A Alá lo que es de Alá


por Davis Torres/ Público/ Es

 

 Zitty Berlin


Zitty Berlin

 

De acuerdo, los autores de la masacre de Charlie Hebdo entraron disparando sus kalashnikov al tiempo que gritaban “Alá es grande”. De acuerdo, eran musulmanes. De acuerdo, hay suras del Corán dedicadas a la yihad y al exterminio de los infieles que, sacadas de contexto, pueden justificar cualquier atrocidad. De ahí a inferir que el islam, la religión más extendida del planeta Tierra, con más de mil cien millones de seguidores, no es más que una serie de mandatos salvajes y homicidas contra todo lo que suene diferente, va un abismo. Aproximadamente el mismo que va a inferir que el responsable último de la matanza de Noruega, donde murieron 77 personas, es el cristianismo sólo por el hecho de que el homicida (Anders Breivik) era un fundamentalista luterano ultraconservador que justificó su acto en nombre de la defensa de una Europa civilizada, cristiana y blanca.

Para los mondrianes del pensamiento que aún dividen el mundo en parcelas del estilo oriente y occidente, blanco y negro, norte y sur, cristianismo e islam, traigo malas noticias. La principal es esa penosa creencia de que el cristianismo ya ha superado sus enfermedades de pubertad, la manía de las cruzadas, de matar brujas, ahorcar herejes y quemar libros. Lamento informarles de que en el norte de Uganda todavía quedan los restos del LRA (Ejército de Resistencia del Señor), una organización militar cristiana liderada por Joseph Kony y dedicada al saqueo, al asesinato y a la violación de niños durante un conflicto que tuvo en jaque la región durante más de dos décadas, lo que provocó el éxodo de dos millones de refugiados y al menos doce mil víctimas. Para que se hagan una idea del grado de bestialidad de estas alimañas (y vean que los cristianos de Kony no tienen nada que envidiar a los musulmanes del Estado Islámico), baste señalar que no sólo usan a los niños como esclavos sexuales sino que, entre las técnicas de entrenamiento para reclutarlos, les obligan a matar a sus propios padres. Para los imbéciles recalcitrantes que piensen que Uganda les cae muy lejos o que eso es cosa de los africanos o del color de la piel, habrá que recordar el nombre de la matanza religiosa más grave ocurrida en Europa desde la Segunda Guerra Mundial. No es fácil de pronunciar: Srebrenica.

Srebrenica, donde ocho mil bosnios musulmanes fueron ejecutados sólo por ser bosnios y por ser musulmanes, no tiene nada que ver con el cristianismo ni con la Iglesia Católica Apostólica Ortodoxa ni con la Biblia ni con el Nuevo Testamento. No hay una sola línea en las Escrituras que justifique esa matanza, por mucho que rebusquemos en los pasajes de Sodoma y Gomorra o en aquella curiosa frase de Jesucristo de que no había venido a traer la paz el mundo sino la espada y a enfrentar al hijo con el padre. Eso es mear fuera del tiesto, tan traído de los pelos como bucear en el Corán y sacar dos líneas del profeta para sugerir que el islam está detrás del atentado contra las Torres Gemelas o de la sangre derramada por unas caricaturas de Mahoma.

La historia es muy sencilla y no va de cristianos contra musulmanes, ni de islam contra occidente, ni de ricos contra pobres, sino de barbarie contra civilización. De lo que ha ido siempre. O ayudamos todos al islam a superar el cáncer del fundamentalismo y a inaugurar su propia ilustración, o estamos bien jodidos. Y ya que jugamos a teólogos, podemos señalar que los asesinos de Srebrenica, aparte de faltar al quinto mandamiento, tomaron el nombre de Dios en vano, un pecado tan repugnante como el de esos asesinos que entraron en la redacción de Charlie Hebdo con la boca llena de Alá y su grandeza. No olvidemos ni uno solo de los doce muertos en París, tampoco a Ahmed, el policía musulmán al que todos vimos suplicando piedad a sus asesinos, y que probablemente murmuró antes de morir: “Alá es grande”. Musulmanes matando a musulmanes y franceses matando a franceses. Así de jodido está el cubo de rubik, así están los autos de su choque de civilizaciones, señor Huntington. Al César lo que es del César y a Alá lo que es de Alá.

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