LEILA GUERRIERO Y “LOS MALOS”: “SABIA QUE IBA A SER UN LIBRO EXTREMO”

Foto:  Diego Sampere

Foto: Diego Sampere

Por J.C. Ramírez Figueroa*

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Llega una espeluznante colección de perfiles sobre el horror personificado en América Latina, entre ellos, Mamo Contreras, El Psicópata de Alto Hospicio e Ingrid Olderock, la mujer que entrenaba perros violadores en los años más violentos de la Dictadura. Casi 600 páginas de sangre, horrores y daños profundos que han conmocionado nuestros países.

La escena parece película de Scorsese. O Coppola. O cualquiera de esas que incluyen sangre, compromisos y estupidez cotidiana. Manuel “Mamo” Contreras va al casamiento de su hija, pero una llamada telefónica, mientras iba en auto, cambió sus planes ese 5 de octubre de 1974.

Sus hombres de la DINA habían matado a Miguel Enríquez, líder del MIR. Cuando llegó a la Calle Santa Fe en San Miguel, miró el cadáver, preguntó si habían tomado las huellas y dijo: “Pesquen a este huevón y se lo llevan al Servicio Médico Legal”.

La ceremonia de su hija, comenzó con dos horas de atraso sólo por eso. Pero la fiesta verdadera fue con sus subalternos. Pinochet, su jefe directo, tenía un enemigo menos y Mamo estaba en la gloria.

La “anécdota” aparece en el primer perfil de Los Malos (Ediciones UDP), a cargo de Juan Cristóbal Peña. El libro – y los 14 personajes que lo conforman – puede leerse como un mapa -oscuro, inverso – de América Latina, como explica Leila Guerriero, editora de este grueso volumen de 555 páginas que es la continuación natural de Los malditos, gran hit hispanoamericano de la editorial que buscaba retratar vidas tormentosas de artistas, también editado por ella.

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El horror es el principio activo que acompañará la lectura. Desde Santiago “El Pozorelo” Meza López (México), narcotraficante experto en hacer desaparecer cuerpos en soda cáustica hasta Luis Antonio “Papo” Córdova (Panamá) un policía que se autoproclamó rey de una zona selvática y a quien llamaron, convenientemente, “El rey del miedo”. Desde Bruna Silva (Brasil) que no contenta con cocinar, devoró a sus víctimas hasta Alejandro “Chaqui Chan” Manzano (Colombia) paramilitar, asesino por encargo y encargado de descuartizar a más de 100 personas.

Es recomendable leer cada uno de estos perfiles y luego, salir a tomar aire. Porque esto es un city tour por los rincones más salvajes y demenciales de la condición humana. Como Julio Pérez Silva, “el psicópata de Alto Hospicio” que, según le cuenta un cercano al periodista Rodrigo Fluxá, desde niño tuvo que acostumbrarse de los maltratos de su madre a su padre. “Él era una víctima, un hombre muy pacífico, y ella lo golpeaba. Acá toda la gente escuchaba cuando ella gritaba: ¡Ya perdiste la plata conchetumadre!”. Pero el futuro psicópata, terminó defendiendo y justificando a la madre.

Pequeños detalles que configuran historias complejas. Como sabemos, no hay blanco ni negro, sino zonas sucias que reviven – y resignifican – a personas a las que odiar por sus crímenes es lo correcto. En el capítulo dedicado a Norberto Atilio Bianco, médico argentino que atendía el embarazo de mujeres presas en Dictadura y que decidía el destino del bebé (“La mano que mece la cuna”, Miguel Prenz) se habla de los 100 puntos que obtuvo por sus superiores en competencia, capacidad intelectual, carácter o se cita a su familia que asegura que es “una buena persona” aunque son conscientes que nadie lo creerá. Pero, de todas formas la humanización -anulada en la mitología de un asesino- lo vuelve aun más brutal.

