San Romero de América


por Carlos A. Villalba

 

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Ser salvadoreño es ser medio muerto / eso que se mueve / es la mitad de la vida que nos dejaron. Así lo expresaba Roque Dalton, tan escritor como dirigente político y jefe guerrillero, muerto en 1975, poeta supremo de esa “tierra de volcanes” que es El Salvador.
Entre esos seres, en medio de esos pobres, Monseñor Oscar Arnulfo Romero recorrió una peregrinación que partió de Roma en 1942 y tuvo estaciones en la parroquia del departamento de La Unión, 20 años en San Miguel, hasta alcanzar la mitra de obispo en 1970. Por fin, llega al escenario de su propio Gólgota, el arzobispado de San Salvador. Era febrero de 1977, la injusticia reinaba en el país y fue designado para reforzar el orden jerárquico y bendecir las matanzas, a los responsables de las matanzas de esos que ya estaban medio muertos.

* * *

En 1932 un animal de labranza tenía más valor que un trabajador salvadoreño, “porque la demanda es alta y su valor comercial dejaba mejores dividendos”, según los reportes de la embajada de Estados Unidos en el país. Trabajadores y campesinos, predominantemente indígenas, estaban hartos de vivir peor que las bestias de carga reclamadas por el mercado. Hartos y organizados. El dictador de turno, Maximiliano Hernández Martínez, ordenó la ejecución de todo aquel que se alzase contra su régimen.
Se produjo la matanza, el etnocidio; dejó unos 30.000 muertos en pocas horas, entre los primeros, Farabundo Martí, jefe del Partido Comunista, organizador por excelencia. La atrocidad se multiplicó, la pobreza fue miseria y se pierde la cuenta de los muertos, ¿75.000…, 90.000, 8.000 desaparecidos, un millón de refugiados y desplazados entre 1980 y los Acuerdos de Paz de 1992?

* * *

La mañana del 22 de enero de 1980, es diáfana. El sol empieza a levantar los olores rancios de los restos de comida, cáscaras, jugos, de las cunetas de San Salvador. Llegan mil, diez mil, cien mil o el doble, el triple. Mujeres y hombres, viejitos, jóvenes, nenes; pobres todos. Protestan contra otro gobierno que los hambrea y asesina. Nunca se vio tanta gente organizada y en las calles, con miles de cuadros protegiendo las columnas con armas largas y pistolas y con una coordinación entre los frentes de masas de las distintas guerrillas que accionaban en el país y controlaban distintas zonas, incluso el cerro Guazapa, a sólo 55 km de la capital de San Salvador, donde ya se organizaban los primeros gobiernos locales populares y se recibían alimentos e impuestos de los terratenientes.
El fuego de francotiradores no se hizo esperar. Desde las terrazas del propio Palacio de Gobierno, desde otros edificios gubernamentales, accionaron los fusiles belgas, alemanes e israelíes.

* * *

El silencio volvió a la ciudad. Después de los estampidos, los gritos. Tras las corridas, las ambulancias. Después la nada.
Los 10, 12 escalones de entrada a la Catedral estaban rodeados de paredes rojas, parecían baldeadas de sangre. Estaban baldeadas de sangre. Ese lugar, el santuario de Monseñor, fue uno de los puntos sobre los que el ejército disparó con mayor saña.
La nave es amplia. Los vitrales sencillos dejan colar los rayos y le van dando tonalidades que caen sobre el centro de la Catedral Metropolitana del Divino Salvador del Mundo. Se escuchan, apenas, murmullos; su casulla sencilla, blanca, atrae enseguida la atención. Unas 20 personas lo escuchan. Acercarse al punto de reunión es tropezar con una docena de cajones de muertos en tránsito. Así los definió él en aquella tarde de enero y sangre. Los familiares recibían como un bálsamo la explicación que les daba su pastor, se aferraban a esa “coherencia de sus vidas con sus muertes”, se concentraban en “la búsqueda de la justicia que ahora está más cerca, gracias a sus sacrificios”, en el consuelo de “morir por algo, de entregarse por los demás, por cambiar las cosas”.

* * *

Los pájaros revolotean sobre los árboles que rodean el rancho. El visitante no los puede identificar pero sabe que el cenzontle anuncia la hora de dejar las camas y arrancar la jornada y se encarga de pedir lluvias en los días secos. La doña corre el trapo e invita a la única pieza. Ya empujaron los colchones, ya está a disposición la pila de las pupusas más ricas del mundo, con sus rellenos de frijolitos y algún chicharrón.
Contra la pared del fondo la radio, la onda va y viene. Es la hora, la misa comienza, el rancho se convierte en capilla y la charla en concentración total cuando el Pastor comienza su homilía y lee el parte de situación, con centenares de mujeres y hombres del pueblo masacrados semana a semana y un par de decenas de militares caídos en combate. Termina el recuento y Monseñor explica, habla de injusticia, habla de derechos.
Pocos meses después, cuando ya le habían volado la radio –la YSAX– y transmite al mundo a través de la señal de Radio Noticias del Continente, la onda corta con la que Montoneros rompió el cerco informativo tendido sobre Latinoamérica y el Caribe, produjo su acto final. El 23 de marzo de 1980, aquel cura que arrancó su prédica en una capillita, les habló “a las bases” de las fuerzas armadas y de seguridad, les explicó que ellos “son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y, ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la ley de Dios que dice: ‘No matar’.”
Preciso, sin ambages, subversivo, estremeció a todos: “En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡cese la represión!”.
El mismo leía su sentencia de muerte. 24 horas después, por orden del mayor Roberto d’Aubuisson Arrieta, una bala impactó en el corazón del obispo. Ya lo había decidido, “si me matan, resucitaré en el pueblo salvadoreño”, se adelantó cuando el aire se enrarecía y todos intuían en El Salvador que el arma de los asesinos ya estaba cargada.
Hombre, de verdad sin apetencias personales, no quería honores, pero en ese mismo instante se convirtió en “San Romero de América”. En los altares de su pueblo como el de aquella jornada de radio y pájaros de maravilla él ya era santo, porque había sido pastor, orientador.
Por encima de cualquier burocracia cancerbera de los santorales y las puertas del cielo, Oscar Arnulfo Romero había sido elevado a los altares del pueblo desde hace mucho tiempo como San Romero de América.
Desde la misma Roma en que Oscar se convirtió en sacerdote, Francisco no sólo le abrió las puertas del santoral, sino que, al reconocer su martirio, avanzó en la reparación histórica de la memoria de las luchas populares en El Salvador –y en el continente– y del sacrificio de miles de hombres y mujeres que también pagaron con el precio de su vida el reclamo de justicia, igualdad, y dignidad humana, a la que se negaron Juan Pablo II y Benedicto XVI.

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