LEILA GUERRIERO Y “LOS MALOS”: “SABIA QUE IBA A SER UN LIBRO EXTREMO”


Foto:  Diego Sampere

Foto: Diego Sampere

Por J.C. Ramírez Figueroa*

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Llega una espeluznante colección de perfiles sobre el horror personificado en América Latina, entre ellos, Mamo Contreras, El Psicópata de Alto Hospicio e Ingrid Olderock, la mujer que entrenaba perros violadores en los años más violentos de la Dictadura. Casi 600 páginas de sangre, horrores y daños profundos que han conmocionado nuestros países.

La escena parece película de Scorsese. O Coppola. O cualquiera de esas que incluyen sangre, compromisos y estupidez cotidiana. Manuel “Mamo” Contreras va al casamiento de su hija, pero una llamada telefónica, mientras iba en auto, cambió sus planes ese 5 de octubre de 1974.

Sus hombres de la DINA habían matado a Miguel Enríquez, líder del MIR. Cuando llegó a la Calle Santa Fe en San Miguel, miró el cadáver, preguntó si habían tomado las huellas y dijo: “Pesquen a este huevón y se lo llevan al Servicio Médico Legal”.

La ceremonia de su hija, comenzó con dos horas de atraso sólo por eso. Pero la fiesta verdadera fue con sus subalternos. Pinochet, su jefe directo, tenía un enemigo menos y Mamo estaba en la gloria.

La “anécdota” aparece en el primer perfil de Los Malos (Ediciones UDP), a cargo de Juan Cristóbal Peña. El libro – y los 14 personajes que lo conforman – puede leerse como un mapa -oscuro, inverso – de América Latina, como explica Leila Guerriero, editora de este grueso volumen de 555 páginas que es la continuación natural de Los malditos, gran hit hispanoamericano de la editorial que buscaba retratar vidas tormentosas de artistas, también editado por ella.

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El horror es el principio activo que acompañará la lectura. Desde Santiago “El Pozorelo” Meza López (México), narcotraficante experto en hacer desaparecer cuerpos en soda cáustica hasta Luis Antonio “Papo” Córdova (Panamá) un policía que se autoproclamó rey de una zona selvática y a quien llamaron, convenientemente, “El rey del miedo”. Desde Bruna Silva (Brasil) que no contenta con cocinar, devoró a sus víctimas hasta Alejandro “Chaqui Chan” Manzano (Colombia) paramilitar, asesino por encargo y encargado de descuartizar a más de 100 personas.

Es recomendable leer cada uno de estos perfiles y luego, salir a tomar aire. Porque esto es un city tour por los rincones más salvajes y demenciales de la condición humana. Como Julio Pérez Silva, “el psicópata de Alto Hospicio” que, según le cuenta un cercano al periodista Rodrigo Fluxá, desde niño tuvo que acostumbrarse de los maltratos de su madre a su padre. “Él era una víctima, un hombre muy pacífico, y ella lo golpeaba. Acá toda la gente escuchaba cuando ella gritaba: ¡Ya perdiste la plata conchetumadre!”. Pero el futuro psicópata, terminó defendiendo y justificando a la madre.

Pequeños detalles que configuran historias complejas. Como sabemos, no hay blanco ni negro, sino zonas sucias que reviven – y resignifican – a personas a las que odiar por sus crímenes es lo correcto. En el capítulo dedicado a Norberto Atilio Bianco, médico argentino que atendía el embarazo de mujeres presas en Dictadura y que decidía el destino del bebé (“La mano que mece la cuna”, Miguel Prenz) se habla de los 100 puntos que obtuvo por sus superiores en competencia, capacidad intelectual, carácter o se cita a su familia que asegura que es “una buena persona” aunque son conscientes que nadie lo creerá. Pero, de todas formas la humanización -anulada en la mitología de un asesino- lo vuelve aun más brutal.