La génesis

El proyecto comenzó -como Los malditos– por idea de Matías Rivas, director de la editorial, explica Guerriero. Le propuso un libro que reuniera perfiles de seres siniestros latinoamericanos que estuvieran vivos (“finalmente, el libro tiene dos muertos. Una es Ingrid Olderock, que está incluida porque a Matías y a mí nos pareció que era indispensable; y el otro es el pandillero apodado El Niño, de El Salvador, a quien mataron un mes después de que el autor me entregara el perfil”).

Los autores de estos perfiles, “tenían que ser gente con acceso a personas muy siniestras o peligrosas que iban a estar seguramente presas, inubicables o escondidas, que iban a ser reticentes a encontrarse con periodistas, tenían que ser capaces de hacer un gran reporteo y de escribir estupendamente bien”

Identificados los autores, la editora se contactó con cada uno de ellos, explicándoles el proyecto. A quienes aceptaron les propuso iniciar una línea de conversación para pensar -entre ambos- a los posibles perfilados de su país.

“Si en el caso de Los malditos fui yo quien, a través de una búsqueda previa, elegí a los escritores malditos para después buscar el mejor autor de cada perfil, aquí fue exactamente al revés porque sabía que los autores que había elegido para escribir conocerían el territorio y los nombres de la maldad en sus países – Panamá, Colombia, Venezuela, Perú, México, etcétera – mucho mejor que yo (puesto que no buscaba sólo nombres tan restallantes como el del Mamo Contreras, sino que quería que el libro fuera una representación del mal en todas sus facetas, desde altos mandos y nombres muy conocidos hasta subalternos no tan renombrados pero con igual capacidad de daño)”.

Recibidas las propuestas, Leila investigó, evaluó y diseño la lista de perfilados. Le interesaba equilibrar el libro. Que no todos los países tuvieran el mismo tipo de individuo. “Como sabés, nuestro continente fue prolífico en dictaduras, por ejemplo, con lo cual hay muchísimos casos de maldad relacionados con torturadores o represores, gente oscura relacionada con distintas fuerzas de seguridad. Pero la idea era mostrar todo el espectro del mal: los abusos de las guerrillas, la trata de blancas, etcétera. Entonces hubo que generar esa suerte de puzzle complejo, modificar algunas opciones. También traté de que, cuando ameritara, el perfilado elegido representara una faceta del mal muy característica de su país. Por ejemplo, en México el perfilado es un hombre que trabajaba para el narco disolviendo cadáveres en soda cáustica, porque el narco es un tema central en México en este momento. O por ejemplo en Colombia, donde busqué específicamente a alguien que pudiera hacer un perfil de un paramilitar. Por otra parte, era importante que el perfilado elegido no fuera lo que llamaba “un caso”. Un hombre que hubiera matado a toda su familia no era alguien para incluir en este libro”.

Y agrega: “Necesitábamos que el mal tuviera trayectoria, recorrido, prontuario, empeño y convicción. Una vez convenido quién sería el perfilado, los periodistas hicieron el reporteo, escribieron, me enviaron los textos, y yo hice el trabajo de edición cuidando cosas que, para mí, eran fundamentales. Sobre todo una: que estuviera la voz de las víctimas. En un libro así, que intenta contar la faceta más terrenal de los malos, que intenta correrlos de la idea tranquilizadora de que son monstruos (un monstruo es una anomalía que se presenta cada cien años; un malo es un ser que puede ser el vecino de enfrente, alguien perfectamente adaptado para vivir en sociedad), la voz de las víctimas no puede faltar. La idea era decir “aquí están estos hombres y estas mujeres: no salieron de un repollo, son producto de las sociedades en las que nosotros nos criamos y vivimos, y ellos hicieron esto. Entendamos esas cabezas, que así es como piensan, sienten y se estructuran”. Pero sin la voz de las víctimas, ese relato no podía existir. Sin la voz de las víctimas, el retrato del malo es una aberración”

Así como nuestro continente tiene zonas geográficas/climáticas diferenciadas (caribe, patagonia, cordillera), el mapa del mal también las tiene?. ¿Hay ciertas características propias de “los malos” dependiendo de la región? No es mi sensación, más allá de que me parece que zonificar el mal – de manera casi meteorológica – sería una frivolidad. Pero sí creo que hay un tipo de maldad que se cobija y se nutre al abrigo de la corrupción, de la impunidad, del mal funcionamiento del estado de derecho, y que se da de forma muy marcada en nuestro continente. Los policías corruptos, los torturadores, los traficantes de mujeres, los narcos en grandes cantidades, sólo son posibles en espacios sociales fragilizados por la ausencia de las instituciones y del estado.

