIRIA

Por Roxana Sandá

El 29 de agosto de este año se cumplirán 25 años del estreno de Drácula, el musical, de Pepe Cibrián Campoy y Angel Mahler. El aniversario del chupasangre más famoso del teatro argentino y la literatura universal es excusa propicia para revisitar colmillos y cuellos de las vampiras, esas bellas atrocidades que supieron hincar el diente a niveles orgásmicos. Demoníacas y peligrosas, intrusas que desequilibran las políticas sexuales, las criaturas más eróticas y revulsivas de la galería del terror nunca le hicieron asco a nada. Atrapadas por la necesidad de calmar el hambre, sus placeres y celebraciones no vienen en envase genital, sólo acuden al reclamo urgente de sus cuerpos para gozar y perpetuar una inmortalidad sin aburrimiento.

Cadáver exquisito

No son adecuadamente bellas ni refinadas en los modos, aunque algunas denoten cierta aristocracia guarra, pero difieren del resto de las mujeres en la alevosía de sus acciones, ni más ni menos que manotazos de ahogadas por el resecamiento de las bocas abstinentes de sangre. Las vampiras, esos seres lado x de la monstruosidad masculina más célebre de la historia universal, encarnan el paradigma supremo de las femme fatales por pecadoras, demoníacas y sensuales, y sin embargo su peso específico radica en una conjugación arrebatada de poder, autonomía y creatividad (sí, creatividad; son mucho más divertidas que sus pares no-muertos a la hora de poseer a las víctimas) que la humanidad les viene expropiando con perversidad caníbal. Si a las brujas se las persiguió durante siglos para acallarlas hasta reducirlas a cenizas en los calderos populares, a las bellas más atroces se las mutilará con estacas y decapitaciones, y sus bocas serán rellenadas con flores de ajo, como para que ningún orificio siga exudando el mal. E aquí el secreto peor guardado de la civilidad, la sed insaciable como mera excusa para torturas y desmembramientos. Frente a la imposibilidad del disciplinamiento, el motivo central es la armada misógina contra esa pasión desmedida que les renueva el sueño de sus tumbas pero también desata la expresión plena de su sexualidad libre y cadavérica y, por ende, las eleva a leyenda.

ME VERAS CAER

La historiadora del arte y escritora Erika Bornay asegura que cuando el componente vampírico adopta la identidad femenina, en ella se encarnarán los miedos y temores de una cultura que percibe a la mujer como un ser empeñado en dominar, succionar y devorar al hombre. Dice la autora de Las hijas de Lilith, que esta mujer fatal, peligrosa y demoníaca en la que se conjuga Eros y Thanatos, deviene entonces vampiresa –paradigma del mal y del pecado-, forma y expresión de la misoginia y sexofobia que imperan a fines del siglo diecinueve. Antes fueron leyenda, retazos de tradición oral que indefectiblemente las relataba voraces y despiadadas, al fin esclavas de sus deseos, algo que la moral victoriana supo explotar en desmedro del deseo femenino y de cualquier atisbo de asomar la nariz en una sociedad en la que los gestos de autonomía podían ser enmascarados de histeria o enfermedades varias. La condesa húngara Erzsébet Vátory fue la única lujuriosa lésbica a la que se le perdonó por años, hasta su condena, el despilfarro de haberse cargado a unas 600 jovencitas de la aldea para torturarlas, coserles las bocas y asesinarlas con el único fin de bañarse en sangre nueva y procurar la eterna juventud.

“Creo que en La condesa sangrienta, de Valentine Penrose y traducida y releída por Alejandra Pizarnik hay una reflexión de lo que es el vampirismo que toca lo gótico desde lo literario. Es una especie de cinta de Moebius en la que la muerte tiene que ver con lo vampírico ligado a una cosa femenina de la belleza”, apunta Esther Cross, autora de La mujer que escribió Frankenstein. “Desde ahí linkeo la estética asociada a lo femenino y el vampirismo como tratamiento de belleza: Los personajes de Lucy y Mina, en el Drácula de Bram Stocker, se embellecen cuando son vampirizadas. Los baños de sangre no hablan de una juventud cualquiera en términos de fortaleza, de permanecer simplemente. Lucy y Mina se parecen en el plano vampírico porque son conscientes de lo inconsciente que las está emboscando, pero la primera es pasiva hasta convertirse en una depredadora feroz, y la segunda se manifiesta activa desde el viaje iniciático de leer al conde vampiro. De ella dirán como un halago que tiene la cabeza de un hombre y el corazón de una mujer.”

Es en esa zona de traspaso entre la vida y la muerte que a Lucy la acecha el otro peligro (¿mayor?) de su madre, un estereotipo de moral rígida que representa la salud, la sensatez y la responsabilidad, tres virtudes que en esa atmósfera tóxica complotan hasta desafiar al doctor Van Helsing deshaciéndose de las flores de ajo. La sobreprotectora entrega a su hija en una habitación de ventanales abiertos. “¡Le arruina la vida!”, ríe Cross. “Lucy será hija, muñeca, mujercita buena que se condena a sí misma antes de morir cuando grita que es impura. Una pincelada de lo ejemplar pero no como intención principal. Sí son marcas de lo gótico lo incestuoso, los lugares apartados, el desdibujamiento de límites.”

A esas mujeres, incluso a la madre de Lucy, las irán atrapando sofocones profundos anidados en sus pubis, terminarán inevitablemente enredadas entre la cordura y una locura romántica. Porque la naturaleza siempre estalla, poderosa y oscura, como un desorden reaccionario contra las ideas de la razón, y estos lastres con colmillos muy siglo diecinueve parecen el reverso de un mundo que nadie se atreve a mirar y con el que no se puede convivir. “De hecho, en casi todas las novelas góticas hay una suerte de cacería de las heroínas”, dirá la escritora María Negroni, hacedora de la trilogía negra La noche tiene mil ojos. Las mujeres son perseguidas, asesinadas, mutiladas, encerradas, humilladas, “y sin embargo el fervor persiste”. En la mansión gótica que describe Negroni, donde prevalece el nombre del padre, hay siempre oculta una mujer. “O bien un vampiro, a thing, un monstruo intoxicado de pasión que insiste en regresar del encierro/alejamiento para transgredir la frontera entre los sexos, entre vida y muerte, materia y espíritu, cuerpo y palabra. El fantasma no es otra cosa que eso. Una intrusión que trae el desequilibrio a la política sexual de lo simbólico.”

Y que se reconfirma en su ensayo “Los ´días degenerados´ de Ann Radcliffe”, incluido en La noche tiene mil ojos, cuando “los esqueletos que llenan los armarios, los cuadros animados tras un velo, las apariciones sobrenaturales, son apenas metonimias. Como la madre invertida en el personaje de Psicosis, autora del desenfreno y los crímenes del inconsciente en el motel de la “realidad”, como la mater/materia que colma los ataúdes y repone las energías del vampiro depredatorio, como las jóvenes muertas sobre las que se construían los castillos en la Hungría de la condesa Erszébet Bathory, las mujeres que saturan la sombra de estas historias encarnan siempre el papel fantasmal de la otredad que, en nuestra cultura, ha recaído siempre en el principio femenino, llámese éste finitud, naturaleza o mal”.

Imposible, se advirtió ya, domesticar o pacificar a seres díscolos y acaparadores, víctimas de los propios anhelos de seducción y conquista, mujeres que se resisten al sentido común, cuerpos afiebrados y obsesionados con otros cuerpos estremecidos que se brindan sin saberlo desde su costado más oscuro, el del deseo teñido de miedo. “Me muero, y sin embargo viviré”, se evoca en Carmilla, de Joseph Sheridan Le Fanu (1872), una de las mejores nouvelles clásicas de vampiros, según la periodista y escritora Mariana Enríquez. Muy anterior a Drácula, es la primera vampira literaria lesbiana que se debate entre sus pulsiones eróticas y amorosas. La narradora, Laura, su objeto de amor (“aprenderás el éxtasis de la crueldad, que es una forma del amor”, le murmuraba Carmilla), describe que “a veces, después de un largo período de indiferencia, mi extraña y bellísima amiga me cogía súbitamente la mano, estrechándomela con pasión. Se sonrojaba y me miraba con ojos ora lánguidos, ora de fuego. Su conducta era tan semejante a la de un enamorado, que me producía un intenso desasosiego. Deseaba evitarla, y al propio tiempo me dejaba dominar. Carmilla me cogía entre sus brazos, me miraba intensamente a los ojos, sus labios ardientes recorrían mis mejillas con mil besos y, con un susurro apenas audible, me decía: -Serás mía… debes ser mía… Tú y yo debemos ser una sola cosa, y para siempre”.