La génesis

El proyecto comenzó -como Los malditos– por idea de Matías Rivas, director de la editorial, explica Guerriero. Le propuso un libro que reuniera perfiles de seres siniestros latinoamericanos que estuvieran vivos (“finalmente, el libro tiene dos muertos. Una es Ingrid Olderock, que está incluida porque a Matías y a mí nos pareció que era indispensable; y el otro es el pandillero apodado El Niño, de El Salvador, a quien mataron un mes después de que el autor me entregara el perfil”).

Los autores de estos perfiles, “tenían que ser gente con acceso a personas muy siniestras o peligrosas que iban a estar seguramente presas, inubicables o escondidas, que iban a ser reticentes a encontrarse con periodistas, tenían que ser capaces de hacer un gran reporteo y de escribir estupendamente bien”

Identificados los autores, la editora se contactó con cada uno de ellos, explicándoles el proyecto. A quienes aceptaron les propuso iniciar una línea de conversación para pensar -entre ambos- a los posibles perfilados de su país.

“Si en el caso de Los malditos fui yo quien, a través de una búsqueda previa, elegí a los escritores malditos para después buscar el mejor autor de cada perfil, aquí fue exactamente al revés porque sabía que los autores que había elegido para escribir conocerían el territorio y los nombres de la maldad en sus países – Panamá, Colombia, Venezuela, Perú, México, etcétera – mucho mejor que yo (puesto que no buscaba sólo nombres tan restallantes como el del Mamo Contreras, sino que quería que el libro fuera una representación del mal en todas sus facetas, desde altos mandos y nombres muy conocidos hasta subalternos no tan renombrados pero con igual capacidad de daño)”.

Recibidas las propuestas, Leila investigó, evaluó y diseño la lista de perfilados. Le interesaba equilibrar el libro. Que no todos los países tuvieran el mismo tipo de individuo. “Como sabés, nuestro continente fue prolífico en dictaduras, por ejemplo, con lo cual hay muchísimos casos de maldad relacionados con torturadores o represores, gente oscura relacionada con distintas fuerzas de seguridad. Pero la idea era mostrar todo el espectro del mal: los abusos de las guerrillas, la trata de blancas, etcétera. Entonces hubo que generar esa suerte de puzzle complejo, modificar algunas opciones. También traté de que, cuando ameritara, el perfilado elegido representara una faceta del mal muy característica de su país. Por ejemplo, en México el perfilado es un hombre que trabajaba para el narco disolviendo cadáveres en soda cáustica, porque el narco es un tema central en México en este momento. O por ejemplo en Colombia, donde busqué específicamente a alguien que pudiera hacer un perfil de un paramilitar. Por otra parte, era importante que el perfilado elegido no fuera lo que llamaba “un caso”. Un hombre que hubiera matado a toda su familia no era alguien para incluir en este libro”.

Y agrega: “Necesitábamos que el mal tuviera trayectoria, recorrido, prontuario, empeño y convicción. Una vez convenido quién sería el perfilado, los periodistas hicieron el reporteo, escribieron, me enviaron los textos, y yo hice el trabajo de edición cuidando cosas que, para mí, eran fundamentales. Sobre todo una: que estuviera la voz de las víctimas. En un libro así, que intenta contar la faceta más terrenal de los malos, que intenta correrlos de la idea tranquilizadora de que son monstruos (un monstruo es una anomalía que se presenta cada cien años; un malo es un ser que puede ser el vecino de enfrente, alguien perfectamente adaptado para vivir en sociedad), la voz de las víctimas no puede faltar. La idea era decir “aquí están estos hombres y estas mujeres: no salieron de un repollo, son producto de las sociedades en las que nosotros nos criamos y vivimos, y ellos hicieron esto. Entendamos esas cabezas, que así es como piensan, sienten y se estructuran”. Pero sin la voz de las víctimas, ese relato no podía existir. Sin la voz de las víctimas, el retrato del malo es una aberración”

