Un festival que rompe con las ideas de lo que se supone que es representar cuerpos y sexualidades, que desgarra la dicotomía hombre/mujer para posicionarse en todos esos otros espacios que fluctúan en el medio


ARGENTINA. EL PRIMER FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE LGBTIQ

 

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“El cine es un arma de destrucción masiva del sentido común. Todo lo demás es otra cosa.” Con semejante premisa, declarada por Albertina Carri (directora de Los Rubios, No quiero volver a casa, La Rabia, entre otras), un festival ideado por ella sólo puede ser rupturista, una bomba de 150 horas que explota en los ojos del espectador, que rompe con las ideas de lo que se supone que es representar cuerpos y sexualidades, que desgarra la dicotomía hombre/mujer para posicionarse en todos esos otros espacios que fluctúan en el medio.

Un festival incómodo o incomodador “que celebra la forma de estar en el mundo que tenemos las personas trans, lesbianas, gay, bisexuales, intersexuales y queers, y que tuve el honor de codirigir con dos de las personas que más saben de cine, libertad y desparpajo en Argentina: Diego Trerotola y Fernando Martín Peña”.

El Festival Asterisco, mientras festeja la diferencia, va esbozando los contornos de lo que podría ser un gran relato de la sexualidad disidente o, si es que existe, de una forma queer de contar las cosas.

La sección El huevo de la serpiente contiene películas que abordan la homofobia de Estado pero también los gestos de resistencia a éste: The Abominable Crime, de Micah Fink, por ejemplo, es un grito de denuncia de la persecución de las personas lgbt en Jamaica al ritmo del reggae; Call Me Kuchu es un documental que registra las últimas imágenes de David Kato junto a la resistencia de activistas que intentan desarticular la red de odio que amenaza a Uganda.

Hay una sección dedicada a los pioneros, aquellos realizadores que marcaron camino, como Claudio Caldini, Edgardo Cozarinsky y Jorge Acha. Jorge Polaco tendrá su homenaje como cineasta terrible y piedra del escándalo.

La sección Avenida Transbrasil ofrece la oportunidad de entrar en el universo trans brasileño a través a partir de films en su mayoría inéditos en la Argentina.

La sección Exhumaciones revive títulos que vuelven del olvido porque todavía tienen mucho que decir: están Cocteau y Radiguet, Sidney Lumet y Al Pacino rescatados y subtitulados.

Habrá retrospectivas de popes del cine lgbt, como Monika Treut, Wakefield Poole, Travis Mathews y Rosa von Praunheim, y también un lugar destacado para las gemas del terror con acento queer (Vampiras lesbianas y otros monstruos homoeróticos) y para el posporno.

¿Cuáles son los puntos en común y dónde están las mayores diferencias entre dirigir y programar un festival?

–Programar fue un descubrimiento porque no fue algo que hubiera hecho jamás. Se me fue armando una lógica similar a la de dirigir. La primera coincidencia es armar un equipo para contar un relato, porque un festival también es un relato en sí mismo. El festival es un metraje encontrado. Yendo de una sala a la otra se puede ir armando una narración y un recorrido sobre la diversidad sexual y cultura lgbti. Las distintas muestras del festival hacen un recorrido por distintos aspectos, preocupaciones, necesidades, discusiones y deseos que tenemos las personas lgbt en el mundo, no sólo en Argentina. Hay películas de Filipinas, Australia, Estados Unidos, Francia, México.

¿Cómo se hace para elegir entre toneladas de material?

–El primer trabajo fue rastrear películas de la temática de los últimos años. Lo hicimos a través de las últimas ediciones de los festivales del mundo. En ese rastreo llegó un momento en el que tuvimos unas ciento y pico de películas de los últimos dos años para ver. El criterio siempre fue que por lo menos dos de los programadores las hubiéramos visto y discutido. Fue un verano en el que vimos películas compulsivamente.

¿Costó ponerse de acuerdo entre los tres?

–Hubo alguna que otra discusión. Pero estuvo muy claro de entrada el tipo de festival que queríamos. Era importante sacarle el peso de lo temático. Para que justamente se convierta en un festival de cine, que piense en cine en términos de relato y que piense cómo representar a una travesti o un relato de denuncia. No es que dijimos “las problemáticas lgbti son éstas, así que tenemos que cubrir esto, esto y esto. Hay que hablar de tal cosa y no puede quedar afuera tal otra”. No es un festival periodístico. Es un festival de hallazgos cinematográficos.

¿Cómo se hace para encontrar a los directores que valen la pena?

–Yo empecé a hacer este trabajo con mucho temor porque soy directora de cine, no programadora. Por eso llamé a dos de los programadores más interesantes de la Argentina, que son Diego Trerotola y Fernando Peña. Uno de los grandes descubrimientos fue la certeza de que hay un relato lgbt cinematográfico con ciertas constantes en la forma de narrar.

