Cuando lo mataron, la gente de aquí – no los italianos y mucho menos el Vaticano – los salvadoreños, nuestros pobres, dijeron inmediatamente: “¡Es santo!”.

Jon Sobrino: Hace tiempo nos pusimos en guardia para que no beatifiquen a un monseñor Romero aguado
 Allan Macdonald

Allan Macdonald

por Alver Metalli
Tierras de América
En el Centro Monseñor Romero, plantado en el corazón de la Universidad Católica, Jon Sobrino se mueve como si danzara. Lo fundó después de la masacre de sus hermanos jesuitas –”no terminé como ellos sólo porque estaba en Tailandia”, recuerda- y a él se dedica como si fuera la última misión de su vida, que ya llega a los 77 años. Un promedio de unos veinte años más de lo que vivieron Ignacio Ellacuria y sus compañeros, derribados por balas asesinas el 16 de noviembre de 1989.

Jon Sobrino conoce muy bien las resistencias, las acusaciones de izquierdista y filoguerrillero que llovían contra Romero en El Salvador y que recibían oídos condescendientes en Roma. Por eso no puede dejar de alegrarse por la beatificación. Pero no es así. O por lo menos tiene que puntualizar muchas cosas al respecto.
Le preguntamos si hace unos años hubiera imaginado que llegaría un día como hoy, como el sábado 23 de mayo, para ser exactos. En la sala principal del mausoleo de los “mártires de la UCA”, agita el cuerpo delgado y suelta un provocatorio “Nunca me interesó”. Vuelve a repetirlo, para que quede bien claro. “En serio… lo digo en serio: nunca me interesó la beatificación de Romero”.

Esperamos la aclaración. Debe haber una, lo que acaba de decir no pueden ser sus últimas palabras. “Cuando lo mataron, la gente de aquí –no los italianos y mucho menos el Vaticano- los salvadoreños, nuestros pobres, dijeron inmediatamente: “¡Es santo!”. Pedro Casaldáliga cuatro días después escribió un gran poema: «¡San Romero de América, pastor y mártir nuestro!”. Recuerda que también Ignacio Ellacuría, abatido a pocos metros del lugar donde nos encontramos, “tres días después del asesinato de Romero celebró misa en un aula de la UCA y en la homilía dijo: “Con monseñor Romero Dios ha pasado por El Salvador”.

Respira hondo como si le faltara el aire. “Eso sí. Nunca hubiera imaginado que alguien pudiera decir algo así. Que lo beatifiquen está bien; tardaron 35 años, pero no es lo más importante”. Se asegura de que el interlocutor haya recibido el golpe. “¿Entiendes lo que te estoy diciendo?”, exclama dibujando una sonrisa indulgente en sus labios finos.

Por toda respuesta recibe otro pedido de explicación. “Se entiende que no lo convence algo de lo que está ocurriendo…”. Cerca de nosotros están descargando los paquetes con el último número de Carta a las Iglesias, la revista que él dirige. “Está bien que lo beatifiquen, no digo que no, pero me hubiera gustado que fuera de otra manera… y todavía no sé lo que va a decir el cardenal Angelo Amato pasado mañana; no sé, no sé si sus palabras me van a convencer o no”.

Pero Sobrino no podrá escuchar la homilía del Prefecto que viene de Roma, o no quiere escucharla. “Sabemos que se va, que ha programado un viaje y que el sábado no estará en la plaza junto con todos. ¿Lo hizo a propósito?”.

Demora en responder, como si se estuviera preguntando cómo se supo. Después llega la aclaración: “Voy a Brasil, porque en Río de Janeiro se celebran los 50 años de la revista Concilium. He trabajado en esa revista los últimos 16 años. Debo dar un discurso y me retiro de la revista. La beatificación coincide con este encuentro. No es que me vaya, veré por televisión la ceremonia de beatificación y un poco antes del mediodía iré al aeropuerto”.

Dieciséis años en Concilium y Sobrino que se retira el día de la beatificación de Romero. Esto también es una noticia.