Así como nuestro continente tiene zonas geográficas/climáticas diferenciadas (caribe, patagonia, cordillera), el mapa del mal también las tiene?. ¿Hay ciertas características propias de “los malos” dependiendo de la región? No es mi sensación, más allá de que me parece que zonificar el mal – de manera casi meteorológica – sería una frivolidad. Pero sí creo que hay un tipo de maldad que se cobija y se nutre al abrigo de la corrupción, de la impunidad, del mal funcionamiento del estado de derecho, y que se da de forma muy marcada en nuestro continente. Los policías corruptos, los torturadores, los traficantes de mujeres, los narcos en grandes cantidades, sólo son posibles en espacios sociales fragilizados por la ausencia de las instituciones y del estado.

Me interesa mucho el proceso de selección de estos personajes. ¿Qué características vitales debían tener? ¿Exposición pública? ¿Cierto tipo específico de maldad? ¿Una personalidad que pusiera en tensión esa idea un tanto ingenua que los malos son malos en todas sus relaciones 24/7? Algo de eso respondí en la pregunta anterior. Hay perfilados de diversos tipos. Algunos sumamente conocidos en sus países – como el Mamo Contreras o Ingrid Olderock en Chile, o el Tigre Acosta, en la Argentina -, pero otros que no lo son tanto. La exposición pública no contaba en absoluto. Sí era importante lo que te dije antes: que fuera un sujeto con trayectoria en el terreno que nos ocupaba, el del mal. Y que no fuera uno de esos sujetos que provocan cierta simpatía en los lectores, como por ejemplo los estafadores o los asaltantes de bancos (que por un motivo que a mí me cuesta mucho comprender, a mucha gente le parecen una gente de lo mejor). Al hablar con los autores para definir al perfilado de cada uno, lo que intentaba pensar era cuál era la dimensión de daño que había producido esa persona, y cómo jugaba eso en el conjunto del libro. Porque sabía que iba a ser un libro extremo, y hubiera sido injusto incluir allí a cualquier tipo de persona, mezclándola con seres muy oscuros y tenebrosos. Otra cosa importante era el acceso. Me interesaba mucho que esta mirada sobre el mal fuera una mirada en primerísimo plano. Que las personas perfiladas hablaran, dieran su versión de ellos mismos y de los hechos. No se pudo hacer con todos – porque son muy reticentes a hablar con periodistas- pero sí con muchos.

La crónica sobre el Mamo Contreras, precisamente es escalofriante en cuanto a su humanidad. Cuando Cristóbal Peña lo va a visitar y habla con sus familiares, es imposible no sentir una incomodidad. ¡El viejo mandó a matar y torturar! ¡Por eso está en la cárcel! ¡Sin embargo acá aparece como un viejito amable! Aunque, con Ingrid Olderock uno, como lector, jamás puede sacarse de la cabeza la idea/imagen de los perros. Me voy a permitir decir, con cierto énfasis, que el Mamo no “aparece” como un viejito amable. El autor de ese perfil, Juan Cristóbal Peña, se encuentra con el Mamo al final del perfil, en la cárcel. Y no es casual que ese encuentro aparezca en el tramo final del texto. Porque uno, como lector, llega a ver a ese hombre viejo – humanamente viejo – en su celda cuando ya ha leído todo un texto de páginas y páginas a lo largo del cual se ha enterado, por si no lo sabía, de quién es ese hombre. Al final, la mirada del autor hace participar muy generosamente al lector de su propia incomodidad y de su propio desconcierto al encontrarse con él. Si esa escena hubiera estado al principio del perfil, algo hubiera crujido, hubiera hecho ruido. Poner esa escena al final es una decisión estupenda. Cada movimiento de este libro – cada movimiento narrativo – estuvo marcado por decisiones de ese tipo. El final del texto sobre Chaqui Chan, el paramilitar que entrenaba a otros en Colombia y que enseñaba a descuartizar gente, entre otras cosas, es otro ejemplo de eso: el autor, al final del texto, llama por teléfono a Chaqui Chan, que está detenido, para decirle que acaba de hablar con la viuda de una de sus víctimas y que esa mujer lo ha perdonado. No la revelaré acá, pero la respuesta que da Chaqui Chan al otro lado del teléfono, y que es la respuesta con la que termina ese perfil, es un mazazo en la cara del lector. El perfil sería muy otro si ese final no estuviera ahí para decir lo que dice y resignificar todo lo que hemos leído hasta ese momento.

