La lesbiana mala


La británica Gayle Newland fue condenada a prisión por “haber engañado a su novia haciéndose pasar por varón”. En Argentina circuló como una noticia insólita. ¿O como aviso disciplinante?

 

Por Magdalena De Santo


Gayle Newland mediante un perfil falso de Fb se construyó un alter ego de sangre filipina y jugador de baloncesto. Un día a finales de 2013 después de mucho chat con una chica de su edad llamada Helen decide tener una cita sexual con la condición de no ser visto –alegando que tenía cicatrices y era muy feo–, entonces Helen accede a taparse los ojos. Y así se la empiezan a pasar bien con encuentros sexuales, con viajes y caricias al sol. Un día de idilio Kye le pide que le practique sexo oral. Helen acepta pero se quita la venda por primera vez y descubre que estaba chupando un dildo. Kye no era varón sino su amiga Gayle. Helen desconsolada rompe la relación y por tal motivo la amiga desenmascarada intenta suicidarse. A pesar de las cartas de amor y suplicas de perdón, la decepción de Helen llega a la magistratura. Por supuesto, en el juicio las versiones son discordantes. Entre ellas, Helen sostiene que se creyó todas las mentiras y engaños, que fue manipulada y coaccionada a tener sexo con alguien que ella no quería: una mujer. Por otra lado, Gayle, alega que era imposible que no supiese, que era un juego de roles funcional a la lógica del closet. “Ella decía que yo era su amiga, pero nunca la novia: ella quería ser hetero”, sostuvo Newland.

El fraude del pene falso. Ahora bien, en el derecho británico hay una figura que funcionó como agravante. El denominado “fraude de género” que, tal como argumenta Alex Sharpe, profesora de leyes en la Universidad de Keele, supone la exigencia confesionaria del “verdadero” género al partenaire sexual. Los engaños por raza, religión, o dinero, no dan lugar a procesos legales en el Reino Unido. Ergo, hay una jerarquía de verdades cuyos datos relevantes son aquellos que garantizan las relaciones acordes a la expectativa social: heterosexuales y cis. Básicamente, si no sos lo que el resto supone, tenés que decirlo porque podés traumatizar al normal.

En este caso, el fraude se apoya en el develamiento del órgano prostético al mismo tiempo que resulta el protagonista y culpable de la violación –Gayle fue absuelta de otros cargos al demostrar la fecha de compra de la máquina del mal. El énfasis en la falsedad del pene no sólo presupone que la base de la identidad género es la anatomía externa sino que además criminaliza el uso del dildo. “Si hubiera sido un pene de carne no hubiera sido violación. Entonces, más allá de que la acusada sea lesbiana, la cuestión de base es que las leyes son transfóbicas. De hecho son una constante tanto en EEUU como en Inglaterra que varones y mujeres trans son perseguidos y criminalizados por violación”, argumentó Luciana Sanchez, abogada militante en lesbianas y feministas por la discriminalización del aborto. “Como en su momento se instaló y de diferentes maneras se revive el mito del violador negro, el concepto de fraude de género pretende reinstalar el mito del/la violador/a trans” .

Pero aquí las leyes son otras. El concepto de “fraude de género” es inconstitucional puesto que vulnera el derecho a la intimidad. No sólo no existe, sino que la Ley de Identidad de Género, al ser un derecho para todas las personas –trans y cis–, nos protege de estas acusaciones. “Que la persona con quien tuve sexo sea de una identidad de género, orientación sexual o expresión de género diferentes a las que yo creía, no afecta por sí misma el consentimiento para tener relaciones sexuales. Acorde a nuestro marco legal, no puede considerarse que la identidad de género de una persona vulnere por sí misma la integridad sexual de otra. La discriminación de género está prohibida, por lo que no es una expectativa legítima al tener sexo con una persona, conocer la identidad, orientación o expresión de género de una persona”, afirma Luciana. ¿Por qué el caso Newland se instala como noticia? La primera hipótesis es el efecto disciplinante que pueda tener el castigo sobre una lesbiana: un eco semiótico global parece decirnos “no ocupes nunca el lugar del varón, quedate sumisa y víctima que sólo así te protegeremos”. Pero si a ello le sumamos el contexto electoral, este tipo de retóricas interpelan distinto: nos recuerda que las contraofensivas de derecha pueden tener caminos insospechados y podemos acabar todxs juntitxs en el pabellón decimonónico de predadores sexuales.

 

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