En la pared que tenemos delante, los “Padres de la Iglesia latinoamericana” escuchan muy serios. La galería comienza con monseñor Gerardi, asesinado en Guatemala en 1998, y prosigue con el colombiano Gerardo Valente Cano, el argentino Enrique Angelelli asesinado en 1976, Hélder Pessoa Câmara, brasileño en olor de santidad, el mexicano Sergio Méndel Arceo con otro compatriota al lado, Samuel Ruiz, y el ecuatoriano Leónidas Proano, seguidos por monseñor Roberto Joaquín Ramos (El Salvador 1938-1993) y el padre Manuel Larrain, chileno y fundador del CELAM, para terminar con el sucesor de Romero, el salesiano Arturo Rivera y Damas, figura clave en la historia de Romero e injustamente ignorado en las celebraciones de estos días.

El sábado al mediodía, según el programa que difundió el Cominé para la beatificación, se debería leer el decreto que incluirá formalmente al siervo de Dios Óscar Arnulfo Romero y Galdámez entre los beatos de la Iglesia Católica. Probablemente Jon Sobrino no tendrá tiempo de escucharlo. Pero no le preocupa. Explica en cierta forma sus razones presentando el material de Carta a las Iglesias año XXXIII, número 661, que lleva en la tapa un mural que representa a Romero llevando de la mano a la hija de un campesino que acaba de cortar con una hoz un racimo de bananas.

“Dos artículos son críticos. El padre Manuel Acosta critica la actuación de la comisión oficial de preparación de la beatificación. Luis Van de Velde es más crítico con la jerarquía. Se pregunta si monseñor Romero se reconocería el día de su beatificación. Hace tiempo que pusimos en guardia para que no beatifiquen a un monseñor Romero aguado. Existe ese riesgo; esperemos que beatifiquen a un Romero vivo, más cortante que una espada de doble filo, justo y compasivo”.

La ropa que vestían los jesuitas amigos y colegas suyos el último día de su vida se exhibe colgada en una vitrina de la sala contigua, como si estuviera en un armario. La sotana marrón de Ellacuría, un albornoz, un par de calzoncillos un poco amarillentos, todos perforados por los proyectiles que los militares no se molestaron en ahorrar. Resuta natural pensar en ellos y en el proceso de su beatificación que empezó hace poco.

“Eso tampoco me preocupa”, exclama Sobrino. “Estaba en Tailandia ese día y por eso no me mataron. He visto correr la sangre de mucha gente en El Salvador, no me interesan las beatificaciones, espero que mis palabras ayuden a conocer más y mejor a Ellalcuría, tratamos de seguir su camino. Éso es lo que me interesa”.

¿Ni siquiera una señal de reconocimiento para el Papa argentino que impulsó la causa de Romero? “No, no me interesa aplaudir, y si aplaudo no es por el hecho de que el Papa sea argentino o jesuita, sino por lo que dice, por la manera como se comportó en Lampedusa, por ejemplo. Lo que me interesa es que haya alguien que diga que el fondo del Mediterráneo está lleno de cadáveres. Yo no aplaudo la resurrección de Jesús. Aplaudir no es lo mío”.

La atención se dirige ahora a pasado mañana. “He visto horrores que nunca se denunciaron, como los denunciaba monseñor Romero. Veremos si el sábado resuenan sus palabras”. Para estar seguro de que no lo malinterpreten, Jon Sobrino las recita de memoria: “En nombre de Dios y en nombre de este pueblo sufriente, les pido, les ruego, les ordeno en nombre de Dios que termine la represión”. Ésto se lo escuché a él y me quedó grabado en la cabeza”.

El resto de su pensamiento sobre Romero, un Romero “no edulcorado”, el Romero “real”, se encuentra en el artículo que escribió para la Revista latinoamericana de Teología de la Universidad Católica, en cuyo comité de dirección figuran entre otros Leonardo Boff, Enrique Dussel y el chileno Comblin.

“Muestro lo que monseñor Romero sintió y dijo en el último retiro espiritual que predicó un mes antes de ser asesinado; después ofrezco tres puntos de reflexión que considero importantes. Recuerdo que un campesino dijo:

“Monseñor Romero nos defendió a los pobres; no solo nos ayudó, no solo hizo la opción por los pobres, que eso ya es un eslógan. Salió a defendernos a los pobres. Y si uno viene a defender es porque alguien necesita que lo defiendan, y necesita defensa el que es atacado. Por eso –dijo con segura certeza este campesino- lo mataron. Madre Teresa que era buena y no molestaba a nadie, recibió el premio Nobel; monseñor Romero que dio fastidio, no recibió ningún premio Nobel”.

