Grecia cambia ¿Europa cambia?


Más que frente a la derecha, la irupción de Siriza cuestiona el recorrido final de una socialdemocracia europea que perdió su identidad cuando asumió como propio el ajuste interno y la obediencia frente a la hegemonía alemana.

 

grecia escultura

por Federico Vázquez

 

La victoria de Syriza en Grecia podría significar el comienzo de un nuevo ciclo político en el continente. Más que frente a la derecha, esta irrupción cuestiona el recorrido final de una socialdemocracia europea que perdió su identidad cuando asumió como propio el ajuste interno y la obediencia frente a la hegemonía alemana.

Grecia es un país relativamente pequeño. Tiene menos de 11 millones de habitantes y apenas representa el 2% del PBI de la zona euro, de la cual, al menos por ahora, sigue siendo parte.

Visto desde esa perspectiva, el cambio político en Grecia, con el triunfo de Syriza (sigla que significa “Coalición de Izquierda Radical”) podría no ser más que un dato de color que apenas modifica al conjunto de Europa, donde la hegemonía la tienen fuerzas conservadoras o socialdemócratas.

Sin embargo, basta ver el pavor con que fue recibida la noticia en los principales diarios de la derecha española, país donde más se teme que se expanda el efecto contagio de Grecia, para entender que el impacto es muy superior a lo que podría desprenderse de los modestos números de la economía helénica.

El triunfo de la izquierda griega impacta de lleno en el imaginario europeo porque rompe un dique que hasta ahora parecía inmodificable. Ese dique era la creencia de que no existía posibilidad alguna de pensar por fuera del los estrechos marcos del consenso sobre las políticas de “austeridad”, eufemismo para hacer referencia a los ajustes de las políticas públicas que se volvieron la norma en Europa desde la crisis de 2008.

Pero es importante anotar lo siguiente: la identidad de Syriza como un partido de izquierda, no parece ser el punto central para entender lo que pasa, a pesar de la reiteración periodística sobre la ubicación ideológica de los ganadores. El discurso de su líder, Alexis Tsipras, comenzó a ganar adeptos en la medida en que identificó al problema de Grecia con relación a su condición de periferia continental respecto al poder hiperconcetrado que impone Alemania. La denuncia de Syriza se centró en la “troika”, el trípode conformado por el FMI, el Banco Central Europeo y la Comisión Europea, desde donde se dictaminan las políticas de ajuste que deben seguir los países en apuros financieros.

Así como ocurre con Podemos en España, Syriza agolpó al resto de la clase política en un rincón en el momento en que se permitió reinventar el eje del debate: rompiendo las tendencias de las últimas décadas, las cuestiones ambientales, de derechos civiles o la agenda de minorías no son las muletillas de este nuevo progresismo, sino una crítica directa a las secuelas sociales que dejó la larga recesión económica.

Es decir, se volvió a discutir de economía, de números, de cómo gestionar de los recursos públicos, de quién debe pagar los costos de la crisis. Y cuando el foco quedó puesto allí, en un marco de gran descontento social, quedó en evidencia que tanto los conservadores Nueva Democracia, como el histórico partido socialdemócrata PASOK, tenían el mismo libreto.

España y Grecia comparten la irrupción de estos movimientos políticos de ruptura, pero también tienen una historia muy parecida de sus socialdemocracias. Y es en el actual fracaso de esos proyectos políticos donde hay que encontrar las razones del nuevo mapa electoral, antes que en algún súbito despertar populista. Veamos.

Tanto Grecia como España compartieron una tardías transiciones democráticas, a mediados de la década del 70. En 1974 terminó la dictadura de los coroneles, lo que abrió paso a un gobierno conservador de Nueva Democracia. Pero pocos años después, en 1981, por primera vez en la historia, ganó las elecciones un socialista, Andreas Papandreu, líder del PASOK (Movimiento Socialista Panhelénico). El discurso de Papandreu tenía una gran sintonía con el de Felipe González, que en 1982 asumía el gobierno de España. Ambas, como izquierdas “posibilistas” en el marco de la guerra fría, tenían sin embargo un ambicioso programa de reformas, dentro de las cuales estaba, por ejemplo, el debate de si pertenecer o no a la OTAN. En el caso de Grecia, el país ya era miembro desde 1952, pero Papandreu había dicho en campaña que revisaría esa participación. España no era miembro, pero finalmente González llevó la cuestión a un referéndum, donde pidió votar el ingreso, para sorpresa de propios y extraños. En términos económicos, aquellas socialdemocracias planteaban una modernización política y social, y mantenían un programa de intervención estatal de la economía muy fuerte. El cuadro continental se completaba con Francois Mitterrand como primer presidente socialista en Francia, que había ganado proponiendo una estatización parcial de la economía.

Pero más allá de este flujo progresista en algunos países de Europa, el contexto mundial iba en otra dirección: la revolución conservadora de Margaret Tatcher y Ronald Reagan impusieron una dinámica económica distinta, dando por finalizado el ciclo de capitalismo keynesiano en el primer mundo. De a poco, las sociademocracias del sur de Europa se quedaron con el mandato de la modernización social y cultural pero, a cambio, debieron entregar las ambiciones de transformación económica. Unos años después, los vientos de reformas neoliberales llegarían a América latina

La perdurabilidad del ciclo socialdemócrata (14 años en Francia, 16 en España, 23 años en Grecia con una breve interrupción entre 1990 y 1993), aún con la defección de sus programas transgresores originales, se explica en parte por la puesta en marcha del proyecto europeo, cimentado durante los 80 y 90, y concretado simbólicamente cuando el 1 de enero de 2002 el euro reemplazó a las monedas nacionales. El sur periférico parecía alcanzar el status del desarrollo anglosajón.

La socialdemocracia del sur de Europa llegó con energías suficientes como para ser parte del inicio del proyecto de unión continental, pero ya bajo los signos inequívocos del poderío alemán y la hegemonía de los poderes financieros. Si a comienzos de los años 80 la institución puesta en debate por los gobiernos de izquierda había sido la OTAN, hacia el final del ciclo, aquellos partidos habían aceptado mansamente el control de otras instituciones, no menos invasivas: el Banco Central Europeo, la Comisión Europea y las reglas estrictas del Tratado de Maastricht, redactadas acordes a las necesidades de la competitividad de la economía alemana. La crisis de los últimos años expuso de forma descarnada hasta qué punto el proyecto europeo aumentaba la desigualdad histórica entre sus miembros en vez de atenuarla.

Lo fundamental de la victoria de Syriza en Grecia (y un eventual triunfo de Podemos en España antes de fin de año) no es tanto la victoria sobre gobiernos conservadores, por otra parte altamente deslegitimados, sino la recuperación de una tradición progresista que había quedado vaciada de contenido cuando las socialdemocracias de los años 80 hipotecaron la experiencia inicial y se convirtieron mansas ejecutoras de los planes de ajuste y receptoras de las directrices de Europa.

 

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