Me interesa mucho el proceso de selección de estos personajes. ¿Qué características vitales debían tener? ¿Exposición pública? ¿Cierto tipo específico de maldad? ¿Una personalidad que pusiera en tensión esa idea un tanto ingenua que los malos son malos en todas sus relaciones 24/7? Algo de eso respondí en la pregunta anterior. Hay perfilados de diversos tipos. Algunos sumamente conocidos en sus países – como el Mamo Contreras o Ingrid Olderock en Chile, o el Tigre Acosta, en la Argentina -, pero otros que no lo son tanto. La exposición pública no contaba en absoluto. Sí era importante lo que te dije antes: que fuera un sujeto con trayectoria en el terreno que nos ocupaba, el del mal. Y que no fuera uno de esos sujetos que provocan cierta simpatía en los lectores, como por ejemplo los estafadores o los asaltantes de bancos (que por un motivo que a mí me cuesta mucho comprender, a mucha gente le parecen una gente de lo mejor). Al hablar con los autores para definir al perfilado de cada uno, lo que intentaba pensar era cuál era la dimensión de daño que había producido esa persona, y cómo jugaba eso en el conjunto del libro. Porque sabía que iba a ser un libro extremo, y hubiera sido injusto incluir allí a cualquier tipo de persona, mezclándola con seres muy oscuros y tenebrosos. Otra cosa importante era el acceso. Me interesaba mucho que esta mirada sobre el mal fuera una mirada en primerísimo plano. Que las personas perfiladas hablaran, dieran su versión de ellos mismos y de los hechos. No se pudo hacer con todos – porque son muy reticentes a hablar con periodistas- pero sí con muchos.

La crónica sobre el Mamo Contreras, precisamente es escalofriante en cuanto a su humanidad. Cuando Cristóbal Peña lo va a visitar y habla con sus familiares, es imposible no sentir una incomodidad. ¡El viejo mandó a matar y torturar! ¡Por eso está en la cárcel! ¡Sin embargo acá aparece como un viejito amable! Aunque, con Ingrid Olderock uno, como lector, jamás puede sacarse de la cabeza la idea/imagen de los perros. Me voy a permitir decir, con cierto énfasis, que el Mamo no “aparece” como un viejito amable. El autor de ese perfil, Juan Cristóbal Peña, se encuentra con el Mamo al final del perfil, en la cárcel. Y no es casual que ese encuentro aparezca en el tramo final del texto. Porque uno, como lector, llega a ver a ese hombre viejo – humanamente viejo – en su celda cuando ya ha leído todo un texto de páginas y páginas a lo largo del cual se ha enterado, por si no lo sabía, de quién es ese hombre. Al final, la mirada del autor hace participar muy generosamente al lector de su propia incomodidad y de su propio desconcierto al encontrarse con él. Si esa escena hubiera estado al principio del perfil, algo hubiera crujido, hubiera hecho ruido. Poner esa escena al final es una decisión estupenda. Cada movimiento de este libro – cada movimiento narrativo – estuvo marcado por decisiones de ese tipo. El final del texto sobre Chaqui Chan, el paramilitar que entrenaba a otros en Colombia y que enseñaba a descuartizar gente, entre otras cosas, es otro ejemplo de eso: el autor, al final del texto, llama por teléfono a Chaqui Chan, que está detenido, para decirle que acaba de hablar con la viuda de una de sus víctimas y que esa mujer lo ha perdonado. No la revelaré acá, pero la respuesta que da Chaqui Chan al otro lado del teléfono, y que es la respuesta con la que termina ese perfil, es un mazazo en la cara del lector. El perfil sería muy otro si ese final no estuviera ahí para decir lo que dice y resignificar todo lo que hemos leído hasta ese momento.