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San Romero de América

por Carlos A. Villalba

 

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Ser salvadoreño es ser medio muerto / eso que se mueve / es la mitad de la vida que nos dejaron. Así lo expresaba Roque Dalton, tan escritor como dirigente político y jefe guerrillero, muerto en 1975, poeta supremo de esa “tierra de volcanes” que es El Salvador.
Entre esos seres, en medio de esos pobres, Monseñor Oscar Arnulfo Romero recorrió una peregrinación que partió de Roma en 1942 y tuvo estaciones en la parroquia del departamento de La Unión, 20 años en San Miguel, hasta alcanzar la mitra de obispo en 1970. Por fin, llega al escenario de su propio Gólgota, el arzobispado de San Salvador. Era febrero de 1977, la injusticia reinaba en el país y fue designado para reforzar el orden jerárquico y bendecir las matanzas, a los responsables de las matanzas de esos que ya estaban medio muertos.

* * *

En 1932 un animal de labranza tenía más valor que un trabajador salvadoreño, “porque la demanda es alta y su valor comercial dejaba mejores dividendos”, según los reportes de la embajada de Estados Unidos en el país. Trabajadores y campesinos, predominantemente indígenas, estaban hartos de vivir peor que las bestias de carga reclamadas por el mercado. Hartos y organizados. El dictador de turno, Maximiliano Hernández Martínez, ordenó la ejecución de todo aquel que se alzase contra su régimen.
Se produjo la matanza, el etnocidio; dejó unos 30.000 muertos en pocas horas, entre los primeros, Farabundo Martí, jefe del Partido Comunista, organizador por excelencia. La atrocidad se multiplicó, la pobreza fue miseria y se pierde la cuenta de los muertos, ¿75.000…, 90.000, 8.000 desaparecidos, un millón de refugiados y desplazados entre 1980 y los Acuerdos de Paz de 1992?

* * *

La mañana del 22 de enero de 1980, es diáfana. El sol empieza a levantar los olores rancios de los restos de comida, cáscaras, jugos, de las cunetas de San Salvador. Llegan mil, diez mil, cien mil o el doble, el triple. Mujeres y hombres, viejitos, jóvenes, nenes; pobres todos. Protestan contra otro gobierno que los hambrea y asesina. Nunca se vio tanta gente organizada y en las calles, con miles de cuadros protegiendo las columnas con armas largas y pistolas y con una coordinación entre los frentes de masas de las distintas guerrillas que accionaban en el país y controlaban distintas zonas, incluso el cerro Guazapa, a sólo 55 km de la capital de San Salvador, donde ya se organizaban los primeros gobiernos locales populares y se recibían alimentos e impuestos de los terratenientes.
El fuego de francotiradores no se hizo esperar. Desde las terrazas del propio Palacio de Gobierno, desde otros edificios gubernamentales, accionaron los fusiles belgas, alemanes e israelíes.

* * *

El silencio volvió a la ciudad. Después de los estampidos, los gritos. Tras las corridas, las ambulancias. Después la nada.
Los 10, 12 escalones de entrada a la Catedral estaban rodeados de paredes rojas, parecían baldeadas de sangre. Estaban baldeadas de sangre. Ese lugar, el santuario de Monseñor, fue uno de los puntos sobre los que el ejército disparó con mayor saña.
La nave es amplia. Los vitrales sencillos dejan colar los rayos y le van dando tonalidades que caen sobre el centro de la Catedral Metropolitana del Divino Salvador del Mundo. Se escuchan, apenas, murmullos; su casulla sencilla, blanca, atrae enseguida la atención. Unas 20 personas lo escuchan. Acercarse al punto de reunión es tropezar con una docena de cajones de muertos en tránsito. Así los definió él en aquella tarde de enero y sangre. Los familiares recibían como un bálsamo la explicación que les daba su pastor, se aferraban a esa “coherencia de sus vidas con sus muertes”, se concentraban en “la búsqueda de la justicia que ahora está más cerca, gracias a sus sacrificios”, en el consuelo de “morir por algo, de entregarse por los demás, por cambiar las cosas”.