El vampiro y la vampira nacieron homoeróticos, monstruxs diversos por naturaleza no bien saltaron de la superstición popular a la literatura. “Lxs vampirxs viven su placer sensual cuando se alimentan –advierte Enríquez-. Y se alimentan de sangre caliente y para obtenerla eligen la arteria del cuello. Es la muerte y el éxtasis, la cercanía y la entrega. Se alimentan de hombres y mujeres: no hacen diferencia.”

SOY LEYENDA VAMP

La galería de criaturas monstruosas y sensuales siempre fue vasta y ajena a las represiones, licencia que el cine aprovecha a destajo, sobre todo cuando el terror asegura la experiencia casi orgásmica del escalofrío. Los cuerpos shockeados por los temblores, las pieles erizadas y el corazón en la boca sólo pueden remitir al instante primario de la cópula bien entendida. (Salvo la saga Crepúsculo, un pastiche vampírico de monstruxs adolescentes que hacen de la abstinencia un flojo pacto de sobrevida). “Pero la más prolífica raza de vampiros fue lésbica y se multiplicó hasta ser como la segunda representación más popular del erotismo y del sexo entre mujeres en la cultura cinematográfica del siglo veinte, después del porno heterosexual, con el que comparte bastante”, escribe Diego Trerotola en su nota “Monstruosas criaturas perfumadas”, del suplemento Soy. “Porque las vampiras lésbicas, a veces, parecen moldeadas por la mirada masculina, pero su presencia perturbadora no pareciera tener la misma domesticación para la mirada machista. La hija de Drácula (1936) de Lambert Hillyer, pionera con Gloria Holden en su rol de Condesa Zaleska, vamp bisexual, que igual, reduccionismo mediante, se transformó en un ícono del lesbianismo en la pantalla.”

Enríquez enumera con pasión lxs fenómenxs reinventados en personajes y títulos inequívocos, para abandonarse sin remilgos a la succión. “El príncipe Lestat (Entrevista con el vampiro, 1976) es una manera de reconocer la total vigencia del vampiro en una versión homoerótica del conde Drácula y de su creadora, la reina Anne Rice. En Only lovers left alive (2013), Jim Jarmusch recreó su propia historia de amor y rock con una pareja de amantes vampiros en Detroit; el sueco John Ajvide Lindqvist le dio un sacudón al género con Déjame entrar (2004), una novela de vampiros niños andróginos que habla de pedofilia, bullying y amores preadolescentes queer. El año pasado, la directora iraní-estadounidense Ana-Lily Amirpour introdujo a la primera vampira feminista en A girl walks home alone at night, con una chica en su burka negra que no perdona a maltratadores de mujeres.”

La propia Carmilla (Mircalla Karnstein, su nombre original, descendiente de una familia austríaca maldita) protagoniza tres películas de vampiras lesbianas. Dos pertenecen a la llamada “Trilogía Karnstein” de la productora Hammer Films, un par de tanques del gore porno chic. En The vampire lovers (1970) fue interpretada por la actriz polaca Ingrid Pitt, que durante las noches adoptaba la forma de gato para visitar a sus jóvenes amantes y morderlas en el pecho. En Twins of evil (1971) Carmilla aparece para convertir a su descendiente en vampiro. La tercera película es La cripta e l´incubo (1964), gótico italiano con los Karnstein protagonistas y Laura, la hija, poseída por el espíritu de Carmilla. Otra pionera del género es Domingo negro (1960), de Mario Bava, con Barbara Steele en clave de vamp esquizo, debatiéndose entre los ataques sanguinolentos y la represión que le impone un crucifijo que lleva en el pecho.

Vaya un tributo al dios mutante David Bowie, “un genio con tiempo para ser amable”, como lo definió la actriz Jennifer Connelly, su compañera en la película Laberinto, y a El ansia, de Tony Scott. Una de las mejores películas de vampiros posmodernos jamás filmada, con las actuaciones del mesías pop, Catherine Deneuve y Susan Sarandon. Para alguna crítica, Scott explotó hasta el empalago la escena lésbica que jugaron Deneuve-Sarandon. Más sesuda, la activista, escritora y académica feminista estadounidense Elaine Showalter, tradujo que El ansia “arroja vampirismo en términos bisexuales, basándose en la tradición de la vampiresa lesbiana, contemporánea y elegante, que también es inquietante en su sugerencia de que los hombres y las mujeres en la década de 1980 tienen los mismos deseos, los mismos apetitos y las mismas necesidades de poder, dinero y sexo”.

EL MIEDO PRIMARIO

¿Desde cuándo vampiras, lamias, estriges, empusas y demás monstruosidades de dientes como agujas son encorsetadas en las categorías queer? ¿Qué magnetismos y repulsiones obran en sus conductas para sumergir en un desorden bíblico a una sociedad que sigue definiéndose por parámetros de normalidad arbitrarios y cero empáticos? Es acaso el rechazo hacia lo que se retrata como diferente, la fuerza terrorista que viene a alterar fronteras. “El teórico Jack Halberstam en su libro Skin shows: gothic horror and the technology of monsters, caracteriza al monstruo como una categoría que pone en crisis el orden de la belleza, la normalidad, la humanidad y la identidad”, explica Fermín Acosta, investigador del equipo Micropolíticas de la desobediencia sexual en el arte, de la Universidad de La Plata. “Lo que l*s vampir*s trafican, de una forma sumamente erótica que deja satisfechos por igual a la muerte y al placer.”

Según la teórica feminista cinematográfica Barbara Creed, la figura de lo monstruoso que envuelve el mito de la vampira es, de alguna manera, la del monstruo menstrual, una corporeización de la otredad que articula el mito de la sangre como rito de pasaje: el universo de la primera menstruación, la iniciación sexual y la muchacha virginal, el peligro de la penetración. “Todo remite a un miedo primario trazado alrededor del lugar que ocupa la sangre entre los temores diseminados por la cultura heterocispatriarcal”, agrega Lucas Morgan Disalvo, docente y realizador audiovisual que también integra el equipo de Micropolíticas. “Además, el vampirismo de las mujeres articula un doble temor perverso de lo abyecto que emerge: por un lado, el ya mencionado universo de la sangre y por otro, la persuasión sexual de una mujer sobre otra a ingresar al mundo subterráneo del lesbianismo.”

Vampiros o vampiras, es ese estado liminar entre lo vivo y lo muerto, el poder de cambiar de forma a deseo y voluntad compartiendo muerte, inmortalidad y amor eterno con la sola condición de rasgar la carne, apenas cárcel del alma. Si Winona Ryder y Gary Oldman son efectivos y voluptuosos en el Drácula de Francis Ford Coppola es porque lograron entender como pocos la alteración de las fronteras en cada beso de sangre. Fueron, sin saberlo, los mejores traficantes de erotismo sobrenatural de los noventa. Una década impiadosa para los rituales íntimos y colectivos, sin espejos donde mirarse: condición elemental de la democracia vampírica, esa posibilidad inagotable de circular a través de otros y otras.

MATRIMONIO DE TERROR Charles Laughton y Elsa Lanchester

Mañana se estrena Ni con perros ni con chicos… el musical que revive las relación torcida, amorosa y cómplice del matrimonio formado por . El autor Fernando Albinarrate cuenta qué les vio y qué se puede ver

 

Elsa Lanchester

Elsa Lanchester and husband Charles Laughton on the French Riviera in 1938

Elsa Lanchester and husband Charles Laughton on the French Riviera in 1938

 

Por Diego Trerotola


Muchas historias de amor del Hollywood clásico fueron decoradas por las sombras del glamour torcido, porque el brillo del glamour oficial se limitaba a lo que permitía el código de censura de esa época, entre los años 30 a los 50. En ese contexto represivo, el romance más torcido que hizo enroscar al glamour oficial fue el que vivió la dupla inglesa de Elsa Lanchester y Charles Laughton, intérpretes educados en Europa que vivieron su amor queer a fuego lento durante 33 años, mientras filmaron algunas películas de las más originales de la historia del cine. Si bien la bisexualidad de Laughton era bastante conspicua, tanto como la complicidad de su esposa, en la cultura lgtbiq que recuperó personalidades que desafiaron los estándares sexuales, el reconocimiento de la rareza de este actor fue, hasta el día de hoy, casi nulo. ¿Por qué la diversidad sexual no reivindica a Laughton? Cary Grant o distintos actores que vivieron en el closet tuvieron sus tributos, Laughton no. Tal vez tiene que ver con los cánones de belleza que.su cuerpo y gordura transgreden. Tal vez por su bisexualidad, que la parte más reaccionaria de la cultura gay-lésbica considera como una indecisión. O simplemente por ser a su modo, grotesco y monstruoso, por ser demasiado libertino. Una hipótesis para entender la única actuación que cita Vito Russo, en su libro pionero del Hollywood en el clóset: el Nerón afeminado que Laughton interpretó en la película La señal de la cruz de Cecil B. DeMille. ¿Se habrá interpretado ese villano queer como un arquetipo negativo? Russo apenas incluye una foto de Laughton en su papel, y no agrega nada más, el texto ni se preocupa por pensar ese personaje y su caracterización. Es probable que un poco de todo esto pese en el rechazo que la cultura lgtbiq más oficial tiene por el actor. Sin embargo, lo más injusto es que como actor fuera de serie, único en su especie, bastante alejado de los arquetipos estéticos varoniles, por su mutante habilidad para manejar la ambigüedad, debería ser considerado un personaje queer.

