LA RUBIA NEGRA


Los padres de una importante activista por los derechos de los afrodescendientes revelaron que su hija es blanca y no negra, como lo estuvo sosteniendo a fuerza de bronceador, rizado permanente y un pasado fabricado. Ella responde “me identifico a mí misma como negra”, mientras de derecha a izquierda circula la pregunta: si se acepta la transexualidad, ¿por qué no hablar de transracialidad?

Por Liliana Viola

Rachel Dolezal / Rachel Dolezal/ Caitlyn Jenner

Rachel Dolezal / Rachel Dolezal/ Caitlyn Jenner

Quemar un corcho, esperar que se enfríe y luego pasarlo por la cara. Actuar de negro, actuar de esclavo. Encender una vela y cruzar el escenario recitando “el sereno da las doce”; responderle “sí, amita” a la dama antigua; vender mazamorra, alimento tan extinguido del menú como estos personajes casi sin parlamento en el reparto de la construcción nacional. La activista Rachel Dolezal, en un contexto muy diferente al de la colonia pero colonialista a pleno, actuó la negritud. Y una vez descubierta, sus movimientos resultan tan esquemáticos como los de los pequeños actores y actrices de nuestras fiestas patrias. Pero antes nadie dudó, dicen los que la vieron en acción. Ni siquiera Tim Wise, el autor blanco y reconocido activista por los derechos de los negros, que alguna vez fue vetado por Dolezal para dar una conferencia, porque, según ella, no se puede hablar en nombre de los negros siendo blanco. Por un lado, el experimento de apropiación pone en evidencia la ficción de la raza, pero por otro no mueve un pelo sobre la realidad del racismo. Negar las diferencias étnicas y culturales como si todo fuera una cuestión voluntaria o voluntarista implica un borramiento de las identidades que no pueden hacer como que. ¿Es tan fácil pasar por negra? Difícilmente pueda alguien de piel oscura clamar que es blanco incluso aportando datos filiatorios que le den un gris en el porcentual. Y, por otra parte, ¿quién gana una mejor vida con este tránsito libre?

Hacerse los rulos

¿Por qué alguien querría ponerse en el lugar del que está en inferioridad de condiciones? Es la pregunta que fascina y que en parte ya respondieron los infructuosos y bastardeados intentos en sentido contrario del Michael Jackson. Dejando explicaciones psicológicas para otro capítulo, acaso la negritud obligatoria que impuso para muchos músicos el prestigio del jazz (hay varios casos célebres de identidad fraguada) regresa ahora con la tentación de puestos y privilegios de la llamada discriminación positiva. La derecha se relame. Uno de los primeros actos de Dolezal, según sus padres, fue conseguir una beca declarando falsas gotas de sangre afro. Pero ahora también salta que una vez acusó a la prestigiosa universidad donde estudió (conocida como la Harvard de los negros) de discriminarla por blanca, haciendo valer en ese caso la condena de sus ojos verdes en un terreno minado por la protección a las minorías. Hasta aquí, una caricatura de la cuestión identitaria entendida como extorsión. Su último acto fue denunciar que la estaban acosando con mensajes de odio que aparentemente se habría mandado ella misma.

Pero hay otro dato más curioso: el factor peinado se destaca en la construcción Dolezal, a quien en YouTube se la puede ver teorizando sobre “pelo y colonialismo”, y en fotos varias, con muy variados afrolooks. Hasta comienzos del siglo XIX los antropólogos preocupados por establecer categorías raciales recurrieron a la forma del cráneo y al análisis del cabello para sus clasificaciones. La asignación de una raza, como la asignación de un sexo y un género se ha hecho a ojo. Pero raza y género no son lo mismo. Para empezar con un ejemplo, una tiene el factor hereditario y la otra no. Sin embargo la conexión y los cruces que tanto se han reclamado desde el activismo negro se producen aquí, aunque en tono de comedia. Si hay transexualidad, hay transracialidad, dicen los que corren por izquierda mientras se cuela un fallido aún en las versiones más progres: resulta que “los padres sacaron del closet a Rachel”, en clara alusión a la mentira y la falsificación que salpica a las identidades sexuales.

Transexualidad. Moda, deporte y visibilidad

Es que primero fue la tapa de Vanity Fair. Una despampanante dama de sesenta y cinco años hasta hace poco respetada como el ex campeón olímpico Bruce Jenner y padrastro de las mediáticas hermanas Kardashian, se presentaba en sociedad sin muchas más explicaciones que un titular: “Llámenme Caitlyn”, ligero aire a Isabelle Hupert, pose de loba en ropa íntima, golpe más fuerte al mandato etario de reclusión final de las carnes que al de género. Con el eco del “Llámenme Ismael”, primera frase del narrador de Moby Dick, único sobreviviente y dueño absoluto del punto de vista, Caitlyn con el fondo de su casa en Malibu y su porche se colocaba del lado de los oprimidos, pero de los oprimidos que hablan últimos. Y fue, para gran parte del público, como si la transexualidad hubiera aparecido recién en junio de 2015, con gloria, glamour y deporte, felicitación de Obama y de respetables figuras de Hollywood. El paso de la sección policiales, recorte obligado de la biografía trans, a la tapa de una revista de moda, parece compactar años de activismo, mientras a su vez se hace posible gracias a esta historia transcurrida.

Transracialidad. Entre la farsa y la utopía

A la semana saltaba la noticia de que la presidenta de Avance de la Gente de Color (Naacp), pelo mota, piel canela y ojos verdes era caucásica (sic), los padres alegaron sangre checa y alemana; que el joven negro que presenta como su hijo en realidad es su hermano adoptivo, que el que presenta en Facebook como su padre en realidad es cualquiera. Y así como la fotografía de Annie Leibovitz había puesto en clave sexy la femineidad de Caitlyn, los padres de la falsa negra shockearon al mundo con la foto de infancia de una especie de Heidi blanca leche. Las voces que se habían mantenido reprimidas ante el shock identitario en Vanity salieron desbocadas a interpelar por izquierda: si la primera se siente mujer y la sociedad se apronta a respetar su decisión, por qué no respetar a quien asegura sentirse negra. Los directivos de Naacp reservaron la corrección hasta el final. “Dolezal no fue elegida para el cargo por su color.” ¿Acaso no se dijo en debates ganados que género y raza son construcciones sociales? Dolezal, aprovechando el viva la pepa de la falacia, primero se escapó de la pregunta concreta sobre si era afrodescendiente y luego volvió con un discurso claramente expropiado de referentes transexuales: “Cuando era chica, me dibujaba a mí misma coloreada con crayón marrón”, lo mío es más complejo que una identidad. Su declaración ha hecho más que desenmascarar la diferencia que hay entre construcción y farsa, autopercepción de género y expropiación de recursos. La construcción del género es social tanto como la racial, eso no borra que la segunda está construida como hereditaria, y que tiene como constitutivo un estigma y que la primera se afianza en una division binaria. Cuando una persona transexual se reconoce como mujer no lo hace porque se siente identificada con la misoginia que sufre ese grupo. La respuesta de varios colectivos se hace oír por fuera de los términos en los que se ha planteado esta discusión: pretender una relación entre Dolezal y Caitlyn Jenner constituye un ninguneo de los problemas reales que muchas personas trans y personas trans de color enfrentan hoy: problemas para conseguir una transición con el debido cuidado médico, para eludir la violencia, superar un promedio de vida, que también en Estados Unidos no supera los 37 años. Disolver las diferencias puede ser una utopia, pero negarlas, un crimen.

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