La decisión de Hiroshima


A 70 años de la bomba nuclear

 

hiroshima

Por Héctor D’Amico

Keiko Ogura tenía ocho años recién cumplidos cuando una bomba bautizada con un nombre inocente, “Little boy”, cayó desde el cielo y acabó en nueve segundos con la vida de unas 100.000 personas. Fue la mayor hecatombe nuclear de la historia. Ogura es uno de los 60.000 hibakusha, como se llama a los sobrevivientes del bombardeo y como ellos se reconocen a sí mismos, que asistirán a los actos del 70° aniversario del ataque a Hiroshima, celebración que concluye hoy en el Parque Conmemorativo de la Paz, construido en 1954 cerca del punto exacto donde se produjo el estallido. “El cielo se derrumbó sobre nosotros y luego volvió a levantarse”, son las palabras, casi bíblicas, con las que numerosos hibakusha todavía recuerdan lo que siguió a la explosión. Pocas veces alguien describió de manera tan simple y creíble lo que debe ser el infierno.

La bomba fue detonada a unos 500 metros de altura, sobre la cúpula de hierro del hospital Shima, el único que logró mantenerse en pie en un vasto espacio de tierra arrasada y que fue adoptado como símbolo de la ciudad. Después de la rendición los científicos confirmaron que la temperatura había alcanzado los 50 millones de grados centígrados en la zona del impacto y 1800 grados a una distancia de dos kilómetros.

Que apenas seis días más tarde Japón aceptara rendirse, poniendo fin a la devastadora guerra en el frente del Pacífico que disparó el ataque a Pearl Harbor, hizo de Hiroshima, para los norteamericanos y sus aliados, la misión ultrasecreta y victoriosa que a un costo de vidas sobrecogedor hacía posible que decenas de miles de compatriotas pudieran regresar a su hogar. Es cierto, fue la destrucción de Nagasaki, tres días después, la que terminó por convencer de la derrota al alto mando japonés y al emperador Hirohito, considerado como un semidiós; tanto que, después de la rendición, se le permitió tener un espacio propio en la naciente democracia que llegó con el general McArthur. Hiroshima, sin embargo, es el hecho que quedó en la memoria colectiva como el punto de inflexión, la bisagra del conflicto y, por consiguiente, el que más páginas ocupa en los libros de historia.
El período de posguerra, de modo algo sorpresivo, alteró la perspectiva con la que tantos combatientes y no combatientes registraban los hechos y las imágenes que llegaban desde el frente. La paz, de pronto, aportaba dudas impensadas, una curiosidad más activa, y planteaba disyuntivas para las que no había respuestas fáciles.

Cuando las cifras de víctimas fatales y de heridos en Hiroshima llegaron a los diarios de todo el mundo, los científicos del Proyecto Manhattan, los padres de la bomba atómica, comprendieron que ésta también había terminado impactando sobre sus conciencias. Albert Einstein, como en tantas otras ocasiones, fue el primero en ver algo extraño, perturbador, al final del túnel. En una carta dirigida al presidente Franklin Roosevelt, fue el primero en alertar, en 1939, acerca de una serie de experimentos que se estaban llevando adelante en varios laboratorios, sobre todo en el de Los Álamos. Mencionó, por ejemplo, la factibilidad de iniciar una reacción nuclear en cadena en una gran masa de uranio, por medio de la cual se generarían enormes cantidades de potencia y grandes cantidades de nuevos elementos parecidos al uranio. “Este nuevo fenómeno – escribió- podría ser utilizado para la construcción de bombas, y es concebible, pienso que inevitable, que puedan ser construidas bombas de un nuevo tipo extremadamente poderosas.”