Hay dos cosas que me llaman mucho la atención. Por un lado, cierto carácter seductor de muchos de estos “malos”. O al menos su capacidad de generar alianzas e integrarse a equipos y estructuras organizadas (pienso en “El tigre”, “La cuca” o “Papo” por ejemplo). Por otro lado, ciertas complicidades veladas o explícitas de los ambientes donde trabajan. ¿Estás de acuerdo? ¿Podemos hablar sobre eso? Pienso que esto tiene que ver con lo que te decía al principio. Con ese tipo de maldad que se genera en nuestro continente, y que existe cobijada en la corrupción y la impunidad que producen el mal funcionamiento del estado de derecho.

¿Cual fue tu mayor desafío como editora/compiladora de este libro? Aunque eso daría para otra entrevista, Claramente hay un dialogo entre tu mirada periodística y literaria junto a las de cada uno de los cronistas, con sus matices, obsesiones y arte en la redacción. En verdad, no sé. Fue un libro difícil. La temática era compleja y hubo dificultades para todo el mundo. Para mí, para los periodistas. Para muchos de los periodistas no fue fácil sostener una mirada durante tanto tiempo y de tan cerca con gente como la Cuca Antón, que torturaba mujeres embarazadas. Para muchos de ellos fue perturbador hablar con las familias de los perfilados y descubrir que la madre de un tipo que disolvía gente en ácido era una pobre señora mexicana que vivía en la miseria más rampante esperando cada dos semanas la llamada de su “hijito” desde la cárcel. Un editor tiene que intentar mantenerse sereno y aportar una mirada prudente sobre algo que un periodista quizás no ve tan claro porque está muy cerca del huracán. No hay gente monolíticamente mala pero eso no transforma a esa gente en un ángel. Ser un buen abuelo no te exime de ser un hijo de perra. Lo importante es, en todo caso, mostrarle al lector cuán buen abuelo es el señor equis y mostrarle, dos párrafos más abajo, cómo experimentaba métodos de tortura con un montón de señores puestos ahí para la ocasión.

Al parecer el libro es un formato estupendo para el reportaje de largo aliento. ¿No? La profundidad de la experiencia de inmersión del lector – y la riqueza de datos – es un precio alto que los diarios e incluso revistas que han apostado por los textos cortos, han debido pagar. Al menos así lo veo yo. Si, creo que el libro es un formato estupendo para el periodismo narrativo. De todas maneras, no creo que todos los temas deban o puedan transformarse en un libro. Me parece que hay una gran cantidad de temas que son más adecuados para las revistas, y que no tendrían autonomía para sostener un libro entero. ¿Qué hacemos con esas cosas: no las contamos porque nunca llegarán a un libro; o las contamos mal y cortitas porque ya no publicamos textos largos en las revistas o los diarios? Yo creo que el lugar natural del periodismo narrativo son los medios masivos, sobre todo las revistas, y que, de hecho, hay estupendos libros que antologan crónicas – como Larga Distancia y La guerra moderna, de Martín Caparrós, o La eterna parranda, de Alberto Salcedo Ramos, o Retratos y encuentros, de Gay Talese – que jamás hubieran sido posibles si esos textos no se hubieran publicado previamente en revistas. De modo que lo que quiero decir es que es estupendo que haya libros, pero que eso no exime a las revistas de darle un espacio al periodismo de largo aliento. [LL]

*Versión completa de entrevista publicada en Suplemento Ku.

