MATRIMONIO DE TERROR Charles Laughton y Elsa Lanchester


Mañana se estrena Ni con perros ni con chicos… el musical que revive las relación torcida, amorosa y cómplice del matrimonio formado por . El autor Fernando Albinarrate cuenta qué les vio y qué se puede ver

 

Elsa Lanchester

Elsa Lanchester and husband Charles Laughton on the French Riviera in 1938

Elsa Lanchester and husband Charles Laughton on the French Riviera in 1938

 

Por Diego Trerotola


Muchas historias de amor del Hollywood clásico fueron decoradas por las sombras del glamour torcido, porque el brillo del glamour oficial se limitaba a lo que permitía el código de censura de esa época, entre los años 30 a los 50. En ese contexto represivo, el romance más torcido que hizo enroscar al glamour oficial fue el que vivió la dupla inglesa de Elsa Lanchester y Charles Laughton, intérpretes educados en Europa que vivieron su amor queer a fuego lento durante 33 años, mientras filmaron algunas películas de las más originales de la historia del cine. Si bien la bisexualidad de Laughton era bastante conspicua, tanto como la complicidad de su esposa, en la cultura lgtbiq que recuperó personalidades que desafiaron los estándares sexuales, el reconocimiento de la rareza de este actor fue, hasta el día de hoy, casi nulo. ¿Por qué la diversidad sexual no reivindica a Laughton? Cary Grant o distintos actores que vivieron en el closet tuvieron sus tributos, Laughton no. Tal vez tiene que ver con los cánones de belleza que.su cuerpo y gordura transgreden. Tal vez por su bisexualidad, que la parte más reaccionaria de la cultura gay-lésbica considera como una indecisión. O simplemente por ser a su modo, grotesco y monstruoso, por ser demasiado libertino. Una hipótesis para entender la única actuación que cita Vito Russo, en su libro pionero del Hollywood en el clóset: el Nerón afeminado que Laughton interpretó en la película La señal de la cruz de Cecil B. DeMille. ¿Se habrá interpretado ese villano queer como un arquetipo negativo? Russo apenas incluye una foto de Laughton en su papel, y no agrega nada más, el texto ni se preocupa por pensar ese personaje y su caracterización. Es probable que un poco de todo esto pese en el rechazo que la cultura lgtbiq más oficial tiene por el actor. Sin embargo, lo más injusto es que como actor fuera de serie, único en su especie, bastante alejado de los arquetipos estéticos varoniles, por su mutante habilidad para manejar la ambigüedad, debería ser considerado un personaje queer.

LA SEÑORA MOSTRA

El hecho es que esa injusta subvaloración no sucedió con su esposa Elsa Lanchester, que se transformó en ícono gay, fue incluso una heroína queer, especialmente por haber encarnado a una figura que se precipitó a lo largo de todo el siglo XX: la novia de Frankenstein en la película de 1933 del cineasta gay James Whale. “Vestida en todo su esplendor, mitad Nefertiti, mitad fantasma, con una larga y blanca túnica nupcial -o mortaja o mantillas de recién nacida-, los brazos aún vendados (por la enfermera del estudio), el rostro con la expresión mohína y graciosa de Elsa Lanchester, los ojos bien abiertos y sin pestañar, las mejillas cruzadas con cicatrices, el cabello inolvidablemente peinado con mechones semejantes a relámpagos blancos, a mitad de camino de una zombi y una futura punk, excéntricamente sexy”, escribe Alberto Manguel en su ensayo dedicado a La novia de Frankenstein, libro que bastaría para conocer la altura queer de la actriz. Claro que Lanchester fue más grande que ese personaje, pero pocos personajes fueron más grandes que ése, teniendo en cuenta que solo aparece cinco minutos en la película. Difícil encontrar una actuación tan pregnante, demencial, sexual y camp en el tiempo que dura un relámpago, una canción punk. Con la cabellera electrocutada, Lanchester fue pura energía queer. En el estreno de la película, según cita Manguel, Laughton le dijo al director Whale: “Elsa tiene unas hermosas orejas en forma de concha, ¿no te parece?”. Así de extraño, monstruoso, era el amor que los unía.

