El otro no me importa


por Bernardo Kliksberg

  Ivan Honczar

Ivan Honczar

Exabruptos sociales

De acuerdo con un informe de la ONU, el crecimiento continuo de las desigualdades no sólo es “intrínsecamente injusto”, sino que afecta “la calidad de las relaciones”. En un mundo donde un 1 por ciento de la población está llegando a concentrar casi el 50 por ciento del producto bruto mundial, y el 50 por ciento tiene menos del 1 por ciento, florecen las coartadas para justificar el statu quo y los exabruptos sociales.

Goleman llama la atención sobre la tendencia a deshumanizar las relaciones. Observa estadísticamente que es típico que si en una conversación entre muy ricos hay alguien de un estrato social bajo es como si fuera invisible para el grupo; las conversaciones son a través de él, como si no existiera. Si llega a opinar, nadie se hará eco o le contestará.

Goode (Universidad de Nueva York) dice que hay en el sistema económico “una carrera por mayor y mayor acumulación, que ha dejado las virtudes cristianas a un lado, intercambiándolas por una moralidad social moderna que proclama ‘yo merezco todo lo que pueda adquirir’”.

En Estados Unidos, la gran mayoría de los sectores de opinión denuncia el “greed” como el gran peligro público. Significa “codicia avariciosa”, sin límites, y se expresa en lo que Obama llamó “la especulación desenfrenada”. A su cabeza están los fondos buitre. Algunos de los que se lanzaron ávidamente contra la Argentina están tratando ahora de hacer ganancias bajando el precio de las acciones de Petrobras de Brasil.

La deshumanización del otro y la codicia avariciosa llevan a sus actores a una reclusión en un mundo artificial, desconectado de la gente real del 99 por ciento, y con frecuencia creciente producen explosiones de ira y soberbia social.

Entre otras, después de la gran crisis del 2008/9 que derrumbó la economía norteamericana y causó graves daños a la economía mundial, en un ataque a las medidas regulatorias, el presidente de uno de los principales fondos de inversión señaló que era una guerra de Obama contra los empresarios similar a la invasión de Polonia por Hitler.

En la nueva ley de presupuesto de EE.UU. se suprimieron los requerimientos que se habían conseguido para que ante el grave problema de la obesidad infantil los menúes escolares financiados por el Estado fueran saludables. La asociación que representa a los directores de “cafeterías”, que es financiada por empresas alimentarias, saludó su eliminación con el increíble argumento de que “los estándares más bajos de sal son extremadamente difíciles de alcanzar y que el gobierno tiene que hacer más investigación antes de obligar a las escuelas a hacer cambios tan costosos”.

La hija del presidente de Korean Air Lines, vicepresidenta de la compañía, viajaba en un avión de la empresa en ruta de despegue. Como le sirvieron nueces en un recipiente que no le gustó, insultó e increpó al personal, hizo arrodillar y pedir perdón al jefe de servicio, lo golpeó con una carpeta de documentos e hizo que el avión retornara con todos los pasajeros, para echarlo. El Sr.Park Chang-jin declaró: “Ud. no puede entender la humillación que he sufrido si no la experimenta por sí mismo”.

No fue un caso aislado. Diversos medios señalaron que son comportamientos comunes en las familias propietarias de grandes grupos económicos. Dice The New York Times que “sus líderes tienen la reputación de practicar conductas imperiales y tratar a sus empleados como sujetos feudales”. No sólo en el Norte o en Asia el 1 por ciento se desata. En Brasil fueron muy especiales las reacciones de la dinastía Sarney, casi dueña del Estado de Maranhao, al perder por primera vez en 2014 las elecciones para gobernador. Es el penúltimo estadio en desarrollo humano, según la tabla del PNUD, al mismo tiempo que la dinastía acumuló riquezas en gran escala y compró casi todos los medios, los servicios públicos son terribles según la mayoría de las evaluaciones. Sarney alegó que “el índice de desarrollo humano fue creado como una estrategia de los países imperialistas para hablar mal de Brasil y peor de Maranhao”. En realidad, fue creado por un prominente economista tercermundista y Amartya Sen, y sus primeros informes fueron impugnados por los sectores más conservadores del mundo, que presionaron por su supresión.

En todos los episodios mencionados hay una línea en común: el otro no importa y los muy poderosos suponen que su impunidad es absoluta.

La descalificación de los apoyos a los pobres

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La actitud de actuar como los “amos del universo” de sectores del 1 por ciento, pasando por encima de los cuestionamientos y racionalizando la legitimidad de sus practicas acumulatorias, tiene otra cara: el desprestigio sistemático de los programas sociales. Repiten “es asistencialismo”, “fomentan la indolencia”, “los que reciben el subsidio dejarán de buscar trabajo”.

Una reciente investigación (Kleven, The NYT) sobre los países líderes en subsidios a la población, los escandinavos, lleva a conclusiones opuestas.

Hay en ellos un amplio sistema de beneficios y una elevada presión fiscal. Según la ortodoxia económica, si los ciudadanos reciben mucho del Estado y además pagan altos impuestos deberían tener poco interés en trabajar.

Son en cambio los países con mayor población trabajando, más del 80 por ciento.

En Noruega, Suecia y Dinamarca estimulan el ingreso al trabajo programas como la atención subsidiada para el cuidado de los niños, las generosas políticas de vacaciones por enfermedad que permiten a los padres tomar días para cuidar a niños enfermos, el transporte público subsidiado, barato y accesible, y las amplias facilidades de entrenamiento gratuito.

Contra la suposición neoliberal, la investigación mostró que hay una robusta correlación entre lo que los países gastan en subsidios como éstos y el porcentaje de la población que trabaja.

En otro contexto diferente, los programas compensatorios difundidos en América latina, encabezados por Bolsa Familia en Brasil (más de 50 millones de beneficiarios), y la Asignación Universal por Hijo en Argentina (3.500.000 de niños pobres favorecidos), no han producido “indolencia”, “pereza”, “abandono del trabajo”, sino lo contrario: han creado condiciones mejores para la integración al mercado laboral. Así, en Bolsa Familia y en Asignación Universal, los beneficiarios trabajaban antes de recibir el subsidio, pero vendían su trabajo muy barato, por su desesperada necesidad de supervivencia. Al garantizarles el programa un ingreso mínimo estable, y la escolaridad y atención de salud de sus hijos, subieron sus posibilidades de buscar trabajos mejores y capacitarse para tener más empleabilidad.

En una América latina impactada por las tendencias contractivas actuales de la economía mundial está recrudeciendo el debate sobre si seguir profundizando los caminos de la inclusión o volver hacia atrás y aplicar las recetas pregonadas por los poderosos que alegan ser “infalibles”.

El teórico de la economía de mercado, Adam Smith, prevenía crudamente contra esta tendencia y sus implicancias éticas. Escribió: “La disposición a admirar y casi idolatrar a los ricos y poderosos y despreciar a las personas de condición pobre y humilde es la más grande causa de corrupción de nuestros sentimientos morales”.

 

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