LA SEÑORA MOSTRA

El hecho es que esa injusta subvaloración no sucedió con su esposa Elsa Lanchester, que se transformó en ícono gay, fue incluso una heroína queer, especialmente por haber encarnado a una figura que se precipitó a lo largo de todo el siglo XX: la novia de Frankenstein en la película de 1933 del cineasta gay James Whale. “Vestida en todo su esplendor, mitad Nefertiti, mitad fantasma, con una larga y blanca túnica nupcial -o mortaja o mantillas de recién nacida-, los brazos aún vendados (por la enfermera del estudio), el rostro con la expresión mohína y graciosa de Elsa Lanchester, los ojos bien abiertos y sin pestañar, las mejillas cruzadas con cicatrices, el cabello inolvidablemente peinado con mechones semejantes a relámpagos blancos, a mitad de camino de una zombi y una futura punk, excéntricamente sexy”, escribe Alberto Manguel en su ensayo dedicado a La novia de Frankenstein, libro que bastaría para conocer la altura queer de la actriz. Claro que Lanchester fue más grande que ese personaje, pero pocos personajes fueron más grandes que ése, teniendo en cuenta que solo aparece cinco minutos en la película. Difícil encontrar una actuación tan pregnante, demencial, sexual y camp en el tiempo que dura un relámpago, una canción punk. Con la cabellera electrocutada, Lanchester fue pura energía queer. En el estreno de la película, según cita Manguel, Laughton le dijo al director Whale: “Elsa tiene unas hermosas orejas en forma de concha, ¿no te parece?”. Así de extraño, monstruoso, era el amor que los unía.

Annex - Lanchester, Elsa (Bride of Frankenstein, The)_01

CON MUSICA DE FONDO

“Laughton es uno de mis actores preferidos, un poco por herencia, porque para papá era su actor preferido. Por eso de chico vi muchas películas de Charles Laughton, algunas incluso me asustaron, cuando vi El Jorobado de Notre Dame me pegué un julepe terrible, era muy impresionante”, dice Fernando Albinarrate, que le dedicó al actor inglés el musical Ni con perros, ni con chicos…, que se estrena mañana en el Teatro Nacional Cervantes.

CHARLES LAUGHTON Quasimodo

 

A Lanchester& Laughton una de los rasgos que también los unía era ese shock, ese temblor que produce verlos actuar: ambos interpretaron papeles en películas de terror. Hoy Albinarrate añora ese electroshock que significaba Laughton. “Por esa cosa nostálgica nació la idea de escribir algo sobre él. Primero como una curiosidad, primero era Laughton solo y no era un musical, estaba haciendo una fantasía alrededor de él pero la obra no cuajaba. Hasta que la puse a Elsa por ayuda de mi mujer, Anahí, que siempre trabaja muy cerca mío. Y cuando apareció Elsa surgió la historia sola: ella es la que cuenta, es el personaje al que le pasan las cosas.

Laughton fue un actor fuera de serie, que decía ‘Los actores del método te muestran una fotografía, yo prefiero pintar al óleo.’ Era un tipo muy especial, construía sus personajes como si fueran una obra de arte.Todo eso es muy interesante, pero lo más interesante pasó en una relación de 33 años con una mujer que lo sostuvo, que casi te diría que lo amadrinó”.

Albinarrate encontró la voz narrativa en la lengua de Lanchester, especialmente luego de leer su autobiografía, que prácticamente está dedicada a hablar de Laughton, como un último acto de amor a su marido, que falleció en 1962, casi un cuarto de siglo antes que ella.

“Elsa habla de las relaciones homosexuales de su marido a calzón quitado en su autobiografía. Incluso habla en una biografía anterior, la primera de Laughton, que escribió junto a Charles Higham, ella habla de esto que los dos habían dejado no en secreto, pero sí en privado. Hollywood conocía la historia, los cercanos a Charles y a Elsa la conocían, es más, con dos o tres de los amores reales de Charles, ella tenía diálogo y compartía la mesa”, resume Albinarrate, que en su obra Ni con perros, ni con chicos… cuenta la sexualidad gay de Laughton: de hecho, el primer beso de la obra es entre dos hombres, como punto de partida romántico de un musical que tiene a un matrimonio queer como protagonista, que se aparta de la heteronorma, a pesar de estar constituido por un hombre y una mujer.

MUCHACHA PAN

“Elsa era muy especial, era capaz de decir que Isadora Duncan era una bolsa de huesos, que no enseñaba nada. Tenía una libertad moderna, era hija de un matrimonio de comunistas y sindicalistas que nunca se casaron. La mandaron a estudiar a Francia con Isadora Duncan cuando era adolescente. Y ella fundó con cuatro amigos un lugar que se llamaba The Cave of Harmony, que era una especie de café-concert, como si hubieran armado un galpón en la era de Carlitos Perciavalle y Gasalla cuando eran jóvenes, era en los años 20, eran londinenses, eran victorianos. Ella no cantaba nada bien, pero no le importaba”

Lanchester tal vez sea una de las muchachas punk de la historia, alguien que hacía de su defecto un estilo: su voz insuficiente, limitada, igual la hizo sentir, como cuando la novia de Frankenstein emite su sonido característico, un rugido tétrico inspirado en el graznido de los cisnes, como un bestial llamado de apareamiento. El personaje de la novia de Frankenstein aparece en un cuadro de este musical cuando bailando al lado del personaje del jorobado, podrían tranquilamente confundirse con una coreografía de The Rocky Horror Picture Show. Porque

Albinarrate, en complicidad perfecta con la dirección de Javier Daulte, hicieron de la puesta en escena un espacio que puede ir de la elegancia del music hall de los 30 a la estrafalaria estridencia de la opera rock, aunque algún cuadro o alguna canción también pueda remitir alguna película del Disney clásico. Porque ese teatro que se desnudaba en la vida y obra de la pareja de actriz y actor, era la escenificación del desprejuicio genérico, como bien explica Albinarrate: “Ella era una gran compañera de él y lo sostenía mucho pero él tambié, él la ayudaba mucho en sus unipersonales. Elsa era una especie de Niní Marshall se paraba en un escenario y se ponía a cantar canciones, hacía miles de personajes distintos, muy cómicos y él la dirigió muchas veces. Y tenían esta cosa muy interesante los dos de un tránsito por el teatro muy abierto. Hay una canción en la obra que se llama Todo es teatro, que para mí es la filosofía de Laughton. El trabajó con Abbott y Costello, en una película que se llamó Abbott y Costello contra el Capitán Kidd, fue criticadísimo y él estaba chocho, se divertía horrores con Costello, él la disfrutaba. Cuatro años después de Capitán Kidd se fue a hacer Rey Lear a Londres y Sueño de una noche de verano. Y Elsa también pasaba de hacer Shakespeare y Peter Pan a hacer unipersonales graciosos y un montón de payasadas en programas cómicos de televisión. Tenía un tránsito por la vida actora, teatral y cinematográfica muy libre. “Una de las más románticas canciones de amor de este musical está dedicada a la versión crossdressing de Peter Pan que interpretó Lanchester, puro amor al desarreglo genérico en el País de nunca jamás.

NENA NERON Y OTRAS CRIATURAS

Ser un mutante, adaptarse a cualquier género, pero siempre seguir siendo monstruo. Tal vez esa sea la seducción del dúo, del matrimonio monstruo. “Laughton decía que tenía cara de culo de elefante. Y él aprovecha muchas cosas de su fealdad y su aspecto físico, pero también es capaz de cambiar, de achicarse y de agrandarse. Es sorprendente cuando lo ves en Enrique VIII, con la que gana el Oscar, que era una imagen de una potencia, grande, pero no está tan gordo porque era joven, pero es una figura de una virilidad llamativa. Y un año antes hace Nerón, que es una nena, gordita. Cecil B. DeMille estaba asustando, porque Laughton hace una actuación muy kitsch, es un Nerón de una lascivia, de una puerilidad, es impresionante, pero de una mariconería imposible para los años 30. Era un tipo que tenía una ductilidad muy grande de cómo usar su cuerpo. En eso era monstruoso.”