Annex - Lanchester, Elsa (Bride of Frankenstein, The)_01

CON MUSICA DE FONDO

“Laughton es uno de mis actores preferidos, un poco por herencia, porque para papá era su actor preferido. Por eso de chico vi muchas películas de Charles Laughton, algunas incluso me asustaron, cuando vi El Jorobado de Notre Dame me pegué un julepe terrible, era muy impresionante”, dice Fernando Albinarrate, que le dedicó al actor inglés el musical Ni con perros, ni con chicos…, que se estrena mañana en el Teatro Nacional Cervantes.

CHARLES LAUGHTON Quasimodo

 

A Lanchester& Laughton una de los rasgos que también los unía era ese shock, ese temblor que produce verlos actuar: ambos interpretaron papeles en películas de terror. Hoy Albinarrate añora ese electroshock que significaba Laughton. “Por esa cosa nostálgica nació la idea de escribir algo sobre él. Primero como una curiosidad, primero era Laughton solo y no era un musical, estaba haciendo una fantasía alrededor de él pero la obra no cuajaba. Hasta que la puse a Elsa por ayuda de mi mujer, Anahí, que siempre trabaja muy cerca mío. Y cuando apareció Elsa surgió la historia sola: ella es la que cuenta, es el personaje al que le pasan las cosas.

Laughton fue un actor fuera de serie, que decía ‘Los actores del método te muestran una fotografía, yo prefiero pintar al óleo.’ Era un tipo muy especial, construía sus personajes como si fueran una obra de arte.Todo eso es muy interesante, pero lo más interesante pasó en una relación de 33 años con una mujer que lo sostuvo, que casi te diría que lo amadrinó”.

Albinarrate encontró la voz narrativa en la lengua de Lanchester, especialmente luego de leer su autobiografía, que prácticamente está dedicada a hablar de Laughton, como un último acto de amor a su marido, que falleció en 1962, casi un cuarto de siglo antes que ella.

“Elsa habla de las relaciones homosexuales de su marido a calzón quitado en su autobiografía. Incluso habla en una biografía anterior, la primera de Laughton, que escribió junto a Charles Higham, ella habla de esto que los dos habían dejado no en secreto, pero sí en privado. Hollywood conocía la historia, los cercanos a Charles y a Elsa la conocían, es más, con dos o tres de los amores reales de Charles, ella tenía diálogo y compartía la mesa”, resume Albinarrate, que en su obra Ni con perros, ni con chicos… cuenta la sexualidad gay de Laughton: de hecho, el primer beso de la obra es entre dos hombres, como punto de partida romántico de un musical que tiene a un matrimonio queer como protagonista, que se aparta de la heteronorma, a pesar de estar constituido por un hombre y una mujer.

MUCHACHA PAN

“Elsa era muy especial, era capaz de decir que Isadora Duncan era una bolsa de huesos, que no enseñaba nada. Tenía una libertad moderna, era hija de un matrimonio de comunistas y sindicalistas que nunca se casaron. La mandaron a estudiar a Francia con Isadora Duncan cuando era adolescente. Y ella fundó con cuatro amigos un lugar que se llamaba The Cave of Harmony, que era una especie de café-concert, como si hubieran armado un galpón en la era de Carlitos Perciavalle y Gasalla cuando eran jóvenes, era en los años 20, eran londinenses, eran victorianos. Ella no cantaba nada bien, pero no le importaba”

Lanchester tal vez sea una de las muchachas punk de la historia, alguien que hacía de su defecto un estilo: su voz insuficiente, limitada, igual la hizo sentir, como cuando la novia de Frankenstein emite su sonido característico, un rugido tétrico inspirado en el graznido de los cisnes, como un bestial llamado de apareamiento. El personaje de la novia de Frankenstein aparece en un cuadro de este musical cuando bailando al lado del personaje del jorobado, podrían tranquilamente confundirse con una coreografía de The Rocky Horror Picture Show. Porque

