Los angelitos de Charlie

Libertad, Igualdad, Publicidad

Fadi Abou Hassan

Fadi Abou Hassan

 

por Fernando Buen Abad Domínguez
Rebelión

“Allons enfants de la Patrie”… la guerra de propaganda burguesa llama a sus hijos a reactivar trincheras y ocupar todo el territorio del relato imperial. La derecha europea se alebresta y fiel a su costumbre agita banderas de populismo snob en los balcones de sus monopolios mediáticos. Usaron el repudio mundial a un asesinato para legitimar su “todo vale” burgués. Los expertos en silenciar a los pueblos lloriquearon mediáticamente para informarnos que profundizarán su guerra de IV generación. A su libertad de agresión le llaman “libertad de expresión”.

Todas las cartas están a la vista. Detrás de la hipocresía oligarca, que sacó a pasear a sus gerentes para enmascarar con luto lenguaraz la xenofobia y el hambre de belicismo, se agitan las perversiones nazi-fascistas más peligrosas para la humanidad. Todas las denuncias y rechazos al asesinato de los periodistas de Charlie Hebdo se han manipulado para sembrar el “huevo de la serpiente” que en defensa de la “libertad de expresión” burguesa profundizará la censura a la libre expresión de los trabajadores y de los pueblos. En el trasfondo está también la guerra económica contra Rusia y China mientras defienden al euro. A cualquier costo. Literalmente.

No es difícil ver la agenda del silenciamiento que tiene fechas cruciales. Barak Obama, experto gerente de la guerra y en espiar al mundo entero, quiere protagonizar una “Cumbre sobre Seguridad Global” el 8 de febrero y no es otra cosa más que un plan represivo planetario para liberar territorios mercantiles que den sobrevida al capitalismo putrefacto. Es la respuesta a la “multipolaridad” abierta por el avance geo-estrategico de China y Rusia y es la venganza mafiosa de la industria bélica contra Putin que los hizo regresarse de la “línea roja” cuando les abortó el negocio de invadir a Siria. Todo está archivado en la memoria de los negocios de la muerte. Esa agenda represora tiene decorados electorales que también son un gran negocio para la guerra de propaganda. ¿Quién lo administra?

El asunto nodal es asegurar y hacer crecer a la industria bélica yanqui y eso incluye a sus armas de guerra ideológica trasvertidos como “medios de comunicación” y hacer crecer, también, esa industria opresora de conciencias. Su target es sembrar miedo y confusión, criminalizar a los líderes sociales y obligar a las víctimas a disfrutar y agradecer la esclavitud de su conciencia, entre bailes, consumismo y endeudamiento. Los bancos también son armas de guerra económica contra la clase trabajadora. Hay cifras obscenas al “por mayor”. Les importa sembrar miedo. Exitoso, horrendo y añoso juego burgués del miedo. Se trata de espantarnos poniendo ante nuestros ojos la imagen de nosotros mismos. Nos hacen mirarnos como lo “otro”, lo “externo”, lo “extranjero”, lo que invade y lo que amenaza. Nos hacen vernos como lo de la calle, lo que pasa en las calles, en el “afuera” donde (dicen) habitan las peores amenazas, donde anda el pueblo, donde anda la clase trabajadora que tanto temen y que tanto explotan.

No hay dudas de que el arsenal ideológico burgués necesita, como al aire, de profundizar la preeminencia de todas sus mercancías (objetivas y subjetivas) en un “mercado” saturado y competido a mansalva. Un ejército de publicistas creativos y serviles pasan sus días y noches inventando fetichismos de toda especie para desahogarles las bodegas. La lógica imperial, que es por definición criminal, necesita suprimir competencias para asentarse en el reino de los precios y fijarlos a su antojo. Para eso se estorban entre ellos mismos y habrán de desplegar los más sofisticados método de traición hasta asegurarse el control total de los mercados. Es esa su historia reciente y ese su destino. Si para eso hay que inventar nuevas semánticas a la “libertad”, a la “igualdad” y a la “fraternidad” de la clase dominante… sea pues, que al fin y al cabo son ellos los dueños de las herramientas de producción de sentido. Si para eso el imperialismo ha de resucitarse en París, sea pues, que no le faltarán gerentes dispuestos para una foto histórica que haga patente la hipocresía y el servilismo. Si para eso hay que matar a 12 en Francia, a 43 en Ayotzinapa… nada importa mientras se los pueda usar como cortina de humo plañidero para esconder las verdaderas intenciones capitalistas.