* * *

Los pájaros revolotean sobre los árboles que rodean el rancho. El visitante no los puede identificar pero sabe que el cenzontle anuncia la hora de dejar las camas y arrancar la jornada y se encarga de pedir lluvias en los días secos. La doña corre el trapo e invita a la única pieza. Ya empujaron los colchones, ya está a disposición la pila de las pupusas más ricas del mundo, con sus rellenos de frijolitos y algún chicharrón.
Contra la pared del fondo la radio, la onda va y viene. Es la hora, la misa comienza, el rancho se convierte en capilla y la charla en concentración total cuando el Pastor comienza su homilía y lee el parte de situación, con centenares de mujeres y hombres del pueblo masacrados semana a semana y un par de decenas de militares caídos en combate. Termina el recuento y Monseñor explica, habla de injusticia, habla de derechos.
Pocos meses después, cuando ya le habían volado la radio –la YSAX– y transmite al mundo a través de la señal de Radio Noticias del Continente, la onda corta con la que Montoneros rompió el cerco informativo tendido sobre Latinoamérica y el Caribe, produjo su acto final. El 23 de marzo de 1980, aquel cura que arrancó su prédica en una capillita, les habló “a las bases” de las fuerzas armadas y de seguridad, les explicó que ellos “son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’.”
Preciso, sin ambages, subversivo, estremeció a todos: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.
El mismo leía su sentencia de muerte. 24 horas después, por orden del mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta, una bala impactó en el corazón del obispo. Ya lo había decidido, “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, se adelantó cuando el aire se enrarecía y todos intuían en El Salvador que el arma de los asesinos ya estaba cargada.
Hombre, de verdad sin apetencias personales, no quería honores, pero en ese mismo instante se convirtió en “San Romero de América”. En los altares de su pueblo como el de aquella jornada de radio y pájaros de maravilla él ya era santo, porque había sido pastor, orientador.
Por encima de cualquier burocracia cancerbera de los santorales y las puertas del cielo, Oscar Arnulfo Romero había sido elevado a los altares del pueblo desde hace mucho tiempo como San Romero de América.
Desde la misma Roma en que Oscar se convirtió en sacerdote, Francisco no sólo le abrió las puertas del santoral, sino que, al reconocer su martirio, avanzó en la reparación histórica de la memoria de las luchas populares en El Salvador –y en el continente– y del sacrificio de miles de hombres y mujeres que también pagaron con el precio de su vida el reclamo de justicia, igualdad, y dignidad humana, a la que se negaron Juan Pablo II y Benedicto XVI.

Romero, primeiro da longa lista dos novos mártires contemporâneos

FOI ABERTO UM CAMINHO

Depois do reconhecimento do martírio do arcebispo Romero

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L’Osservatore Romano – Um «protomártir». Primeiro da longa lista dos novos mártires contemporâneos, Oscar Arnulfo Romero será beatificado em San Salvador ainda este ano.

Anunciou-o na quarta-feira 4 de Fevereiro, durante uma conferência na Sala de imprensa da Santa Sé, o arcebispo Vincenzo Paglia, presidente do Pontifício Conselho para a família e postulador da causa de beatificação do arcebispo assassinado a 24 de Março de 1980 enquanto estava a celebrar a missa em San Salvador. «É um facto providencial – disse o prelado – que esta beatificação aconteça sob o pontificado do primeiro Papa da América Latina», um Pontífice que afirmou que queria uma «Igreja pobre para os pobres»: uma realidade que abre um caminho, que «alarga o horizonte da América Latina», um continente que, a partir do testemunho de Romero, «tem algo importante para dizer ao mundo inteiro».
Analisaram a figura do arcebispo mártir – moderados pelo director da Sala de imprensa da Santa Sé, padre Federico Lombardi – monsenhor Jesus Delgado, que foi o secretário pessoal de Romero ao longo dos três anos, de 1977 a 1980, em que guiou a arquidiocese de San Salvador, e o historiador Roberto Morozzo della Rocca, que colaborou na redacção da positio na causa de beatificação. «Aquele dia de 24 de Março – recordou monsenhor Delgado – eu tinha proposto ao arcebispo que tirasse um dia de repouso»: a agenda de Romero marcava seis encontros, um dos quais, às 18h00, era precisamente a celebração da missa. «Se eu chegar atrasado celebra tu», disse-lhe o prelado. Mas depois telefonou ao secretário: «É melhor que não. Eu celebrarei a missa, não quero envolver ninguém nisto». Foram as últimas palavras trocadas com monsenhor Delgado.