Hay dos cosas que me llaman mucho la atención. Por un lado, cierto carácter seductor de muchos de estos “malos”. O al menos su capacidad de generar alianzas e integrarse a equipos y estructuras organizadas (pienso en “El tigre”, “La cuca” o “Papo” por ejemplo). Por otro lado, ciertas complicidades veladas o explícitas de los ambientes donde trabajan. ¿Estás de acuerdo? ¿Podemos hablar sobre eso? Pienso que esto tiene que ver con lo que te decía al principio. Con ese tipo de maldad que se genera en nuestro continente, y que existe cobijada en la corrupción y la impunidad que producen el mal funcionamiento del estado de derecho.

¿Cual fue tu mayor desafío como editora/compiladora de este libro? Aunque eso daría para otra entrevista, Claramente hay un dialogo entre tu mirada periodística y literaria junto a las de cada uno de los cronistas, con sus matices, obsesiones y arte en la redacción. En verdad, no sé. Fue un libro difícil. La temática era compleja y hubo dificultades para todo el mundo. Para mí, para los periodistas. Para muchos de los periodistas no fue fácil sostener una mirada durante tanto tiempo y de tan cerca con gente como la Cuca Antón, que torturaba mujeres embarazadas. Para muchos de ellos fue perturbador hablar con las familias de los perfilados y descubrir que la madre de un tipo que disolvía gente en ácido era una pobre señora mexicana que vivía en la miseria más rampante esperando cada dos semanas la llamada de su “hijito” desde la cárcel. Un editor tiene que intentar mantenerse sereno y aportar una mirada prudente sobre algo que un periodista quizás no ve tan claro porque está muy cerca del huracán. No hay gente monolíticamente mala pero eso no transforma a esa gente en un ángel. Ser un buen abuelo no te exime de ser un hijo de perra. Lo importante es, en todo caso, mostrarle al lector cuán buen abuelo es el señor equis y mostrarle, dos párrafos más abajo, cómo experimentaba métodos de tortura con un montón de señores puestos ahí para la ocasión.

Al parecer el libro es un formato estupendo para el reportaje de largo aliento. ¿No? La profundidad de la experiencia de inmersión del lector – y la riqueza de datos – es un precio alto que los diarios e incluso revistas que han apostado por los textos cortos, han debido pagar. Al menos así lo veo yo. Si, creo que el libro es un formato estupendo para el periodismo narrativo. De todas maneras, no creo que todos los temas deban o puedan transformarse en un libro. Me parece que hay una gran cantidad de temas que son más adecuados para las revistas, y que no tendrían autonomía para sostener un libro entero. ¿Qué hacemos con esas cosas: no las contamos porque nunca llegarán a un libro; o las contamos mal y cortitas porque ya no publicamos textos largos en las revistas o los diarios? Yo creo que el lugar natural del periodismo narrativo son los medios masivos, sobre todo las revistas, y que, de hecho, hay estupendos libros que antologan crónicas – como Larga Distancia y La guerra moderna, de Martín Caparrós, o La eterna parranda, de Alberto Salcedo Ramos, o Retratos y encuentros, de Gay Talese – que jamás hubieran sido posibles si esos textos no se hubieran publicado previamente en revistas. De modo que lo que quiero decir es que es estupendo que haya libros, pero que eso no exime a las revistas de darle un espacio al periodismo de largo aliento. [LL]

*Versión completa de entrevista publicada en Suplemento Ku.

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