La llamada “nueva guerra fría” se calienta los pies con pantallas de televisión y portadas de diarios. Exhiben sus arietes ideológicos a “ocho columnas” siempre bien camuflados por la verborrea de sus publicistas (de bienes, servicios y política) vendedores de ideología chatarra. Pero el relato también se les gasta y necesitan siempre, con urgencia, de episodios sórdidos capaces de garantizar algunas cuantas semanas de amarillismo que, bien administrado, alcance para varios medios y varios modos. Y le dan la vuelta al mundo con su maniqueísmo de ocasión haciéndose ellos, siempre, lo buenos de la Historia. Hasta la náusea. Ya debe haber contratos para escribir el “Best Seller”, filmar la película, el documental y la serie de televisión… basados en los asesinatos de Charlie Hebdo. En esta guerra mediática los muertos también son una mercancía.

Nosotros no podemos dejarnos llevar por las “lágrimas de cocodrilo” burgués ni por la emoción de los hipócritas que preparan guerras contra nuestros pueblos. Lo que hoy es acusación contra el “terrorismo” mañana será contra las luchas revolucionarias que ya en varios países son consideradas “terroristas” y enemigas del “progreso” burgués. Los gerentes burgueses, que hoy lagrimean en Francia, son los mismos que avasallaron, por ejemplo, a Irak, Libia, Siria, Palestina… su luto no es más que otra forma de la guerra de propaganda para desorientar a las masas y camuflar los verdaderos intereses del capitalismo. No aceptemos que los pueblos pierdan de vista al enemigo que está en los bancos y lo confundan con un dogmático fundamentalista suicida proveniente de tierras exóticas porque eso es, justamente, lo que quiere la industria de las armas para justificar los ataques y sus negocios. No perdamos la atención sobre lo que amenaza a la humanidad por más que agiten las banderas apocalípticas en Francia o en el Pentágono. El capitalismo se pudre día a día y eso debe animarnos a profundizar las luchas sin aturdirnos con el “show” de la muerte y sin dejar de repudiar a todo terrorismo criminal comenzando con el del capitalismo y sus negocios bélicos. Los yanquis y los imperios.

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La mayor manifestación en la historia de Francia

CASI CUATRO MILLONES DE PERSONAS MARCHARON EN TODO EL PAIS CONTRA LA VIOLENCIA FANATICA Y POR LA LIBERTAD; UN MILLON Y MEDIO EN PARIS

pag 12me

Por Eduardo Febbro
Página/12 En Francia

Desde París

No cabe en las cuentas, en las estadísticas, en los métodos para contarlos: sólo cabe en las páginas de la historia política del siglo XXI. París desapareció bajo la multitud que desbordó sus calles, sus bulevares, que pobló de miles y miles de dibujos y slogans el recorrido que une la Plaza de la República con la Plaza de la Nación. La prefectura de París no pudo establecer un conteo coherente de las personas que inundaron la capital unidas en un sentimiento transparente de pertenencia a una raíz común, la libertad. Casi cuatro millones de personas desfilaron en toda Francia, un millón y medio en París, por la libertad de expresión y contra el terrorismo. Nunca visto, un episodio masivo e inédito, tejido de silencios, aplausos, lágrimas, respeto y emoción. La mayoría republicana, multiconfesional, contra una minoría enceguecida. “No en mi nombre”, dice un cartel que un manifestante musulmán levanta sobre su cabeza. “No hay libertad sin coraje”, dice otro. “Estoy de duelo, no en guerra”, clama un tercero. Sobre el suelo de la Plaza de la República alguien escribió: “Hizo falta que ocurriera lo que pasó en Charlie Hebdo para que nos sintiéramos unidos. Continuemos”.

