Bahman Mohassess. Retrato de un artista sin concesiones


EL PICASSO DE PERSIA, NOTABLE DOCUMENTAL DIRIGIDO POR MITRA FARAHANI

Originalmente titulada Fifí aúlla de felicidad, la película de la realizadora iraní –ganadora en el Bafici 2014– no se encuadra en ninguna de las definiciones clásicas del documental: su objetivo es un artista plástico perseguido por los ayatolás.

Fifi-Howls-From-Happiness-film-poster

por Horacio Bernades

“No, ése no lo vendo, es el único cuadro que llevé conmigo a todas partes”, dice Bahman Mohassess, tal vez el mayor, aunque secreto y silenciado, artista plástico iraní del siglo XX y parte del XXI. “El trato es el 70 por ciento ahora, y el 30 por ciento restante cuando le entrego la obra”, precisa como si fuera su contador, ante dos compatriotas radicados en Dubai, dueños de tanta sensibilidad artística como de los petrodólares que se requieren para comprar su obra entera. O lo que queda de ella sin vender o romper. Más de lo segundo que de lo primero: si es cierto lo que cuenta y llevado por su nihilismo extremo, una de las especialidades del veterano Mohassess (79 años en el momento del documental) habría consistido en hacer pelota sus cuadros y esculturas. Como los chicos. Dueño de una risa fuerte que a consecuencia de su asma suena a soplido, la vida de Mohassess parece hecha de rupturas y roturas: las obras que no rompió él se las partieron los ayatolás, poco dispuestos a aceptar sus esculturas con penes a la vista.

Ganadora del premio a Mejor Película en la edición 2014 del Bafici, El Picasso de Persia (título de divulgación de un original traducible como Fifí aúlla de felicidad) es lo que podría llamarse “documental de búsqueda”. Así como en No sé qué me han hecho tus ojos (2002) Lorena Muñoz y Sergio Wolf iban detrás de la sombra de Ada Falcón, del mismo modo en que en Pacto de silencio (2007) Carlos Echeverría cerraba el círculo sobre Erich Priebke, en Fifi Howls From Happiness (título de distribución internacional) la realizadora y artista plástica Mitra Farahani va en busca del hombre al que todos creían muerto. Emigrado de Irán en tiempos del sha, perseguido con más tenacidad desde el acceso al poder de Khomeini y sus boys, en 2010 a Farahani le llega el rumor de que Mohassess estaría radicado en Italia desde hace décadas. Hace las valijas, lo encuentra en el hotel donde vive (el hombre es de costumbres peculiares) y en su habitación filma sus conversaciones, mientras el interlocutor le indica qué tiene que poner y sacar de la película.

B.M.

Se diría que Farahani la arma con nada. Pero ahí adentro parece estar todo. Fifi (cuesta llamarla El Picasso de Persia, no sólo porque suena a El príncipe de Persia sino porque identificar a Mohassess con el autor del Guernica es como identificar a los talibanes con Saddam Hussein, alla Clint Eastwood en El francotirador) es una de esas raras películas que tienen respiración propia: hay aire entre la cámara y el personaje, hay una sensación de falta de plan en el abordaje que Fahrani hace del tema y situación, da la sensación de que cualquier cosa puede pasar y cualquier fragmento puede sobrevenir. No porque Fahrani esté empecinada en ser rara y original, sino porque parece tener el suficiente coraje como para ir al encuentro de sus materiales y ver qué sale de allí.

Los materiales de Farhani son, claro, el propio Mohassess –su cuerpo vacilante, su remera roja, su risa loca, sus anécdotas, sus malos y buenos humores, su pensamiento en movimiento–, sus cuadros, reproducciones y los fragmentos de un documental previo, filmado en Irán en los ’70. La libertad con que la realizadora va de uno a otro pone su película en las antípodas del documental de cabezas parlantes, del documental “sobre artista” y del documental de archivo. Fifi es todo eso, pero sin fijarse a nada de eso como dogma o limitación, sino como variantes, útiles, herramientas. En el documental de cabezas parlantes, lo dicho tiene un valor casi sacro, definitivo, indiscutible. Aquí, Mohassess dice cosas geniales (“el matrimonio igualitario mata lo que la homosexualidad tenía de clandestino, de prohibido”), provocativas (“la democracia es un sistema tan nefasto como las dictaduras”), líricas (las frecuentes citas de más de un poeta), brillantes o chocantes, como cuando defiende su condición de artista “a pedido”.

B.M.

Si a alguien recuerdan el nihilismo, iconoclastia y furor antipatriótico de Mohassess es al colombiano Fernando Vallejo, herético como él (y homosexual como él, dicho sea de paso). No tener programa previo (si es que no lo tiene) no impide a Fahrani saber perfectamente cómo sacarle el mejor jugo a lo que presenta. Y darle forma a lo que fatalmente debe tenerla. Sistemáticamente dividida en cuatro capítulos cuatro, basta que aparezca esa pareja de hermanos coleccionistas para que la realizadora recuerde La obra maestra inacabada, de Balzac, desplegando de allí en más un sistema muy orgánico de relaciones entre el documental y la novela. O que el artista se siente a mirar maravillado El gatopardo, para que suceda otro tanto. O que su personaje empiece a escupir sangre (enfermo de los pulmones, no para de fumar), avisando que se muere, para que Farhani retire la cámara de él, pero deje encendido el micrófono.

EL PICASSO DE PERSIA

(Fifi az khoshhali zooze mikeshad, EE.UU./Irán/Francia, 2013)

Dirección y fotografía: Mitra Farahani.

Montaje: Yannick Kergoat y Suzana Pedro.

Duración: 96 minutos.

 

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