Oscar Romero

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Oscar Arnulfo Romero Y Gadamez nasceu em 15 de agosto de 1917, em Ciudad Barrios, em El Salvador. Sua família era numerosa e pobre. Quando criança, sua saúde inspirava cuidados. Com apenas 13 anos entrou no seminário. Foi para Roma completar o curso de teologia com 20 anos e se ordenou sacerdote, em 1943.

Retornou a El Salvador, na função de pároco. Era um sacerdote generoso e atuante: visitava os doentes, lecionava religião nas escolas, foi capelão do presídio; os pobres carentes faziam fila na porta de sua casa paroquial, pedindo e recebendo ajuda. Durante 26 anos, na função de vigário, padre Oscar Romero conheceu a miséria profunda que assolava seu pequeno país.

A maioria dos países sul-americana vivia duras experiências de ditaduras militares, na década de 1970. Também para El Salvador era um período de grandes conflitos. Em 1977, padre Oscar Romero foi nomeado Arcebispo de El Salvador, chegando à capital com fama de conservador. No fundo era um homem do povo, simples, de profunda sensibilidade para com os sofrimentos da maioria, de firme perspicácia aliada à coragem de decisão.

Em 1979, o presidente do país foi deposto pelo golpe militar. A ditadura se instalou no país e, pouco a pouco, se acirrou a violência. Reinou o caos político, econômico e institucional no país. De janeiro a março de 1980 foram assassinados 1015 salvadorenhos. Os responsáveis pertenciam às forças de segurança e às organizações conservadoras do regime militar instalado no país.

Nessa ocasião, dois sacerdotes foram assassinados violentamente por defenderem os camponeses, que foram pedir abrigo em suas paróquias. Dom Romero teve que se posicionar e, de pronto, se colocou no meio do conflito. Não para aumentá-lo, mas para ajudar a resolvê-lo. Esta atitude revelou o quando sua espiritualidade foi realista e o seu coração, sereno e obediente ao Evangelho.

No dia 24 de março de 1980, Dom Romero foi fuzilado, em meio aos doentes de câncer e enfermeiros, enquanto celebrava uma missa na capela do Hospital da Divina Providência, na capital de El Salvador.

O assassino um atirador de elite do exército salvadorenho, treinado nas Escola das Américas.

Sua morte provocou uma onda de protestos em todo o mundo e pressões internacionais por reformas em El Salvador.

Em 2010, a Assembleia Geral das Nações Unidas proclamou o dia 24 de março como o Dia Internacional pelo Direito à Verdade acerca das Graves Violações dos Direitos Humanos e à Dignidade das Vítimas em reconhecimento à atuação de Dom Romero em defesa dos direitos humanos.

Sua ação pastoral visava ao entendimento mútuo entre os salvadorenhos. Criticava duramente tanto a inércia do governo, as interferências estrangeiras, como as injustiças praticadas pelos grupos “revolucionários”.

O Arcebispo Dom Oscar Arnulfo Romero foi fiel a Igreja, e pagou com a vida o preço de ser discípulo de Cristo. O seu nome foi incluído na relação dos 1015 salvadorenhos que foram assassinados, em 1980.

SÃO ROMERO DE AMÉRICA PASTOR E MÁRTIR

mausoléu

O anjo do Senhor anunciou na véspera…
O coração de El Salvador marcava
24 de março e de agonia

Tu ofertavas o Pão,
O Corpo Vivo
– o triturado Corpo de teu Povo:
Seu derramado Sangue vitoriosa
– O sangue “campesino” de teu Povo em massacre
que há de tingir em vinhos e alegria a Aurora conjurada!

O anjo do Senhor anunciou na véspera
e o verbo se fez morte, outra vez, em tua morte.
Como se faz morte, cada dia, na carne desnuda de teu Povo.