No faltó nadie en esta movilización ciudadana. Ni los que eran adeptos del semanario Charlie Hebdo ni quienes lo detestaban. Las escenas de la capital francesa se repitieron en todas las ciudades del país, en las localidades pequeñas o grandes. Sólo la presencia de incómodos responsables políticos venidos de varias partes del mundo puso una nota paradójica a esta marcha por la libertad. Entre los 60 jefes de Estado o de Gobierno que viajaron a París había mastodontes de la antidemocracia, reyes de la opresión, representantes del amordazamiento de la libertad de la prensa o políticos con las manos sucias por la corruptela: Mariano Rajoy, el presidente del gobierno español; el primer ministro Turco, Ahmet Davutoglu; Ali Bongo, el presidente de Gabón, gran perseguidor de las libertades públicas; Viktor Orban, el jefe del gobierno húngaro conocido por sus leyes restrictivas contra la libertad de la prensa; el rey Abdallah II de Jordania –otro eximio estrangulador de la libertad de expresión– o Sameh Choukryou, el canciller de Egipto, representante de un Estado que es la perla negra de la represión política.

El equipo de Charlie Hebdo que sobrevivió al ataque abrió la marcha. A muchos, como al dibujante Luz, les hubiese gustado salir a la calles con caricaturas de Nicolas Sarkozy –estaba en primera línea, no lejos de François Hollande–, de Benjamin Netanyahu, de Abdallah II de Jordania. Sin embargo, una imagen fuerte se impone a las demás: la presencia, a la cabeza del cortejo parisino y apenas separados por cuatro dirigentes políticos, del primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, y del presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas. Junto a ellos también caminaron el presidente francés, François Hollande; la canciller alemana, Angela Merkel; el primer ministro británico, David Cameron; los primeros ministros de Portugal, Bélgica, Grecia; el presidente de Mali, Ibrahim Bubacar Keita, y el secretario de Justicia de EE.UU., Eric Holder, quien declaró: “Hoy somos todos ciudadanos franceses”. Más realista, David Cameron admitió que “la amenaza jihadista estará entre nosotros durante muchos años”.

marcha lideres

El ex presidente norteamericano George W. Bush respondió con bombas e invasiones a los ataques del 11 de septiembre (Afganistán e Irak). La sociedad francesa, con la fuerza colectiva y lápices elevados hacia el cielo. Bruno Le Maire, un ex ministro de Agricultura de la derechista UMP, comentó: “Hoy los franceses dicen que esto no puede continuar. Son nuestros hijos a quienes mataron, son el producto de nuestra sociedad”. La otra imagen fuerte de este día histórico fueron las lágrimas y los abrazos en plena calle que intercambiaron Hollande con Patrick Pelloux, doctor y redactor del semanario satírico que salvó su vida porque llegó tarde a la reunión de redacción, y fue el primero en socorrer a las víctimas. “Todo es tan extraño como bello. El calor de tanta gente, este pueblo unido con calma por la libertad de expresión. Creo que es el primer día de algo”, dijo Pelloux. Y ese “algo” aún no está formulado. Es una masa sin cuerpo. Hay que distinguir dos fronteras: la de la gente y la dimensión política. La primera fue una reacción unánime ante algo vivido como un acto de suprema barbarie, como un atentado contra esa “igualdad, libertad, fraternidad” que componen el triángulo del simbolismo cívico francés. “De pronto me siento igual que cuando ganamos el Mundial de Fútbol en 1998 y todos nos sentíamos semejantes, hermanos. Sólo que esta vez la hermandad la plasmó un atentado sangriento”, dice Antoine, un padre de 52 años, casado con una marroquí, que tiene tres hijos a quienes trajo a la manifestación para que “valoren lo que es la libertad de expresión, para que entiendan cómo sería Francia si esa libertad no existiera”.