Nero

charles-laughton-2 nero

El acierto primero de la obra es saber que ese monstruo era Omar Calicchio, que está a la altura y dimensión de Laughton, por haber trajinado décadas de teatro infantil tanto como de pubs gays (con algunos de los momentos más memorables del under marica de los 90) pero también ser un actor frecuente en los musicales más comerciales de calle Corrientes. Calicchio tiene el swing de la improvisación, el timing del music hall, el camp del transformista, el dominio escénico del profesional aguerrido y la gracia ingenua del amateur. Es criatura teatral anfibio. Y acá exhibe bastante su cuerpo para placer de la platea anfibia, y la rompe de pe a pa en Ni con perros, ni con chicos… Y no es el único. Y ese es el gran mérito general, porque una obra musical sobre actores y actrices tiene su riesgo, hacer metateatro siempre implica estar un paso adelantado, actuar exhibiendo la actuación. Pero el resto del cast está conceptual y artísticamente en un equilibrio notable: Laura Oliva pasa sin esfuerzo de un realismo sentimental de melodrama glam a la fantasía cómica o freak, Dennis Smith interpreta varios personajes que maneja con una soltura que tiene valor de la revelación, y Julieta Nair Calvo se planta en una ingenuidad necesaria en su afectación como para brillar en su lateralidad.

“Ni con perros, ni con chicos…, el título, tiene una ambigüedad, y en la obra por ahí lo ves. Pero sale de una célebre frase teatral que dice que nunca actúes con perros ni con chicos, porque te van a quitar todo protagonismo: vos podés estar haciendo un gran esfuerzo, podés estar haciendo tu gran interpretación pero estás al lado de las trenzas de una nena o de un gatito y te sacan la atención. Y Hitchcock había dicho ‘no actúes ni con perros, ni con chicos, ni con Charles Laughton’, porque también te podía sacar del foco de atención. Decían que si lo veías incluso sentado haciendo nada, igual te sacaba de la escena que estaba pasando alrededor. Ese era un poco el chiste que Hitch hacía.” La historia de la cultura lgtbiq se olvidó de prestar atención a la historia de Charles Laughton y Elsa Lanchester, una obra como esta, por fortuna, vuelve al teatro un acto de justicia. In Página 12/ Argentina

 

DE FRENTE HETERO, DE PERFIL FLEXIBLE

soy hetero homo
La heteroflexibilidad, figura que cubre con el manto de la normalidad a quienes desean llevar una vida social hétero y una secreta sexualidad homosexual, ¿es una nueva forma del closet? ¿Es una avivada? ¿Una reacción frente al avance de las políticas identitarias? ¿O es una demostración de la libertad de que gozan los más jóvenes? Las crónicas de un asiduo chateador, de una observadora participante del mundo trava y de una militante bisexual revelan no sólo intimidades, sino matices y contradicciones.

Imagen: Sebastian Freire

Imagen: Sebastian Freire

Por CSG (Cronista Super Gay)


Aclaro: no me considero periodista ni escritor, ni analista de las relaciones socioafectivas y menos un teórico queer. Pero seguro que escribo por día mucho más que todos ellos. Soy un chateador. Mi experticia en el aire (quiero poner “yire”, pero la computadora corrige y pone “aire”, ¡quien sea Lacan que diga algo!) me ha llevado a mantener charlas con muchos hombres hétero (acá corrige otra vez y pone “tetero”…) que entiendo encajan en lo que se viene llamando hace unos años heteroflexibles (hétero curioso, bicurioso, macho ciento por ciento es más frecuente en los perfiles de chats gays). Intríngulis personal: ¿me ha resultado lo mismo, en términos de morbo, en términos sexuales, en términos sentimentales las pocas veces que hubo de eso, que un encuentro con otro gay como yo? Definitivamente no. Saquen sus conclusiones. Yo aún no las tengo.

CSG: ¿Nunca te enamoraste de un hombre?

Cazador 74: Imposible. A mí me gusta tener sexo cada tanto, tampoco todos los días. Y no me veo yendo al cine o a comer con un tipo, ¡jua! O ir al club, no da.

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CSG: ¡Ay! Qué bonito. Voy a llamar al Inadi.

Cazador 74: Pará, boludo, no es por prejuicio, es que no da. Yo respeto al que le gusta eso. Si en la cama estamos bien. No te me enojes, papi. O sí, enojate, me encanta cuando te ponés malo.

Con el chat que sigue, expresión del súmmum de la coherencia y la contradicción que el concepto de heteroflexibilidad lleva adentro, daría por terminada la nota. Con tantas palabras hemos llenado los casilleros que de pronto se produce una saturación de sentidos, y mejor callar. No para siempre, digo, un poco. Una libertad de supermarket impone palabras que calman o venden un rato (¿se acuerdan de los metrosexuales?). Argentina (no sé si por pionera o por agrandada) fue la primera en admitir en Facebook unas 54 identidades sexuales para definirse, los y las heteroflexibles figuran entre las opciones.

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CSG: ¿Heteroflexible, dijiste? Ya existe la palabra bisexual. ¿Conocés? ¿Por qué inventar otra?

Bebote: Naaah. Nada que ver. Bisexual no es lo mismo. Esos son todos putos tapados. Yo soy hétero, ya lo puse en el perfil, no sé si leíste, me gustan las mujeres.

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CSG: Sí, pero te acostás con hombres, y encima con hombres putos, no sé si leíste mi perfil.

Bebote: ¿Y?

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CSG: Y doy fe de que te gusta… te gustarán las mujeres, no lo dudo, pero los hombres también.

Bebote: Sí, pero hay una diferencia con los bi, mi mujer no lo sabe.

Si alguien se define como heteroflexible por fuera del ámbito de la situación de cacería y por fuera de un nick, por ejemplo en los medios o en un asado con familia y amigos, en general y que yo sepa, es porque se pasó de tinto o porque es Brad Pitt y ya no puede hacer mucho para detener unas fotos inequívocas que están circulando. El curioso es una especie de turista/visitante/jugador que redefine la entidad del otro chateador abiertamente puto como paisaje/loca local/suplente.

Si hay algo que define a la heteroflexibilidad es su condición clandestina, luego, cierto orgullo heteroflexible, o carnet (de que no te tires a la) pileta enunciado como “no doy besos, no me enamoro”, etc. Y en tercer lugar, un cumplimiento casi marcial con las dos partes del término. Porque no son hétero, son superhétero: casados con muchos hijos, o están por casarse la semana que viene, o tienen tres novias mínimo. Sin ánimos de hacer estadística ni de ser indiscreto, la mayoría de mis contactos desmiente lo que dicen las revistas por ahí de que estos maridos conservan su rol activo… Los que me han tocado a mí, o los que me he buscado yo, en su gran mayoría, prefieren el rol pasivo, me hablan en femenino, muchas veces tienen su propio kit de feminización, que incluye lencería, como si un hartazgo de hacer el macho pudiera liberarse así, en un turno. La palabra recreo, diversión, descanso y la promesa de soy tu putita es lo que más rankea en los mensajes donde se justifica/planifica el encuentro.

¡Salvedad! ¿Salvados?

Hace pco tiempo encontré un muy lindo y muy jóven amigo muy bien dispuesto a explicarme que la palabra heteroflexible en su perfil significaba ni más ni menos que de ningún modo de le ocurriría acostarse conmigo. Salvo que alguna vez a una amiga mía se le opcurriera acostarse con el. ¡Zaz! me dije, un trío. En mi época se llamaba fiesta. Invité a mi amigo flexible a una fiesta sadomaso donde le presenté a mi mejor amiga y desde entonces él se ha vuelto nuestra mascota. Juega conmigo, se acuesta con ella, recibe órdenes sin poner límites, se entrega. ¿Resulta que el número tres es la flexibilidad? Aquí entonces habrá que preguntarse por qué anteponer el “hétero” a una palabra que parece contradecirla. Mi joven amigo me mira como si hablara en chino. Para él, y acá debe tener un peso el dato de que tiene 30 años, la heterosexualidad y la flexibilidad van y deben ir juntas. No habla de bi ni de homo, como si el sufrimiento, la existencia y la lucha de tantas generaciones de desviados hubieran servido para mejorar la calidad de vida a esta zona donde se ubica nuestro amigo querido, con quien vamos al cine, cenamos y muchas veces cogemos, esa zona de un modo de amor donde se puede pero ya no se quiere decir su nombre.

¿La homofobia que se dobla pero no se rompe?