E se fez vida Nova
Em nossa velha Igreja!
Estamos outra vez em pé de Testemunho,
São Romero de América, pastor e mártir nosso!
Romero de uma Paz quase impossível, nesta Terra em guerra.
Romero em roxa flor morada da Esperança incólume de todo Continente
Romero desta Páscoa latino-americana.

Pobre pastor glorioso,
assassinado a soldo,
a dólar
a divisa.
Como Jesus, por ordem de Império.
Pobre pastor glorioso,
abandonado
por teus próprios irmãos de Báculo e de Mesa.
(As Cúrias não podiam entender-te:
Nenhuma Sinagoga bem montada pode entender a Cristo)

Tua pobreza sim te acompanha,
em desespero fiel,
pastor e rebanho, a um tempo, de tua missão profética.
O Povo te fez santo.
A hora do teu Povo te consagrou no “Kairós”.
Os Pobres te ensinaram a ler o Evangelho.

Como um Irmão
ferido
por tanta morte irmã,
tu sabias chorar, a sós, no Horto.
Sabias ter medo, como um homem em combate.
Porém sabias dar a tua palavra,
livre,
o seu timbre de sino.
E soubeste beber
O duplo cálice
do Altar e do Povo
com essa mesma mão consagrada ao Serviço.
América Latina já te elevou à glória de Bernini
– na espuma-auréola de seus mares,
no retábulo antigo de seus Andes,
no dossel irado de todas suas florestas,
na cantiga de todos seus caminhos,
no calvário novo de todos os seus cárceres,
de todas suas trincheiras
de todos seus altares…
na ara garantida do coração insone de seus filhos!
São Romero de América, pastor e mártir nosso,
ninguém
há de calar
tua última Homilia!
Dom Pedro Casaldáliga – Bispo de São Felix do Araguaia – MT (1980)

“Romero resistió y accedió a dar su vida para defender a su pueblo”: El Vaticano

El Salvador

El Salvador

La beatificación del obispo salvadoreño Óscar Arnulfo Romero, asesinado en 1980 mientras celebraba misa, será celebrada en el curso de 2015 en la capital de El Salvador, informó este miércoles el Vaticano.
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“La fecha no ha sido establecida, pero será antes de finalizar este año 2015. Probablemente en pocos meses, lo más rápido posible”, aseguró en una rueda de prensa el postulador de la causa de canonización, el arzobispo italiano Vincenzo Paglia.

Representantes de la iglesia católica valoran ya dos fecha tentativas para efectuar la ceremonia de beatificación de Monseñor Romero.

Dentro de las posibles fechas para el acto, el cual se celebraría en plaza Salvador del Mundo, se contempla el día del natalicio de Monseñor Romero, el 15 de agosto.

Otra de las probables fechas para la beatificación es el 24 marzo, día en el que el mártir fue asesinado.

SuperMartyrio palavras
El postulador, representante de la Comunidad San Egidio, mediadora en numerosos conflictos en África y Centroamérica, explicó que entender la figura de Romero exigió tiempo porque “había muchos prejuicios sobre él”, acusado por algunos sectores de ser un “caudillo marxista” al criticar a la oligarquía, la represión y la pobreza que azotaba a su país.
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“Teníamos que esperar la llegada del primer papa latinoamericano para que se beatificara a Romero. Es algo importante porque hay muchas similitudes entre lo que Romero predicaba y el magisterio del papa Francisco y que se resume en querer una Iglesia pobre para los pobres”, afirmó Paglia.
a contemporánea”.
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“Demostramos su martirio milimétricamente”, aseguró Paglia, que lo considera “un mártir de la era contemporánea”.
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‘Es un don extraordinario para toda la Iglesia del comienzo de este milenio ver subir al altar un pastor que dio su vida por su pueblo. También lo es para todos los cristianos, como demuestra la atención de la Iglesia anglicana que ha colocado la estatua de Romero en la fachada de la catedral de Westminster junto a la de Martin Luther King y Dietrich Bonhoeffer, y también para toda la sociedad que ve en él un defensor de los pobres y de la paz. La gratitud va también a Benedicto XVI, que siguió la causa desde el principio y que el 20 de diciembre de 2012, decidió desbloquearla para que prosiguiese su itinerario regular.