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LOS MALOS, EL LIBRO QUE REÚNE PERFILES PERIODÍSTICOS DE CATORCE FEROCES CRIMINALES LATINOAMERICANOS CONTEMPORÁNEOS

EL MAPA DE LA HISTORIA OSCURA DE NUESTRO CONTINENTE 

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HISTORIA DEL CRIMEN

Una galería del espanto, una demostración del sadismo sin límites, una mirada al abismo. Eso es Los malos (UDP), el libro de catorce perfiles de criminales latinoamericanos que reúne a todas las variantes del mal en el continente en diferentes contextos políticos y diferentes momentos históricos: desde integrantes de la pandilla Mara Salvatrucha hasta miembros de la DINA, pasando por capos de la trata, sicarios del narcotráfico colombiano, especialistas en disolver cuerpos para sus jefes narcos, caníbales brasileños, líderes de prisiones brutales, torturadores argentinos y asesinos de lesa humanidad. La idea, que recorre los perfiles escritos por periodistas e investigadores – desde Marcela Turati hasta Juan Cristóbal Peña y algunos locales como Rodolfo Palacios y Javier Sinay –, no es retratar a monstruos, sino a hombres y mujeres que dibujan un mapa oscuro e inverso de América latina. Y también que se escuchen, en entrevistas, las voces de sus víctimas, muchas veces silenciadas por el tenebroso atractivo del exceso y el Mal.

Por Angel Berlanga

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Cada tanto aparece alguna página tremenda, difícil de soportar. El hallazgo de parte de los restos de la tarea de Santiago Meza López, El Pozolero, que descuartizó los cadáveres de unas 300 personas, víctimas del cartel de Tijuana, y después los disolvió con soda cáustica: luego de años de incertidumbre los familiares de los desaparecidos dieron con una pista, rastrearon casi a ciegas durante dos años más y por fin encontraron la fosa con lo que quedaba de los cuerpos, “una masa gelatinosa mezclada con una sustancia amarilla en la que iban revueltos dientes, pedazos de hueso, brackets, anillos y tornillos quirúrgicos, y que despedía un olor insoportable”. O los relatos de algunas de las detenidas durante la dictadura de Pinochet sometidas a las perversiones de Ingrid Olderock, creadora de la rama femenina de la DINA, una admiradora del nazismo que adiestraba perros para que violaran presas políticas en el cuartel clandestino La Venda Sexy: también hubo hombres violados así, allí, pero apenas lo acredita un único testimonio. O el regocijo al matar de Félix Huachaca Tincopa, secuestrado en 1987 (cuando tenía 16 años) por Sendero Luminoso, la organización terrorista peruana a la que se incorporó y en la que se hizo famoso por su saña, porque entre otras cosas llevaba niños a los operativos para que remataran a los heridos, o aleccionaba para fabricar explosivos con clavos oxidados y mierda humana, para que las infecciones de las heridas fueran más letales.

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Estos materiales son parte de los catorce perfiles que componen Los malos, el perturbador volumen conformado y editado por Leila Guerriero que, tras su publicación inicial en Chile, ahora se distribuye en la Argentina. Escritos por investigadores y cronistas de varios países, cada uno de estos textos ronda unas cuarenta páginas en las que, en algún momento, se desemboca en alguna forma del terror, en el relato de la ejecución irreversible del daño, en las mentes y los cuerpos aniquilados o marcados para siempre. Eso fue, de hecho, una de las condiciones para formar parte de esta galería con foco en hombres y mujeres de Latinoamérica que sistematizaron variantes del espanto, personas que en algún punto de sus vidas desembocaron por causas diversas en su primer crimen y luego perseveraron hasta que cambiaron los contextos históricos que posibilitaban sus aberraciones o hasta que los detuvo la Justicia. También hay en este libro una intención de abarcar diversos modus operandi, épocas en las que se cometieron los crímenes y geografías, y así aparece por ejemplo la historia de El Niño, un pandillero de la Mara Salvatrucha de El Salvador, autor de decenas de asesinatos, escrita por Oscar Martinez, periodista de El Faro; o el perfil del “Mamo” Contreras, capo de inteligencia de Pinochet e ideólogo y ejecutor de crímenes de lesa humanidad, hoy octogenario y preso en Punta Peuco, donde lo entrevistó el periodista Juan Cristóbal Peña; o, por citar un tercer texto, el que escribió la periodista Josefina Licitra sobre Rubén Ale, La Chancha, entreverado en acusaciones por trata de mujeres, sobre quien habla su ex mujer, su hija, sus amigos.