Antes y después del primer ensayo atómico exitoso en el desierto de Nuevo México, fueron los miembros del Proyecto Manhattan, entre los que estaban científicos eminentes, como Robert Oppenheimer, Niels Böhr y Enrico Fermi, los que informaron al presidente Harry Truman que la predicción de Einstein finalmente se había cumplido. Tiempo después, en la conferencia de Yalta, Truman compartió el secreto de la bomba con Churchill, pero no con Stalin, a quien consideraba el inevitable próximo enemigo de los aliados. En julio de 1945, en la conferencia de Potsdam, Truman le confirmó a Churchill que había asumido la responsabilidad de bombardear Hiroshima.

El piloto elegido para planificar la compleja estrategia del primer bombardeo atómico de la historia se llamaba Paul Tibbets y fue uno de los héroes más condecorados y polémicos de la Segunda Guerra. Había bombardeado la Alemania nazi en cuarenta ocasiones, aterrizado de noche en el peligroso aeropuerto de Gibraltar llevando a un único pasajero, el general Eisenhower, que preparaba la invasión aliada a Sicilia, y fue Truman en persona el que lo convocó de madrugada a la Casa Blanca para ponerlo al frente del Grupo Especial 509, encargado de diseñar la estrategia para arrojar la primera bomba de uranio sobre una ciudad. Tibbets, en una extensa entrevista que me concedió para LA NACION, en 1998, reconoció, como quien acepta lo inevitable, que en su vida hubo un antes y un después del vuelo a Hiroshima; sin embargo, había conseguido preservar la privacidad de su familia y desempeñarse hasta su retiro de la fuerza aérea “como un ciudadano más”.

Entre los argumentos que expuso en aquel momento para describir lo que él y sus compañeros llamaban “la decisión de Hisroshima” ocupaba un lugar destacado lo ocurrido en la batalla de Iwo Jima. La invasión norteamericana a esa pequeña isla rocosa, punto neurálgico para la posterior invasión a Japón, terminó en una de las más sangrientas batallas libradas en el Pacífico. En un mes, de los 21.000 defensores de la isla, 19.000 murieron en combate y 1083 fueron tomados prisioneros. Los norteamericanos tuvieron 6800 muertos y 26.000 heridos. Tibbets confirmó que la misión a Hiroshima era un hecho, pero lo ocurrido en la isla daba la razón a las estimaciones de Washington que pronosticaban más de 600.000 bajas, entre norteamericanos y japoneses, en caso de tener que invadir las islas. Otra estadística aterradora, con más de 200.000 víctimas fatales, fue el resultado de tres días consecutivos de ataques aéreos norteamericanos a Tokio utilizando bombas incendiarias.

Al terminar la guerra, después de explicar una y otra vez por qué había ordenado pintar el nombre de su madre -Enola Gay- nada menos que en la trompa del avión que arrojaría la bomba sobre Hiroshima, Tibbets fue protagonista y testigo de un asombroso cambio de opiniones tanto de sus compatriotas como de ex combatientes japoneses. Durante los primeros años, cada 9 de agosto, para el aniversario, llegaban por correo a su hogar en Columbus un promedio de cuatro mil cartas, telegramas y también notas sueltas dejadas por los vecinos sobre el jardín. Con el tiempo, recibió unas seis mil cartas, con la novedad de que muchas habían sido enviadas desde diferentes lugares de Japón. Eran de familiares de caídos en combate, soldados que habían luchado en China o en Filipinas y en algunos casos mencionaban el efecto que habían tenido las dos bombas para acelerar el fin de la guerra. En la década del 60 todo cambió. La irrupción de los ambientalistas, los grupos verdes, los reclamos pacifistas en las universidades y el creciente rechazo a toda actividad vinculada a la energía nuclear fueron suficientes para transformar al piloto de Hiroshima en un enemigo del pueblo. Los mensajes ahora eran amenazas. Tibbets, pragmático, le pidió al correo que lo eximiera de recibir otra carta. Vivía en carne propia el carácter inestable, caprichoso, con el que la opinión pública es capaz de juzgar al prójimo según las épocas o los intereses predominantes en la sociedad. Fue un héroe que, en lo que dura una década, convivió con la gloria y el barro.. | LA NACION. Argentina

 

 

 

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