 

Na Galeria dos mártires do século XX da Abadia de Westminster- Madre Elisabeth da Rússia, o Rev. Martin Luther King, o Arcebispo Óscar Romero e o Pastor Dietrich Bonhoeffer

Na Galeria dos mártires do século XX da Abadia de Westminster – Madre Elisabeth da Rússia, o Rev. Martin Luther King, o Arcebispo Óscar Romero e o Pastor Dietrich Bonhoeffer

Además Plagia dijo que Monseñor Romero “fue un inspirador y grande defensor”, ante eso se decide acortar el proceso.
Romero creía en su función como obispo y primado del país y se sentía responsable de la población, especialmente de los más pobres: por eso se hizo cargo de la sangre, del dolor, de la violencia, denunciando las causas en su carismática predicación dominical seguida a través de la radio por toda la nación, advirtió el arzobispo italiano.
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Podríamos decir que se trató de una “conversión pastoral”, con la asunción por parte de Romero de una fortaleza indispensable en la crisis que vivía el país. Se convirtió en ‘’defensor civitatis” en la tradición de los antiguos Padres de la Iglesia, defendió al clero perseguido, protegió a los pobres, defendió los derechos humanos.
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Agregó que Monseñor Romero comprendió cada vez más clararamente que para ser el pastor de todos tenía que empezar por los pobres.
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“Poner a los pobres en el centro de las preocupaciones pastorales de la Iglesia y, por tanto, también de todos los cristianos, incluyendo a los ricos, era la nueva forma de la pastoral. El amor preferente por los pobres, no solo no amortiguaba el amor de Romero por su país, sino que, al contrario, lo sostenía”, recordó el representante de la iglesia.
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El clima de persecución era palpable durante los 80s afirmó el arzobispo.
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Pero Romero pasó a ser claramente el defensor de los pobres frente a la feroz represión. Después de dos años de arzobispado de San Salvador, Romero contaba 30 sacerdotes perdidos, entre los asesinados, los expulsados y los reclamados para escapar de la muerte. Los escuadrones de la muerte mataron a decenas de catequistas de las comunidades de base, y muchos de los fieles de estas comunidades desaparecerieron. La Iglesia era la principal imputada y por lo tanto la más atacada. Romero resistió y accedió a dar su vida para defender a su pueblo”, advirtió.
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Romero sabía que su actitud podría costarle la vida, ha sido todo un trabajo interior y visualizó su muerte probable, su muerte estaba preanunciada por el mandato del Evangelio .
Romero bien se pudo haber ido del país pero decía, un Pastor tiene que acompañar a su pueblo en las condiciones en que se encuentre; el significado de su muerte encontramos la fuerza en el interior de su vida y lo que sacerdotes y catequistas asesinados también.
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Durante la conferencia, el arzobispo italiano, también dijo que desde hace tres meses se abrió el proceso de beatificación del padre Rutilio Grande, quien fue asesinado el 12 de marzo de 1977.
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El papa Francisco reconoció el martes como “mártir” de la Iglesia al asesinado arzobispo centroamericano, con lo que aprobó su beatificación sin tener que demostrar que realizó algún milagro para llegar a la gloria de los altares.
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Romero, llamado la “voz de los sin voz”, que denunció las violaciones de derechos humanos y se pronunció contra la represión que sacudía a su país, fue asesinado el 24 de marzo de 1980 por un francotirador de los escuadrones de la muerte en el momento en que ofrecía el vino y el pan.

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El prelado centroamericano, convertido en un ejemplo de una iglesia comprometida contra las injusticias sociales en América Latina, será beatificado tras un proceso que duró más de 20 años y que tuvo muchos enemigos, como reconoció monseñor Paglia. Para Jesús Delgado, secretario privado de Romero, presente en la conferencia de prensa, quien vivió de cerca la transformación que Romero tuvo durante los tres años que estuvo al frente del arzobispado de San Salvador, su beatificación es un llamado a la “unidad y a la paz” de El Salvador.
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“Lo conocí bien. Monseñor Romero amaba a los pobres, pero también a los ricos. Pedía la conversión de todos. Estaba siempre a favor del diálogo”, aseguró.

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