Albinarrate, en complicidad perfecta con la dirección de Javier Daulte, hicieron de la puesta en escena un espacio que puede ir de la elegancia del music hall de los 30 a la estrafalaria estridencia de la opera rock, aunque algún cuadro o alguna canción también pueda remitir alguna película del Disney clásico. Porque ese teatro que se desnudaba en la vida y obra de la pareja de actriz y actor, era la escenificación del desprejuicio genérico, como bien explica Albinarrate: “Ella era una gran compañera de él y lo sostenía mucho pero él tambié, él la ayudaba mucho en sus unipersonales. Elsa era una especie de Niní Marshall se paraba en un escenario y se ponía a cantar canciones, hacía miles de personajes distintos, muy cómicos y él la dirigió muchas veces. Y tenían esta cosa muy interesante los dos de un tránsito por el teatro muy abierto. Hay una canción en la obra que se llama Todo es teatro, que para mí es la filosofía de Laughton. El trabajó con Abbott y Costello, en una película que se llamó Abbott y Costello contra el Capitán Kidd, fue criticadísimo y él estaba chocho, se divertía horrores con Costello, él la disfrutaba. Cuatro años después de Capitán Kidd se fue a hacer Rey Lear a Londres y Sueño de una noche de verano. Y Elsa también pasaba de hacer Shakespeare y Peter Pan a hacer unipersonales graciosos y un montón de payasadas en programas cómicos de televisión. Tenía un tránsito por la vida actora, teatral y cinematográfica muy libre. “Una de las más románticas canciones de amor de este musical está dedicada a la versión crossdressing de Peter Pan que interpretó Lanchester, puro amor al desarreglo genérico en el País de nunca jamás.

NENA NERON Y OTRAS CRIATURAS

Ser un mutante, adaptarse a cualquier género, pero siempre seguir siendo monstruo. Tal vez esa sea la seducción del dúo, del matrimonio monstruo. “Laughton decía que tenía cara de culo de elefante. Y él aprovecha muchas cosas de su fealdad y su aspecto físico, pero también es capaz de cambiar, de achicarse y de agrandarse. Es sorprendente cuando lo ves en Enrique VIII, con la que gana el Oscar, que era una imagen de una potencia, grande, pero no está tan gordo porque era joven, pero es una figura de una virilidad llamativa. Y un año antes hace Nerón, que es una nena, gordita. Cecil B. DeMille estaba asustando, porque Laughton hace una actuación muy kitsch, es un Nerón de una lascivia, de una puerilidad, es impresionante, pero de una mariconería imposible para los años 30. Era un tipo que tenía una ductilidad muy grande de cómo usar su cuerpo. En eso era monstruoso.”

Nero

charles-laughton-2 nero

El acierto primero de la obra es saber que ese monstruo era Omar Calicchio, que está a la altura y dimensión de Laughton, por haber trajinado décadas de teatro infantil tanto como de pubs gays (con algunos de los momentos más memorables del under marica de los 90) pero también ser un actor frecuente en los musicales más comerciales de calle Corrientes. Calicchio tiene el swing de la improvisación, el timing del music hall, el camp del transformista, el dominio escénico del profesional aguerrido y la gracia ingenua del amateur. Es criatura teatral anfibio. Y acá exhibe bastante su cuerpo para placer de la platea anfibia, y la rompe de pe a pa en Ni con perros, ni con chicos… Y no es el único. Y ese es el gran mérito general, porque una obra musical sobre actores y actrices tiene su riesgo, hacer metateatro siempre implica estar un paso adelantado, actuar exhibiendo la actuación. Pero el resto del cast está conceptual y artísticamente en un equilibrio notable: Laura Oliva pasa sin esfuerzo de un realismo sentimental de melodrama glam a la fantasía cómica o freak, Dennis Smith interpreta varios personajes que maneja con una soltura que tiene valor de la revelación, y Julieta Nair Calvo se planta en una ingenuidad necesaria en su afectación como para brillar en su lateralidad.

“Ni con perros, ni con chicos…, el título, tiene una ambigüedad, y en la obra por ahí lo ves. Pero sale de una célebre frase teatral que dice que nunca actúes con perros ni con chicos, porque te van a quitar todo protagonismo: vos podés estar haciendo un gran esfuerzo, podés estar haciendo tu gran interpretación pero estás al lado de las trenzas de una nena o de un gatito y te sacan la atención. Y Hitchcock había dicho ‘no actúes ni con perros, ni con chicos, ni con Charles Laughton’, porque también te podía sacar del foco de atención. Decían que si lo veías incluso sentado haciendo nada, igual te sacaba de la escena que estaba pasando alrededor. Ese era un poco el chiste que Hitch hacía.” La historia de la cultura lgtbiq se olvidó de prestar atención a la historia de Charles Laughton y Elsa Lanchester, una obra como esta, por fortuna, vuelve al teatro un acto de justicia. In Página 12/ Argentina

 

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