Acordemos en lo siguiente: si lo heteroflexible es un closet, no es el mismo que conocimos todos. En una época muy lejana, que contribuyeron a dejar atrás no sólo el tiempo perdido, sino los logros de la militancia ajena y el dinero que quedó en manos de tres analistas, sólo me enamoraba (y perdidamente) de amigos, compañeros de trabajo, vecinos, chongos estrepitosamente machos, casados con hijos. El esposo de mi hermana fue durante décadas mi dolor más grande. Antes se usaba así, sufrir para apaciguar los calores del infierno y de los otros. Hoy se le llama a ese destino una putez old fashion. La vida gay, como su palabra la indica, es alegre. Hoy hay bocha de gays sueltos para elegir, de oso a andrógino, de decrépitos a imberbes. Estábamos todos bien, hasta que de pronto cayeron los hétero y coparon el chat. Todo chateador, casi todo gay o sea, coincidirá conmigo en que los perfiles de bicuriosos, los friendly, los 100 por ciento machos, van en aumento y amenazan con copar la pista. Esta aparición con fotos de miembros más que apetecibles, promesas que se cumplen y una entrega que en años mozos me habría simplificado la vida, me ha hecho retroceder algunas veces sobre el tiempo ganado. Un fantasma recorre esa parte del chat. Si encontrar machos es tan fácil, para qué romper con todos los beneficios que aún sigue dando la vida hétero… que los putos sean los otros. Un tufillo a homofobia recorre el grupo de Facebook “Grupo de paja hétero”, que propone masturbarse entre hombres heterosexuales. Hay un “entre nos” de camaradería, en algunos discursos, que pretende negar toda la historia. Somos dos hombres haciendo cosas de hombres.

Ahora, más allá de esto, ¿estoy yo en condiciones de afirmar que estos señores son putos tapados? ¿No serán héteros tapados? Históricamente la homosexualidad ha sido definida por lo que se nota, por lo que se escapa, la pluma. Y la heterosexualidad no ha sido definida, ha sido descontada por todo lo que no se ve. ¿Qué es lo que no se ve? ¿Sería la flexibilidad?

A la caza del heteroflexible

Pero antes de señalar al impostor, o pedir que el hombre que tiene sexo con hombres se defina, prestaría atención a toda la batería de control que ha desatado el descubrimiento. Es como si la historia volviera a repetirse, ahora los perseguidos son las identidades, que, dando el camino contrario que señala Foucault, se han vuelto comportamientos sexuales situacionales. ¿Es una reacción contra la presencia abrumadora de la política identitaria que regresa a la homosexualidad de donde salió el siglo pasado, o es otra expresión de homofobia que va directo contra una de las identidades más perturbadoras de la sigla, la bisexualidad? Hoy en numerosas páginas online aparecen psicólogos, médicos y sociólogos apuntando con todo a detectar a esta nueva figura, y echándole sobre él, todos y exactamente los clisés que antes iban para nosotrxs.

A su vez, vale la asociación, este concepto o al menos un término afín surgió también de la pluma médica, los hombres que tienen sexo con hombres (HSH), es una categoría que acoge a los maridos que podrían contagiar a sus señoras luego de acostarse con otros maridos o con algún gay . Este tecnicismo con fines propedéuticos surgió en 1990 como parte de una campaña de concientización contra el sida. Tal vez el heteroflexible termine siendo la ultima resistencia de la diferencia en casa. Miren, por lo pronto, pobre, lo que le toca:

“Las siguientes son unas señales que ,si bien no son definitivas para asegurar que su pareja es heteroflexible, pueden marcar la pauta del beneficio de la duda:

  1. Cuando el círculo de amigos de los hombres es, en su mayoría, de su mismo sexo y menores a él.

    2. Hombres que participan en reuniones frecuentes con amigos, en los que no existe presencia femenina y hay licor.

    3 . Darse cuenta de que las prendas de vestir y cosméticos femeninos no permanecen intactos en el lugar en que ella los dejó.

    4. Cuando ellos prefieren el sexo anal más que el vaginal.

    5. En el caso de las mujeres, cuando ellas disfrutan y piden más el sexo oral que la penetración

    6. Cuando tienen una pareja del sexo opuesto pero no son nada expresivos, y se escudan en que detestan las cursilerías. Por nada del mundo la tomarían a ella de la mano por la calle” (Así son los heteroflexibles, en vanguardia.com)

El curioseo. Más palabras para lo que no quiere decir su nombre

Por Laura A. Arnés

Imagen: Sebastián Freire

Imagen: Sebastián Freire

La diversidad del siglo XXI nos abraza: sabemos que la materialidad del género y el sexo se construye performativamente, que el deseo es fluido y que las identidades se multiplican en un sinfín de variables. Y una de estas derivas la provee la heteroflexibilidad. Se me paran un poquito los pelos: ¿Estoy siendo conservadora o la matriz opresiva sonríe, perturbadora, en el desvío?

También definida como bicuriosidad, esta etiqueta hace visible el permiso: avisa que el dedo lesbiano puede robar un orgasmo en una noche para el recuerdo y que el trío es bienvenido siempre que no exija más vínculo emocional que la alegría del vino compartido. Quizá la heteroflexibilidad sea revulsiva pero, quizá, sea una torsión del sistema para salvar el privilegio heterosexual y la pareja procreadora. Dudo.

“Las heteroflexibles no queremos ser etiquetadas como bisexuales porque no deseamos a ambos sexos por igual ni tampoco nos enamoramos de quienes son sólo parejas de cama”, me explican (mientras me pregunto, confusa, de dónde habrán sacado que las bisexuales sí). Tengo ganas de contestarles que para flexibilidad voy a clases de yoga, y que las escalas sexuales de Kinsey ya están démodé, pero me contengo y me sigo informando. Leo en una nota de un periódico masivo que la mayoría de las jóvenes que así se identifican pertenecen a clases medias y acomodadas. La posibilidad de un progresismo conservador me pone en guardia (ya aprendí que la feminización hipster de ciertos varones no desprivatizó sus culos y que la visibilidad hartante de la banderita multicolor es estrategia de venta). Sospecho, además, que la connotación positiva del término tiene que ver con las hoy celebradas “actitudes desprejuiciadas”. Total, un touch and go no pone en riesgo ningún fundamento, gordi, ¿o sí? (admitamos que de algunas encamadas comenzaron guerras).

Evidentemente, todas las identidades que manifiestan tránsitos entre la homosexualidad y la heterosexualidad, entre lo femenino y lo masculino, siguen generando desconfianza y malestar. Sin ir más lejos, en las redes sociales anduvieron circulando dos lesbianas “feministas”, con flequillo a la Bieber, manifestándose a favor del veganismo en estos términos: “Si pudimos dejar la carne, cómo no vamos a poder dejar a las hétero curiosas y a las bisexuales”. Es claro el régimen económico que todavía rige la sexualidad: hay cuerpos que continúan evocando lógicas de matadero. La curiosidad mató al gato, redobla el refrán. Y, entonces, me decido. Imposible no reivindicar el derecho al curioseo y a la degustación, a la variedad y al capricho del placer.

Es cierto que, como militante bisexual, no puedo evitar notar que hay una tendencia histórica a borrar el término (“prefiero no nombrarme, soy libre, no me gustan las etiquetas”) o a reemplazarlo por otros (flexisexualidad, bicuriosidad, polisexualidad, etc.) que, al final de cuentas, dicen más o menos lo mismo (me niego a creer que los modos del placer se miden en porcentajes). Pero quién soy yo para decir qué palabra es más adecuada. De hecho, las etiquetas están para ser usadas a nuestro antojo, y lo cierto es que toda identidad puede ser cómplice del heterosexismo, del capitalismo y de la familia burguesa (el ruido que hizo el activismo lesbiano al caer, después de la ley de matrimonio igualitario, debería ser un aviso). Entonces, hagámosla sencilla: brindemos por la flexibilidad y esta noche cojamos todas haciendo el puente. In Página 12

Destravalenguas. Si una trava le dice a otra sobre un cliente “es un heteroflexible”, ¿qué está diciendo?

Por Marlene Wayar

Imagen: Sebastián Freire

Imagen: Sebastián Freire

Partamos del consenso de que con “hétero” estamos haciendo referencia a una persona que se siente atraída en lo sexogenital por otras personas con sexogenitalidad diferente a la propia. Y esto sólo podemos entenderlo en un mundo idealizado de personas con dos únicas expresiones genitales de penes y vaginas.