¿Te acordás de haber visto algo muy malo?

–Vi muchas cosas muy malas. Realmente es muy llamativo lo malo que es el cine español en líneas generales. Es muy impresionante que tengan cosas tan malas y también un Almodóvar, que dentro de los directores vivos es uno de los más importantes y revolucionarios en todos los sentidos, además de popular, o un Buñuel. Cuando conocí el pueblo tan árido en el que nació Buñuel pensé: “Es increíble que este tipo haya hecho lo que hizo desde este lugar”. Tal vez esa aridez es la que lo educó. Vi muchos cortos españoles horribles. Uno de ellos fue especialmente malo. Dos hermanas enamoradas. Un personaje que no paraba de sufrir, sufrir y sufrir. Mal filmado también. El relato de sufrimiento del gay maltratado en general es muy difícil de hacer y que salga bien. Y entre las historias de chicas es muy común caer en el amor imposible, historias muy densas, de no poder decir. Esos son dos tópicos frecuentes, bastante mal llevados y arquetípico. Pero hay que pensar que en ese sentido Argentina tiene mil de años de ventaja. Tenemos una película holandesa filmada en Ucrania sobre un intento de marcha del orgullo del 2012. Estos directores fueron y entrevistaron a gente en la calle para preguntarles qué pensaban de la posibilidad de hacer la marcha. Y las barbaridades que dice la gente son muy impresionantes. Ese tipo de discursos bestiales también provoca este tipo de películas con relatos muy opresivos.

¿Cómo ha cambiado el cine lgbt en estos últimos años?

–El lesbianismo todavía es tabú. Fue muy difícil conseguir cosas buenas sobre ese tema. De hecho, en volumen (juntando buenas, malas, regulares, con toda la subjetividad que esto implica) las películas lésbicas son las que menos nos llegaron. El cine trans es un cine muy joven en el sentido de que tampoco hay tanto. Sí hay muchos cortometrajes. Es un cine muy vivo, interesante, que respira y está, justamente, en transición. Entre los temas que abundan, una cosa que me llamó la atención fue que me encontré con varias historias de amor gay donde el esquema es “hombre casado con mujer, supuestamente heterosexual, conoce a chico gay y se enamora”. Me llamó la atención porque en mi imaginario me resultan historias de otra época pero se ve que siguen sucediendo.

¿Podés mencionar alguno de los hallazgos de Asterisco?

–Uno fue Fukujusô, que es una película japonesa que encontró Peña en Italia y que se pasó por primera vez fuera de Japón el año pasado. Se había estrenado en el año ’35 y después se prohibió. Es una historia de amor entre chicas, otra vez, imposible. Es una joven que se enamora de la mujer de su hermano. Ese sin duda fue un gran hallazgo. Cada una de las películas de la competencia en su estilo, formato, estilo y género es un hallazgo, son narraciones fuertes, contundentes. Hay una cosa curiosa que pasa en los festivales, que es que siempre te dicen “lo mejor está fuera de competencia”. Es un lugar común de pasillo. Da la sensación de que siempre se pone lo más radical fuera de competencia, y que la competencia es un lugar cómodo. Esta competencia no tiene nada de confortable y ésa es toda una declaración de principios.

¿De qué se trata la sección Vampiras lesbianas?

–Es cine de terror. En esta primera edición de Asterisco poder tener cine de terror es un orgullo. A esa sección la pensamos a partir de Los labios rojos, una película belga del ’70, que finalmente no se programó porque no la pudimos traer. A partir de eso empezamos a hablar de las representaciones lésbicas en el cine, que siempre son a partir del monstruo. También tenés a las presas, violentas, asesinas y chorras, la escoria de la sociedad. A las vampiras lesbianas les fuimos agregando otros monstruos homoeróticos. Esta sección es una joya del festival, como también lo es El huevo de la serpiente, una sección de denuncia de políticas criminales y estatales, donde hay películas como El crimen abominable, que me impresionó. Son unos militantes perseguidos en Jamaica que terminan exiliándose. Muestran las letras reggae homofóbicas que directamente se traducen como “maten al puto”.

¿Qué te pasa a vos frente al cine lgbt como directora?

–Como directora de cine y televisión nunca digo “voy a contar tal tema”, sino que más bien es un recorrido de conceptos los que me van llevando a una película. Con respecto al festival, al darme cuenta de que faltaba material cinematográfico lésbico sentí una responsabilidad. Eso no quiere decir que a partir de ahora voy a hacer solamente cine lésbico. De hecho yo ya hice una película lgbt hace 14 años, que fue Barbie también puede eStar triste. Con las películas fallidas sufro cuando veo una buena escena y después veo algo que no me gusta. Pero trato de no mirar tanto cine desde mí, tanto en términos de primera persona. Pero sí tengo las mañas del oficio, del ojo, de quedarme mirando mucho la cámara y no sé si es a eso a lo que exactamente habría que prestarle atención.

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