Pero claro, la cosa no es tan lineal: en los perfiles de Los Malos también hay sitio para la sensibilidad, la generosidad, la admiración o el cariño genuino. “La idea del libro es contar a esta gente desde lo humano – dice Leila Guerriero –. Porque una persona puede ser a la vez un hijo de puta y un abuelo buenísimo. Y al lector vos tenés que mostrarle las dos cosas: cada una de las soluciones narrativas que se encontraron en este libro apuntan en buena parte a eso. Cuando Juan Cristóbal Peña, por ejemplo, llega al final de su perfil sobre el ‘Mamo’ Contreras, un ser completamente siniestro, un tipo que fue la bestia negra de Pinochet, comparte un poco con el lector su desorientación al ver a un tipo en plena decadencia, postrado, hablando delirantemente de ovnis. Pero no es cualquier viejito: es ése viejito.” Junto a Peña llegan en visita al penal, justamente, las nietas de Contreras, tan cariñosas con él como puede serlo con su madre el hijo de Mirta Graciela Antón, la torturadora de La Perla, el principal centro clandestino de detención en Córdoba durante la dictadura, perfilada para el libro por el periodista Rodolfo Palacios, que en un alto del juicio que se le sigue por secuestros, asesinatos y torturas, fue testigo de este diálogo:

–Hijito, decile al periodista cómo es tu mamá. ¿Es un diablo, como dicen?

El muchacho sonríe, la abraza, dice:

–Mi mamá es un sol. No hay ser más bueno que ella.

–Es un dulce, el nene. Y un gran policía, como el padre. ¿Sabías que es un experto en tiro?

Guerriero dice que talló en el libro la idea de que los perfilados no eran monstruos. “Un monstruo, en un punto, es una figura muy tranquilizadora –dice–. Un monstruo surge cada 100 o 200 años y es un ser completamente anormal, y fácil de reconocer, además: vos estás ante uno y te das cuenta. Estos hombres y mujeres fueron perfectamente funcionales para la vida en sociedad. Era gente que iba a comprar el periódico, tenía hijos, tenía vida de relación, que podían llevarse bien o mal con sus padres según el caso, pero eran hijos de, maridos de. El libro intenta mostrar que estos seres convivieron con nosotros y también algo más inquietante: no nacieron de un repollo, forman parte de la sociedad en la que vivimos. Por eso también son malos latinoamericanos, de acá, que nos interpelan más directamente, más de cerca. Y por eso una pauta fue enfocar en quienes estuvieran vivos, porque afectaron nuestras vidas y las de los seres queridos. El Tigre Acosta afectó tu vida y la de todo el mundo, sin necesidad de que uno haya tenido una persona detenida o desaparecida en la ESMA. Siempre los ponemos en el lugar del monstruo, de la bestia, del animal, pero acá buscamos que se lean en su contexto: ‘No, ¿sabe qué? Este señor era su vecino, vivía en el piso de arriba, lavaba el auto todos los días y por las noches iba y le ponía picana a una embarazada’. Como ciudadana me parece más monstruoso eso que pensar que alguien se preparó para hacer el mal desde que tenía siete años, digamos.”