Lo segundo, lo político, está por verse. Las presiones sobre el Ejecutivo de Hollande para que tome medidas represivas y asuma de forma pública una política distinta en materia de inmigración son fuertes. La derecha, por el momento, está en la mordaza de la emoción del país y no puede sacar muy rápido sus garras para disputarle a Hollande la legitimidad ganada en estos días y a la extrema derecha su electorado. El líder histórico de la extrema derecha, Jean Marie Le Pen, dijo hace dos días “yo no soy Charlie” y calificó de “payasos” a la multitud que llenó las calles de París. La voz de Le Pen es por el momento inaudible, meramente anecdótica. Francia se apoya en sí misma, en la emoción y el dolor que la vuelca a una unión instantánea, sin demandas o interrogantes que estructuren el futuro. Se apoya en el asombro a la hora de descubrir que su propia sociedad puede albergar en sus entrañas seres capaces de cometer actos semejantes. Desde hace cinco días todo lo que ocurre no tiene precedentes: el asalto a Charlie Hebdo, los doce asesinatos, el secuestro de decenas de personas en un supermercado judío de París, los cuatro rehenes muertos, las manifestaciones cotidianas y, al fin, esta inmensa convergencia entre millones de individuos que supieron sobreponerse al odio primario, a la reacción violenta, al racismo, para unirse en la defensa de un ideal ensangrentado: la libertad. “Charlie” y “Libertad” fueron las palabras más pronunciadas por los manifestantes.

Ni Islam, ni musulmanes, ni inmigrantes, ni extranjeros o inmigración. Libertad, sólo libertad. El clima de reconciliación dio lugar incluso a escenas impensables en un país protestón y rebelde como Francia. La gente, por lo general hostil a las fuerzas del orden, les rindió un homenaje multitudinario por el trabajo que realizaron en los casi tres días que duró la investigación. Acostumbrados a los silbidos y a los insultos, los policías, las fuerzas antimotines, se vieron sumergidas por los aplausos, las rosas regaladas y los pedidos de autógrafos.

El sufrimiento creó una magia conciliadora y, al mismo tiempo, corrió el telón de algo que se había quedado oculto entre los pliegues de la crisis y la globalización, entre los debates y los manoseos políticos, entre el clima mundial, los rencores humanos, el desempleo, las dudas sobre Europa y la identidad nacional: restauró la noción de libertad y de pueblo, la conciencia de una pertenencia colectiva a ciertos valores de raíz con los cuales vivían sin darse cuenta. Mientras el mundo los admira por muchas razones, los franceses llevan años dudando de sí mismos, de su sociedad, de sus contenidos. “Somos un pueblo”, tituló el matutino Libération en su edición de Internet. Francia se reencontró a sí misma. París fue por un largo y sincero momento la capital del dolor y del reencuentro. El horror hipnotizó a Francia y a París durante varios días. El mismo horror quebró la indiferencia y arrojó a una sociedad entera a sus propios brazos para llorar y mirarse, al fin, a los ojos. Aquellos días de cines cerrados, de metros evacuados, de sirenas alocadas y comercios con las cortinas bajas parecen estar en otra dimensión de la realidad. Anette, una mujer de 65 años que consiguió un permiso especial para salir unas horas del hospital en donde estaba internada, dice, abrazada a su familia: “No olvidamos ni olvidaremos nunca lo que pasó. Pero hoy, con estos abrazos y estas lágrimas que derramamos, empezamos a ser de nuevo y a reivindicar lo que construimos juntos”. Este horrendo episodio deja abiertas muchas lecturas posibles y varios futuros inciertos. La prensa mundial empieza a titular sus ediciones con sonoras frases que dicen: “París, capital mundial contra el terror” (El País). Es mucho más que eso. Prueba de ello son los muchos nombres que se le pusieron a la manifestación de este domingo, los más frecuentes fueron “contra el terror” o “por la libertad de expresión”. El domingo, millones de personas eligieron el segundo.

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