Superemos el escollo y hagamos de cuenta que esto es así… Luego consensuemos que vamos a tratar el tema desde una posición estrictamente travesti. Permítaseme también disfrazarme de positivista, de una Comte con minifalda y tacos. Pues si bien rechazamos las categorías quienes hemos sido catalogadas desde cualquier nazismo, a diario lo hacemos para organizar nuestro mundo y poder comunicarnos con mayor claridad. Si una trava le dice a otra sobre un cliente “es un heteroflexible”, ¿qué está diciendo?

En principio, que como cliente será complicado: no es el puto tapado que escoge una trava para que cumpla el rol de un hombre activo y por lo tanto intentará que la trava no tenga senos ni intervenciones de otro tipo. En su fantasía está con un portuario, camionero u otro estereotipo macho.

1 Recuerdo siempre a un garrón de la Nadia Echazú, destacado por su belleza extraordinaria pero sobre todo por su trasero apoteótico y virgen a propósito del cual ella siempre le decía: cuando estés dispuesto a entregarlo vas a ser un viejo y nadie lo va a querer. El momento llegó. Nadia ya no salía con él y él había dejado de ser garrón para convertirse en cliente muy consciente. Salimos y por suerte conservaba aquella vieja gloria. Me sorprendió la fluidez con que llevó todo hacia su orificio anal que estaba… ¿cómo decirlo?… bastante baqueteado. Sentí mucha pena, no sé por qué, y le pregunté abiertamente: “Decime que fue Nadia… ”. No me había reconocido, pero al escuchar esto, en sus cuatro patas giró la cabeza para verme a sus espaldas: “No, jamás, ni ella. No, ella nunca me lo hizo, tampoco nunca conocí su pija”. Pobrecito, pensé. Se perdió algo que al igual que su orto juvenil era apoteótico.

Traigo esto para marcar que en general esto es un proceso, a veces y sólo a veces es una intuición que se trae de cuna, una suerte de precocidad para comprender que el sexo es un ejercicio mental y que lo demás va y viene.

Un tipo puede salir con travas por ser la mejor oferta en el mercado de la prostitución urbana o conurbana y fantasear que está con la mina de sus sueños. En otra situación, pongamos por tal una desolación rural, puede hacer lo mismo con una oveja. Para él lo importante es él y tener otra N cosa que le sea vehículo para su placer y su despliegue amatorio, se mira u observa sólo a sí mismo. La mayoría de los seres humanos necesitamos que esa otredad esté con nosotras afirmándonos, así nacerá la curiosidad por aquello que no se muestra y en principio habrá un roce con la pierna o tal vez un codo, quizá la buscará en un espejo, habrá una primera pregunta, continuará un: “masturbate si querés”, y de allí al tomarlo entre sus manos, dejar que ese pene negado estalle en semen sobre su abdomen, llevarlo a su boca o intentar por primera vez sentir si su ano opone o no resistencia, y qué tipo de placer le da todo ello dependerá sólo de tiempo y lo férreo con que estén anudados los mandatos del deber ser.

2 Carla es una morocha que en sus 40 años y muy en plenitud había regresado de su primer viaje a Europa. Pasó un año aquí recuperándose de la añoranza y cuando regresó al norte dejó de recuerdo una bolsa llena de lo que ella llama “fotos trofeo de los chongos que me como”. ¿Qué los convertía en trofeo digno de esos álbumes de fotos?: ser atractivos, dejarse sacar la foto, no superar los 29/30 años, cierta medida mínima de pene, tener una buena cama… no ser heterotonto. La colección en ese recorte es una representación proporcional a la punta de un témpano de hielo, casi una octava parte de un total inestimable y no visible. Esto que se ve en las fotos supera los 90 trofeos y son sólo de ese año, que en rigor fueron 9 meses. Allí se ven desde cartoneros hasta jóvenes de Belgrano R y dan una somera idea de lo heteroflexible, volverán a sus cotidianidades sin el menor conflicto con haber disfrutado su sexualidad más allá del mandato y plenamente conscientes de su poder para hacer lo que les plazca sin perder sus privilegios, algo que las feminidades no tenemos o si lo tenemos a la menor ventisca lo podemos perder.

Hay muchos otros cajones por llenar, el tipito que te dice: “Yo voy a dormir y vos haceme lo que quieras, no voy a despertar”; o el que propone jugar a que es violado: “Sos mi profe y yo soy muy chiquito”, expresan claramente otra cosa, que a grandes rasgos, muy a grandes rasgos, hay algo del descubrimiento del gozo situado en cierta zona erógena a través del displacer por otro violento y ello obstaculiza, una allí actúa un personaje oscuro y violento en relación a otro que exige eso con mucho de revivir aquella experiencia, pero sin el otro que humilla, y los mira en esa humillación pues, una vez que se acaban, miran y el ogro desapareció y en su lugar está una sonriendo, se esfumó lo amenazante. Amenaza no sólo a su integridad sino y sobre todo a su masculinidad, pero esto merece por sí mismo un tratamiento extenso que supera el objetivo aquí y tiene la condición necesaria de que estos varones comiencen a hablar, denunciar y comprender que han sido víctimas.

3 Quiero irme acercando a este complejo concepto con otro ejemplo “clínico”. Mi oficina se ubicaba en Oro, entre El Salvador y Costa Rica. Una noche en que venía regresando, sale de un bar un guapo hombre mayor, me llama y acordamos. Adentro está mí novia, agregó después. El acuerdo no sufre modificación. El tipo era muy atractivo, quizás unos 50 muy bien llevados. Dijo algo más sobre el carácter sumamente pasional de su novia y pidió “usá forro, no me la embaraces, lo único que te pido”. Subyugada me dejé guiar hasta un sótano convertido en habitación de diseño impecable, ella hizo su aparición desde el baño; no llegaba a los 25 años, muy bella y si bien no era mi primer trío con una pareja, sí lo era con semejante diferencia etaria. Avanzamos y ella no dejó de sorprenderme a medida que se sucedían poses, miradas, caricias … Nunca dejó de accionar, él descansaba mirándonos como sus chicas, ella jamás actuó de otro modo que como si fuésemos lesbianas, yo con un dildo incorporado. Me llevó por primera vez a no depender del hombre en danza como motor de la excitación, llegué a perderlo de vista, me envolvió en su pasión y estoy segura de que fue la primera persona que me llevó a eyacular con su boca sin necesidad de emplear mis manos. El heteroflexible es el modelo previo a uno futuro ideal más cercano al hétero en fuga que propone Susy Shock. Esa chica ya se había fugado y en eso me destronó de mi supuesto y primer puesto en el podio. Eso era cultura sexual y no espasmo académico de pretendida revolución posporno.

4 La próxima vez que de manera sustanciosa quedé sorprendida fue en un sitio swinger donde observaba el perfil de un culito bombeando a lo lejos dentro del cuarto que era todo cama, sin poder quitar mi vista de él. Mi atención se escindía con los aullidos de una mujer con notable exceso de peso, más que el de las de Botero, que tenía trabajando sobre sí a un tipo delgado de quizás unos 85/90 kilos, de estatura media. El goce de ella fue atrayendo a otros a su alrededor, terminé sentada con el culito que bombeaba y con quien luego sostuvimos una larguita relación era también su primera vez en esa situación. Ambos estábamos con sorpresa por ver la poca o nula incidencia de la apariencia física que estas personas demuestran tener al momento de los bifes, porque lo que observo muy extendido en los distintos sectores de la diversidad es que son los que están más condicionados por los estereotipos y la inflexibilidad, no sólo de los gustos y prácticas sexuales, sino de los condicionamientos de clase, que se exacerban cada vez más como efectos de los mandatos implícitos que quedan flotando en el imaginario, luego de las leyes que nos enmarcan en la heteronormalidad a la que se le suman otros efectos como la extinción de los espacios de socialización, que nos reunían de modos heterogéneos, y en esa diversidad se producirán cruces insospechados. Hoy todo se está disponiendo para lo homogenización incluso en los ciberespacios. La triste condena social que nos colocó a las travas en el ejercicio prostitutivo fue, es y será un lento y constante ejercicio transformador de ese hétero dispuesto a flexibilizarse, cada vez que nos cruzó en cada situación genital o asexuada, siempre fuera del armario aunque nos provocara una calamidad cotidiana. In Página 12

“Tus mamás irán al Infierno”

Por Ana María Fernández

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En familias formadas por dos mujeres con hijos la elección del colegio para sus chicos suele ser difícil. Una muchacha muy católica expresa que. si bien hubieran preferido un colegio religioso, desistieron de esa elección porque temen que allí traten a sus niños con más prejuicios: “Las dos somos de religión católica. Fuimos a colegios católicos. Hicimos todos los ritos de bautismo, comunión, confirmación. Hoy ninguna de las dos es practicante. Por ejemplo, hemos decidido no bautizar a nuestro hijo. Por una cuestión de principios. Pienso que en la Iglesia hay una hipocresía muy grande. Yo no me sentiría capaz de hacer bautizar a nuestro hijo en una religión que le dice que su modelo de familia es no solamente pecado, sino que la van a fulminar, que tus mamás se van a ir al infierno. Siento que no le estaría haciendo ningún bien tratar de criarlo en una religión que no quiere su modelo de familia, que no quiere lo que él es, de donde él viene. Creo que eso le crearía muchísimo más conflicto, por lo menos al principio. Las dos estamos de acuerdo en que, si él después quiere descubrir su camino en cualquier religión, que no tiene por qué ser la católica, lo vamos a apoyar. Y bueno, veremos”.