El periodista Javier Sinay es quien escribe sobre El Tigre, el hombre del almirante Massera en la ESMA, un capitán que participaba directamente de las sesiones de tortura y que llevaba a algunas de las detenidas de paseo, o a bailar, o a un departamento en el que las forzaba a tener sexo, condición para la supervivencia. El cronista Miguel Prenz (autor de La misa del diablo) es autor del cuarto perfilado argentino del libro: se ocupa de Norberto Atilio Blanco, el médico que atendía embarazos y partos en los centros clandestinos de la dictadura. Aunque no todos los malos accedieron a ser entrevistados por los periodistas, en cada perfil aparecen sus voces y también las de familiares directos, amigos y compañeros, especialistas y autoridades y, sobre todo, aparecen las voces de las víctimas. Explica Guerriero que pensó, para la convocatoria, en periodistas que más allá de escribir muy bien, fueran buenos investigadores. Y luego también tuvo su peso la visión de conjunto del libro: “Mi obligación como editora era no perder de vista que intentábamos hacer un mapa actual de la maldad latinoamericana –dice–. A consecuencia de las dictaduras enseguida aparecieron muchos torturadores, policías siniestros, milicos. En algunos casos buscábamos cosas específicas: de México quería a alguien que fuera de la cadena del narco, y en lo posible de la tropa, alguien de abajo, y así Marcela Turati encaró el perfil de El Pozolero; de Colombia, un paramilitar, esta cosa tan desvirtuada de las autodefensas campesinas (Juan Miguel Alvarez escribió sobre Chaki Chan, un sicario que reconoció un centenar de asesinatos). En otros lugares la búsqueda no fue tan específica, y así surgió el perfil de Bruna Silva (escrito por Clara Becker), que destazó, cocinó y comió varias mujeres en Pernambuco. Una preocupación fue que entrara el tema de la trata y que algunas perfiladas fueran mujeres, que no quedara un libro en el que pareciera que el mal es sólo una cosa de varones. Me interesó, además, que no fueran ‘casos’ aislados, el padre que mata a sus hijos y a su mujer: buscaba un mal con recorrido, con trayectoria y con convicción”.

¿Qué condujo a estas personas a lo que hicieron? ¿Ambición, desesperación, algún trastorno psíquico, algún trauma de infancia, la creencia en una causa, la combinación de elementos de un contexto, un delirio, un miedo profundo, una ferocidad implacable, lo normal dentro de un grupo, una pulsión incontrolable, la perspectiva de impunidad? “Cualquier intento de conclusión es contradictorio con el espíritu del libro, que un poco plantea la pregunta de qué nos hace malos –dice Guerriero–. Parece tranquilizador leerlo como un manual de instrucciones: ‘Los malos son de esta manera, y toda la gente que ha tenido un trauma de infancia va a… Y entonces hay que tenerlos vigilados’. Cuando confronté con esa pregunta vi Minority Report, esa película en la que Tom Cruise trabajaba en una cosa que se llamaba Precrimen, en la que descubrían los crímenes antes de que se cometieran. Atrás de ese planteo está la añoranza de descubrir lo malo antes de que se transforme, lo cual produciría como consecuencia una sociedad monstruosa. Los periodistas estamos muy atentos a historias de tipos que han tenido una vida feroz, de infancias atroces, que han sido violados y han andado por reformatorios, y han devenido en personas perfectamente solidarias, que por ahí tienen un comedor infantil y enseñan a jugar al fútbol a pibes en las villas. Es terrible decir que toda persona que tuvo un trauma se convierte en monstruo: de hecho no es así. Yo creo que tiene que ver con la singularidad de cada uno de los perfilados, una singularidad que se tramita de manera distinta en cada caso. Y luego está también el contexto de oportunidad: las dictaduras fueron lugares casi ideales, como bosques para los lobos. Para entender estas cabezas tenemos que conocernos como sociedades, saber verlas venir. Prevenirlas desde un colectivo, no contra cada individuo: un poco como el huevo de la serpiente.”

O inventário de Lara de Lemos – a herança de um tempo malsinado [a ditadura militar]

Lara de Lemos deixou-nos fisicamente, em 2010. Uma Poeta de linha de frente, autora de clássicos como “Aura Amara” e “Águas da Memória”.

Um dos últimos livros publicados pela gaúcha (contemporânea de Maria Carpi e Leonor Scliar -Cabral) é o tema de nosso relevante assunto: Inventário do Medo (1997), onde a escritora rememora, e vivencia em poemas, a dura imagem da ditatura militar no nosso país.

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Dá-se o dito

por não dito

dá-se o dado

por não dado.

Dá-se o dado

por perdido

dá-se o braço

por torcido

Dá-se o vidro

por partido

dá-se o grito

sufocado

Dá-se o medo

desmedido

dá-se o corpo

dizimado.

Nani

Nani

O tal do Tempo malsinado é precedido por muitas celas de terror:

Eram corpos de trevas e lonjuras

cobertos de brasas e feridas.

Pelas noites sombrias eles choravam,

pela manhã cinzenta adormeciam.

Eram corpos doridos que sofriam,

sem repouso, sem calma, sem estima,

Descalços, nus, pele encardida,

olhos que olhavam sem retina.

Lamentos de homens soterrados

em negros cativeiros, sem

o pão e o lume necessários.

Comparsas no medo, desolados

pressentiam, em pátios silenciosos,

os próximos passas imprecisos.

——

Viajo entre túneis de sono

como um cão vadio à procura

do dono.

Viajo em barcos fantasma

onde o tempo retrocede em busca

da alma.

Viajo consultando arquivos

e a memória ilumina rostos

redivivos.

Viajo procurando portos

e me encontro no país

dos mortos.

—-

No escuro – cegueira,

no sangue – soro ácido

na hora vazia – cansaço.

Na noite desvivida – insônia

no dia amordaçado – sono,

no ardor renovado – asco.

——-

Aprisionados no estreito retângulo

vislumbramos o azul

entre grades de ferro.

Breve encanto

– estratégia de hera,

teimosia de musgo.

Carlos David Fuentes

Carlos David Fuentes

——

Lara de Lemos explora a sequência de um ato criminoso, desde o instante decisivo ao momento doloroso das reminiscências.

Assim o seu livro está distribuído:

I – INVASÃO DE DOMICÍLIO

II – TEMPO DE INQUISIÇÃO

III- CELAS

IV- REMINISCÊNCIAS

É nítido: primeiro a busca, depois o interrogatório, a prisão no extremo e o sofrimento, ao ser tolhido a liberdade do sonho.

A dúvida e o gesto

antecipam julgamentos.

Presa na garganta

a resposta é a mola

da desgraça e da luta.

Tantas as perguntas,

tantas as denúncias,

tantos os indícios de culpa.

que só resta

aceitar a sentença

e beber, sem pressa, a cicuta.

A partir da culpa

(falsa ou verdadeira)

o homem muda o destino

perde o direito ao protesto

fica sem beira nem eira

é apenas: o culpado.

—-

Cantarei versos de pedras.

Não quero palavras débeis

para falar do combate.

Só peço palavras duras,

uma linguagem que queime.

Pretendo a verdade pura:

a faca que dilacere,

o tiro que nos perfure,

o raio que nos arrase.

Prefiro o punhal ou foice

às palavras arredias.

Não darei a outra face.

Um dia, de repente,

arrastam-nos à força

para um lugar incerto.

Um dia, de repente,

desnudam-nos impudica/

mente.

Um dia, de repente

é o duro frio

do escuro catre.

Um dia, de repente,

somos apenas um ser vivo:

verme ou gente?

De súbito é o susto

estampado no rosto

refletido no espelho

parado na garganta.

Invasores transitam

pelo quarto

desrespeitam o sono

em furor incontido.

Colocam algemas

em pulsos inocentes.

Contra palavras – há muros

contra lamentos, murros.

Levam jovens na mira

de fuzis reluzentes.

De que serve a palavra

se a desdida brinca com a sorte

num perverso jogo

de inventar vida e morte?

De que serve a dor

ou o grito contido

se sentir, seja o que for,

é pânico e perigo?

De que serve a voz

do algoz e o precipício

se o desastrado ser

já foi proscrito?

POEMAS DE LARA DE LEMOS

MINUTA DE DIEGO MENDES SOUSA