Si bien todos y todas han celebrado la ley de matrimonio igualitario, no todos/as tienen particular interés en usar este derecho. En el caso de las parejas mujer-mujer, esto está más unido a la idea de tener hijos. Incluso ya cuentan con organizaciones de activistas que brindan todo tipo de asesoramiento para hacer efectiva la inscripción del nacimiento de sus hijos e hijas.

Por un trabajo conjunto de las organizaciones Lesmadres, 100% Diversidad y Derechos y el Centro de Estudios Legales y Sociales, se constituyó el primer registro de familias LGTB con hijos e hijas. Se propone llevar adelante una base de datos para “fortalecer la comunicación y el conocimiento de distintas composiciones familiares”. Ya está constituida la Red Nacional de Familias LGTB.

NUEVOS MODELOS DE FAMILIA “Mujer-mujer”

Una investigación sobre familias formadas por dos mujeres con hijos/as releva cuestiones como de qué modo llegan a determinar cuál de las dos llevará el embarazo por fertilización asistida; cómo se procesa la aceptación, o no, por las familias de origen; las elecciones sobre fidelidad, religión, y también el “riesgo del encierro en relaciones especulares”.

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Por Ana María Fernández *


La investigación “Modos de subjetivación contemporáneos: diversidades amorosas, eróticas, conyugales y parentales en sectores medios urbanos” (Proyecto UBACyT, en curso en la ciudad de Buenos Aires) incluyó entrevistas a familias formadas por dos mujeres con hijos/as. Se constata que una de las primeras cuestiones a resolver para la formación de estas familias fue cuál de ellas llevaría el embarazo. En algunos casos se resuelve por la más joven o por la más apta físicamente para la fertilización asistida. En otros casos, una de ellas expresa su falta de interés, dificultad o rechazo a sostener las transformaciones corporales de un embarazo, la experiencia del parto, etcétera. Si bien las entrevistadas expresan que son siempre decisiones tomadas de común acuerdo, algunas veces puede inferirse una mirada un poco envidiosa frente a la gestante. En algunos casos, expresan que para un próximo embarazo les gustaría que cambiara la gestante. Quien expresa este anhelo suele ser la que ha gestado y parido, más como una oferta de paridad a su compañera que por desagrado frente a la experiencia vivida, que, muy por el contrario, es relatada como de gran felicidad (contrastan con esta felicidad los relatos de embarazos por fertilización asistida que realizan las mujeres heterosexuales, quienes transitan los sucesivos intentos con esperanza pero con mucha angustia y temores).

En otros casos, a la hora de pensar en tener hijos, la adopción puede ser una de las opciones imaginadas. Una entrevistada expresa: “Lo hablamos un montón, nos reímos. Nos parece una locura, pero por otro lado no. Hoy en día yo no tengo ganas de tener hijos, pero creo que en algún momento me va a dar ganas… Hoy no tengo esa sensación, ella tampoco. Ella me carga y me dice que tendría que ser yo la que tenga el bebé. A ella le da mucha impresión, no podría estar embarazada. Le da mucha impresión el embarazo. No podría tener ella el bebé, pasar por un parto…”. Luego la entrevistada vuelve sobre el tema: “También tenemos la posibilidad de adoptar. Es algo que vemos viable en un futuro… no que necesariamente sea un embarazo de ninguna de las dos”.

Obsérvese la construcción de la última frase. Posiblemente habría querido decir “… no necesariamente que el embarazo sea de alguna de las dos”. En la construcción gramatical que compuso posiblemente se exprese una de las más duras claves del conflicto. ¿Podría ser que, en las latencias que sostendrían este acto fallido, la tensión a dirimir fuera “para que no sea de alguna de las dos… que no sea de ninguna”?

En estas familias también suele coincidir que quien lleve adelante el embarazo disminuya o interrumpa su vida laboral y se dedique más a la crianza, como en la mayoría de las parejas actuales constituidas por una mujer y un varón. En nuestras clases medias está muy naturalizado que, con la llegada de los hijos, la mujer deba disminuir o detener su vida laboral. Además, la mayoría de las entrevistadas generalmente han alcanzado altos niveles educativos y de capacitación laboral, o al menos viven en un medio donde las credenciales educativas y los éxitos laborales suelen ser objeto de alta valoración. Por tal motivo es de suponer que el repliegue por la maternidad sea vivido con tensiones muy específicas, aunque no siempre explicitadas con claridad.

En realidad, llama un poco la atención que este imaginario colectivo y sus prácticas se replique en toda su naturalización en algunos matrimonios de dos mujeres. Es tanto lo que han tenido que transgredir de la heteronorma e inventar por fuera de ella, que la eficacia y eficiencia de este imaginario maternal clásico ameritará futuras investigaciones. También habrá que esperar a lograr casuística de paternidades de dos varones y ver allí desde qué nuevos imaginarios paternales se organizan las prácticas cotidianas de la crianza.

Sí pueden constatarse diferencias significativas al interrogar sobre la división de tareas domésticas. Suelen expresar que no es un tema conflictivo. “Cada una hace lo que más le gusta” es la respuesta que más se reitera. Tampoco expresan tensión o dificultades respecto del dinero que aporta cada una. Frecuentemente, ni las responsabilidades domésticas ni la “propiedad” del dinero han tenido que ser conversadas o consensuadas. Relatan que todo esto se ha ido dando en la convivencia con naturalidad. Las más jóvenes, en convivencia pero sin hijos, pueden plantear que mantienen cuentas separadas, pero que aportan según lo que se va necesitando. Ante las repreguntas de quien entrevista, suelen sonreír o sorprenderse de que las cuestiones de reparto de tareas domésticas pudieran ser tema de conflicto.

En general, en las entrevistas de mujeres en relación con mujeres puede percibirse el intento de hacer visible a quien entrevista que todo funciona muy bien. Con independencia de las distancias que suelen producirse entre los relatos y las prácticas en cualquier entrevista, es probable que en estos casos esté presente ese efecto de triunfo, de entusiasmo, que suele animar a los o las pioneras de cualquier innovación social. La alegría de los logros personales, sociales y legales que en este momento acontecen posiblemente ponga esa dosis de potencia subjetiva imprescindible para sostenerlos, pero que necesariamente minimiza las dificultades o conflictos.

Quisiera detenerme en un detalle. En nuestra investigación, en el grupo de mujeres en pareja con mujeres, en más de una ocasión se presentaron las dos integrantes a la entrevista, aun cuando la consigna había sido muy clara en cuanto a que la entrevista era individual. Esto no ocurrió con ningún entrevistado gay ni con hombres o mujeres heterosexuales. Si bien en general contestaba el cuestionario una sola de ellas, la otra asentía, hacía gestos, tenían miradas de complicidad. Pareciera que ir a todos lados juntas sería una modalidad habitual. Al señalárselo quedan sorprendidas, suelen verlo como algo muy natural. Ninguna ofreció retirarse. Su actitud no era de incomodidad por haberse equivocado al presentarse ambas, sino, por el contrario, aprovechar la oportunidad de mostrar qué excelente relación han constituido, que no se separan en ningún momento…

¿Este detalle será indicio de un modo de vinculación específico de algunas relaciones mujer-mujer? ¿Desde qué posicionamiento subjetivo-vincular se organiza tal especificidad? ¿Cómo se configura tal naturalización? ¿A qué costo? ¿El orgullo que algunas evidencian de ir a casi todos lados juntas correrá el riego del encierro en relaciones especulares?

No puede evitarse la posiblemente incorrecta comparación con las parejas mujer-varón. Si en una entrevista a una mujer en pareja con un varón éste se hiciera presente y permaneciera, si él no ofreciera retirarse, si la entrevistada buscara en él aprobación de lo que expresa, etcétera, ¿no circularía en quien realiza el trabajo de campo cierta idea de un hombre posesivo y controlador, de una mujer con significativa impronta subjetiva de subalternidad?

“Ser como soy”

En general, en las entrevistas de relaciones mujer-mujer tomaron mucho más lugar las vicisitudes previas acerca de cómo informaron a sus familias su “condición”, que las posteriores situaciones de comunicar que se irían a vivir juntas, que se casarían o que habían decidido tener un hijo. La no aceptación de las familias, por lo menos en un principio, es narrada en todos los relatos como tránsitos realizados con miedo, dolor, sufrimiento. Pero una vez constituidas ellas como familia, algunas tienen trato muy frecuente con ambos grupos familiares de origen, van a pasar los domingos y feriados, reciben ayuda económica para comprar su casa o su auto, nos dicen que todos se alegran con la decisión del embarazo y la llegada del nieto o nieta.

Algunos relatos señalan que la primera y mejor aceptación familiar provino de alguna de sus abuelas, cuestión que sin duda pone en interrogación el imaginario de un progreso lineal de aceptaciones generacionales. Otras, pasados los años aún padecen la no aceptación de su posicionamiento o las dificultades de aceptar la existencia de su pareja: “Mi mamá casi no puede hablar del tema. Hace cinco años que estoy en pareja, pero ella no la conoce. A mi papá se lo pude contar recién hace dos años y reaccionó re-bien. Al tiempo la conoció y cada tanto me pregunta por ella. Para mi mamá es todo un tema, no puede, se resiste. Al principio fue terrible para mí. Lo sufrí un montón. Estuvimos mucho tiempo sin hablarnos. Yo fui siempre muy compinche con ella. Y de repente eso…, algo se abrió ahí entre nosotras.”

El sufrimiento, la dificultad o el miedo de comunicar a las familias su posicionamiento erótico-sexual parece estar centrado en el disgusto o la desilusión que provocaría en sus seres queridos, pero hasta ahora en ninguna entrevistada –a diferencia de tantos varones gays– hubo mención a sentirse culpables de “ser como soy”. Tampoco refieren haberse conflictuado por “su diferencia”, aun aquellas que han tenido educación religiosa. Los relatos de la ausencia de conflicto al registrar su atracción por las mujeres los hemos encontrado tanto en mujeres que desde un principio se relacionaron con mujeres como en las que comenzaron tras algunos años de relaciones con varones: “Yo siempre estuve en parejas con chicos hasta los 30 años y ahí me empezaron a gustar las mujeres y muy rápidamente me puse de novia. Es mi única pareja mujer. Hace cuatro años que estamos juntas. Yo nunca me sentí mal por lo que me pasaba. Fue como un ‘¡Uy, qué loco que me pase esto ahora, a esta edad…!’. Fue una novedad, pero nunca lo sentí como un peso. Sí me preocupaba cómo decírselo a mis viejos. No sabía cómo iban a reaccionar”.

En cuanto a su vida sexual conyugal, aquí también encontramos una similitud con parejas de mujeres-varones con hijos. Está muy naturalizado que con la llegada de los hijos disminuyen los encuentros sexuales de la pareja. Ofrecen los mismos argumentos: cansancio, falta de tiempo. Les gustaría disponer de más tiempo, pero, como es algo tan natural, no tratan de implementar estrategias para remediarlo. Simplemente es así.

Con respecto a la moral sexual, en particular la fidelidad, en algunas parejas, particularmente las más conyugalizadas, es condición indispensable, suponen que la violación de este criterio sería inadmisible y volvería inviable la pareja. Otras consideran que es un requisito difícil de cumplir en el largo plazo y están abiertas a otras relaciones. Otras, particularmente las más jóvenes, plantean que la posibilidad de otras relaciones debe estar planteada desde el principio; aquí lo importante sería no engañar, entendiendo por engaño la mentira o el ocultamiento. “Tengo una pareja estable y el planteo desde el inicio es que sea una relación abierta, lo cual implica que ambas partes podemos relacionarnos con otras personas, tanto sexual como afectivamente, sin que esto afecte al núcleo del vínculo en sí. Todo el tiempo estamos con un montón de personas. Intervenimos en lugares distintos. En todos esos lugares hay gente que nos puede atraer más o menos. Bueno, la idea es la sinceridad. Las dos estamos al tanto de las otras parejas ocasionales que tiene cada una. A partir de allí, básicamente la relación consiste en nosotras por un lado y cada una de nosotras con otras personas por el otro. Tratar de armar este tipo de relación es parte de la igualdad y la honestidad.”

Con respecto a su identidad sexual, las respuestas son muy variadas. Algunas jóvenes se autodenominan lesbianas e incluso algunas de ellas militan en organizaciones que activan en distintos ámbitos de las diversidades sexuales. Una entrevistada expresa: “Yo me defino como lesbiana. Pero no sé muy bien si sería una identidad. Las identidades tienen un montón de cosas atrás. Por ejemplo, te dicen que los afroamericanos son de tal manera, los judíos de tal otra, las mujeres tienen una determinada… Entonces, si bien me defino de esa manera, no sé si tomarlo como una identidad. Para mí es más una cuestión de objeto de amor, no mucho más. Mi objeto amado son las mujeres”. Ríe con picardía y agrega: “Sin embargo me atraen algunos varones, claro que algunos que tienen características femeninas… podemos decir que seguimos en el mismo terreno”.

A otras, aunque están muy seguras de que sólo les interesan las relaciones con mujeres, no les gusta la denominación “lesbiana”. No siempre saben explicar claramente por qué, pero pareciera inquietarles que la nominación pueda significar ghetto, encierro entre iguales. Otras portan la nominación “lesbiana” con naturalidad y dicen que asumirla fue un elemento importantísimo en su construcción identitaria y su autoafirmación.

Algunas siempre establecieron vínculos sexuales o amatorios con mujeres. Otras vienen de relaciones con varones y la convivencia actual es su primera o segunda relación con una mujer. Cuando la entrevista abre interrogación a cómo fue este tránsito, consultando específicamente si fue conflictivo, generalmente responden que no las problematizó. Si bien expresan que quieren estar con su novia o esposa “hasta que la muerte nos separe”, pueden no considerarse homosexuales. Se han enamorado de “esa persona” y punto.

Algunas que se autoperciben como lesbianas dicen sentirse, a veces, atraídas por mujeres en relaciones de pareja con varones: “Quedé un poco afectada de una relación que tuve hace un tiempo con una amiga que se define heterosexual y que, de modo oculto, por supuesto, estuvo un tiempo conmigo. Pero lo que yo le hacía a ella, ella no me lo hacía a mí. Nunca pudo salir de su rol pasivo. En realidad, saber que ella era heterosexual me despertaba cierto morbo pero después de un tiempo la cosa me empezó a molestar. Yo era algo así como un objeto de diversión para ella y eso no me gustaba. Las reglas no estaban claras, no eran las mismas para las dos”.

Varias relatan que fue “un flechazo a primera vista” y que desde ese momento no se separaron. Suelen considerar que la dificultad de comunicarlo y de ser aceptadas por sus familias fue mayor que con sus amigos y relaciones sociales cercanas. En el ámbito laboral suelen tomar más recaudos. Las más jóvenes, todavía en noviazgos sin convivencia, ante la pregunta por situaciones de discriminación social, suelen decir que no han sido demasiado importantes. Algunas señalan que tal vez éste sea un beneficio de la invisibilidad que las relaciones entre mujeres aún tienen en nuestra sociedad. “Dos chicas de viaje, juntas en un restaurante o en el cine, a nadie hace sospechar que son pareja”. Relatan con cierta picardía que cuando van por la calle de la mano no faltan algunos muchachos que les griten alguna grosería; también es muy frecuente que ellos se ofrezcan para formar un trío. Cuando cuentan estas situaciones, si bien registran claramente la agresión, algunas no se sienten muy atacadas; más bien expresan cierta lástima, los ven como tontos. Otras los encaran y se autoafirman cuando los muchachos “se van al mazo”. Otras se quedan rumiando su rabia, se arrepienten de “no haber encarado”.

Las que ya tienen hijos expresan que tuvieron y tienen dificultades de aceptación en la escuela de los chicos, pero entre los adultos, no con los niños y niñas compañeritos de sus hijos e hijas. Una de ellas relata una anécdota muy divertida con una niña de Lesmadres (grupo de acción política integrado por familias de lesbianas madres que decidieron tener hijos e hijas en pareja) en el jardín de infantes: “Yo tengo dos mamás”, le dice una nena a otra, que piensa un momento y responde): “Bueno, yo tengo dos abuelas”.

* Profesora en la Facultad de Psicología de la UBA. El texto es un fragmento de “Amores diversos: saberes, poderes y placeres” que integrará el libro en preparación Diversidad familiar, cuidados y migración. Nuevos enfoques y viejos dilemas (Herminia Gonzálvez Torralbo, comp.; ed. Universidad Alberto Hurtado, Chile).